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Columnas de opinión | Buenos Aires |

Nuevas ideas

Florencio Sánchez: Cartas de un Flojo II

Un aspecto central de la modernización que desveló a todos los intelectuales de la época fue el dilema «civilización» y «barbarie».

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Y volvemos así a Florencio Sánchez, quien a través de sus obras literarias supo dar cuenta, desde la más íntima y desgarrada vivencia, de todo un proceso político, social y cultural en el que decaía no solamente el universo rural tradicional, sino también las narrativas que lo sustentaban. Allí también se abría paso un crecimiento urbano acelerado, tanto en Buenos Aires como en Montevideo, una inmigración europea poderosa, que sustentó nuestras tímidas industrias nacionales, las primeras expresiones de la cuestión obrera, el movimiento anarquista y la irrupción de las ideologías socialistas.

Como lo advirtió José Enrique Rodó en su conferencia ante el «Círculo de la Prensa de Montevideo» (1909), por un lado el periodismo de aquella sociedad joven sacó a la calle la polémica, la literatura de ideas y de ficción que hasta entonces se encerraban en el cenáculo ilustrado (Rodó, 1967). Por otra parte, desde el circo criollo a las representaciones en los teatros de élites, la dramaturgia se acercó a públicos diversos, vastos y no necesariamente «cultos», cuando todavía era la forma preeminente de expansión dentro del sistema espectacular y ya contaba con un profuso historial en las dos orillas del Plata (Ordaz, 1946; Gallo, 1970). En apenas una década de trabajo, el periodismo y el teatro fueron para Sánchez dos vías de escritura comunicadas por canales visibles; las dos modalidades permitieron que en el momento exacto se introdujera en el debate de ideas y en el espectáculo masivo para convertirse en uno de los principales intérpretes de la modernización novecentista.

Entre la «barbarie» y la modernización

Un aspecto central de la modernización que desveló a todos los intelectuales de la época fue el dilema «civilización» y «barbarie». Coetáneos y coterráneos de Sánchez, como Julio Herrera y Reissig y Carlos Reyles, cada uno a su manera habían tomado franco partido por la necesidad de europeizar el país en desmedro de la influencia de los omnipotentes caudillos rurales. Florencio fue más lejos, y no porque los haya superado en su esfuerzo de comprensión del fenómeno, sino porque estuvo en los dos «bandos».

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