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Columnas de opinión | educación | segregación | ciudad

Desigualdades

La educación, los guetos y la ciudad fragmentada (4)

Si es cierto que hay "segregación residencial", es obvio decir que la hermana es la "segregación educativa".
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En la subidita de la calle Carlos Roxlo casi Paysandú, estaba la escuela Galicia. Era una escuela de doble turno: de mañana la curricular y en la tarde había talleres de encuadernación, canto, teatro, carpintería, etc. Era la década de los años 60. En esa escuela convivían niños y niñas de diferentes estratos sociales, como por ejemplo el hijo del relojero, el del oficinista y varios que habitaban el conventillo de la calle Cerro Largo, que luego fue derribado para ampliar el Palacio Peñarol. Allí, naides era más que naides.

Los cambios en el mundo del trabajo

Hacia mediados de los años 70 -ya en dictadura- se producen cambios importantes en el mundo laboral. En Uruguay, al tiempo que se reducía el salario, ingresaba la mujer a ese mundo. Ya no había “jefe de hogar”, sino que ahora la mujer también era portadora de los ingresos.

En esa dinámica, hubo que resolver qué hacer con los hijos. Hacia la década de los 80, los escolares comenzaron a andar con las llaves de sus casas colgadas del cuello; ellos llegaban a sus hogares sin que nadie los recibiera. En el mejor de los casos había algún familiar o vecino que hacía la gauchada de esperarlos.

La segregación territorial

En forma paralela al fenómeno de las familias y la educación, Montevideo comenzó a vivir cambios potentes que obedecían a nuevos comportamientos de sus vecinos. Por un lado, se vivió una fuerte emigración hacia la costa de Canelones, provocando que diversas zonas de la capital -que tenían todos los servicios, como ómnibus, servicios de salud, comercios, agua, luz y saneamiento- se vaciaran. Se dio la paradoja que los montevideanos se fueron de zonas en donde tenían todos los servicios a lugares en donde no había ninguno. Esta brutal dinámica generó, por ejemplo, que el Estado debiera invertir en servicios en las zonas que recibieron a sus nuevos habitantes.

Este fenómeno -que también lo vivió Montevideo en su interior- se llama “segregación residencial”. Un trabajo de las investigadoras Fanny Rudnitzky y Mariana Tenenbaum arroja luz sobre esta situación, sumado a aportes de Beatriz Rocco, especialista en planificación territorial.

Rocco define la segregación residencial como la distribución diferencial de los grupos sociales en el territorio. Para explicar la distribución de la población en las ciudades de nuestro país, la clase social es el criterio con más peso. En su trabajo advierte que si miramos, por ejemplo, los diferentes barrios de Montevideo, “encontramos una tendencia a que los habitantes de un barrio sean todos del mismo nivel socioeconómico. Se conforman, así, barrios ricos, barrios pobres o barrios de clase media. El mapa territorial de la ciudad se vuelve también el mapa de las desigualdades”.

Estas marcadas diferencias territoriales se pueden observar al transitar por la ciudad. Han sido estudiadas reiteradas veces tanto por cientistas sociales como por urbanistas, y desde ambas perspectivas se ha llegado a similares resultados: Montevideo se organiza en tres grandes zonas con claras diferencias socioeconómicas, de desarrollo social y de acceso al bienestar.

Se agrega en el estudio que “los barrios ubicados sobre la costa este -desde Barrio Sur hasta Carrasco-, junto a un brazo que va desde el Centro hasta el Prado, concentran a las personas de mayor poder adquisitivo; la periferia de la ciudad concentra a las personas más pobres, especialmente acentuadas al oeste y el noreste de la ciudad y, entre ambos, se ubica un anillo intermedio con mayor diversidad en las características de la población. Esta polarizada distribución se ha mantenido en los últimos 30 años.”

Esta dinámica en la ciudad tiene un fuerte componente con la seguridad/inseguridad. Ejemplos: no solamente hay barrios privados en donde viven familias de sectores pudientes. También hay barrios privados/enrejados en sectores medio bajos. Para ser más claro: hay cooperativas de vivienda y los Euskal Erría en Malvín Norte, que disponen de rejas, portones eléctricos y vigilancia privada. En un artículo publicado en Hemisferio izquierdo, Marcelo Pérez da cuenta de la existencia de 61 barrios privados en Uruguay.

Lo interesante que detecta el estudio es a la hora de repartir los espacios de la ciudad. “Los más pobres son expulsados hacia las zonas menos atractivas, con mayores riesgos medioambientales, menor acceso a servicios y mayores déficits en materia de infraestructura urbana. Esta expulsión, que en general se explica a partir de las diferencias en los precios de los suelos, ubica a los pobres en las zonas periféricas.”

Aquel Montevideo homogéneo -con compañeros de banco de orígenes sociales diversos y marcados- ya no existe.

En el caso de los barrios privados de alto poder adquisitivo, conducen a una “socialización burbuja” que conspira contra la posibilidad de generar empatía con el otro, de reconocerlo como un par. (En estos barrios se vive la paradoja de que a los pobres que no desean ver los tienen adentro de sus casas en la modalidad de empleada doméstica, jardinero, electricista o sanitario).

“Esto refuerza que la distancia social no solo quede plasmada en el mapa de la ciudad, sino también en los imaginarios de sus habitantes”, escriben Fanny Rudnitzky y Mariana Tenenbaum.

La frontera social

Desde el Estado -Poder Ejecutivo e Intendencia de Montevideo- se ha hecho poco o nada para atenuar esas desigualdades. Es tan potente la dinámica que toda respuesta es tardía o débil.

Lo interesante es la construcción del imaginario. Si se habla de un joven de Carrasco, ya podemos imaginarnos algo, aún sin conocerlo. Lo mismo ocurre con un joven de Casavalle o Cerro Norte. “Ese otro desconocido, cuya representación construimos sobre la base de estigmas y prejuicios, en ocasiones empieza a aparecer como un otro peligroso. La distancia en la ciudad es una de las principales fuentes de hostilidad y miedo hacia el otro, de imposibilidad de convivencia y de pensarnos como iguales, como cociudadanos”, agregan las expertas.

Si a los estigmas y prejuicios les agregamos realidades cotidianas, advertiremos que se está ante un enorme problema que, de hecho, son la raíz del deterioro del modelo de convivencia. Observemos que hay zonas que tienen todo y otras nada. El acceso al saneamiento, a los centros de salud y de educación está condicionado por el lugar en donde vive aquel niño. Lo mismo sucede con el transporte, el alumbrado público; con caminar por la vereda, transitar con seguridad por las calles; con no convivir con basurales o aguas estancadas.

También el acceso al capital cultural, a los recursos simbólicos del habla y del comportamiento se va a ver determinado por el hábitat en el que se mueve.

Las fantasías de realización personal obedecen a los contextos. El medio mediatiza, escribió Paulo Freire.

“La segregación residencial es un claro reflejo y reproductor de la estructura social que no solo conspira contra la integración social, sino que también va en detrimento de las posibilidades de movilidad social. A los más pobres y excluidos mejor dejarlos quietitos, aislados y fuera del paisaje urbano”, dice las expertas.

La educación segregada

Si es cierto que hay “segregación residencial”, es obvio decir que la hermana es la “segregación educativa”. Un cóctel explosivo que revienta de noche en los noticieros de televisión.

Algunos datos: la matrícula en colegios privados se mueve entre el 17% y el 20% del total de niños y niñas escolarizadas. En los últimos 20 años -que incluye los 15 años de gobiernos de izquierda- los colegios privados crecieron 50%. No todos son colegios caros: hay de 4.000 pesos por mes (en la zona de Piedras Blancas, por ejemplo) hasta de 60.000 pesos. O sea que hay colegios privados para ricos y otros para pobres.

¿Cuál es el origen de este reciente fenómeno de los colegios privados que atenta contra aquel modelo de convivencia?

La magíster Lucía Ramírez explica las causas del crecimiento registrado en gobiernos del Frente Amplio. 1) Los colegios privados ofrecen más servicios y horarios prolongados que los públicos no ofrecen. El Estado no ofreció esa posibilidad como política general. 2) Hubo una mejora salarial en la ciudadanía y prefirió el colegio privado en la búsqueda de respuestas educativas acordes con su propia fantasía. En verdad, las dificultades educativas existentes también se registran en los privados. 3) Una fuerte corriente crítica hacia la escuela y liceo público, desvalorizándolo. Como que lo privado es mejor. Y aquellos que aspiraban a cosas mejores optaron por la propuesta privada. Esto fue acompañado de una fuerte corriente de opinión -amplificada por algunos medios- de que la enseñanza pública es un desastre. En forma paralela, los sindicatos docentes no atinaron a contestar esa corriente con un vigoroso discurso. Más bien que dieron pretextos para acusarlos de ser “responsables” de la situación.

Lo privado, además, en algunos sectores, se transformó en una cuestión aspiracional, de estatus o prestigio. Los hijos en el colegio privado daban “brillo”, así terminaras el mes con la lengua de afuera por pagar la cuota.

Este fenómeno “privatizador” genera otros, como por ejemplo los “círculos de afinidades”. O sea: si pertenezco a la comunidad de un colegio o universidad privada, mis relaciones sociales pertenecen a ese universo. Y esas relaciones interpersonales traen consigo inserciones en círculos determinados y una aproximación laboral determinada.

La enseñanza privada -con el dibujo actual- es funcional a las tensiones de la sociedad y a los problemas de convivencia e inseguridad.

Una ciudad fragmentada y guetizada. “La segregación educativa es un polvorín”, me dijo un docente.

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