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Culebrón palaciego

Por Enrique Ortega Salinas

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Caras y Caretas Diario

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Al principio, el anuncio del príncipe Harry y Meghan Markle, de que abandonarían las funciones reales para dedicarse a la actividad privada, generó simpatía hasta en los países más distantes de Inglaterra, sobre todo en aquellos a quienes no nos entra en la cabeza que en pleno siglo XXI exista algo tan irracional como la monarquía, un verdadero atentado contra la inteligencia y dignidad de los pueblos.

Harry, de 35 años, y su esposa, de 38, pusieron a correr a la reina Isabel II, de 500, para reunir a las cuatro familias de zánganos reales a efectos de buscar soluciones urgentes. Tiembla el reino. ¿Qué sucedería si otros miembros de la familia real sufrieran ataques de democracia e hicieran tambalear a la corona? Al parecer, no solo la difunta Diana estaba destinada a dar dolores de cabeza a la vieja monarca, sino también el hijo que la rubia tuvo con el príncipe Carlos.

Los duques en cuestión anunciaron que buscarían “independencia financiera”, repartiendo su tiempo entre el Reino Unido y Norteamérica. Genial, pensamos muchos ilusos: dejan la comodidad y seguridad que les apareja estar en el primer rango de la familia real para buscar un trabajo decente. También simpatizamos con el hijo de la princesa Diana cuando se enfrentó a la prensa británica por la presión que ejercía sobre su familia. Simpatizamos porque los paparazzi británicos son realmente detestables; tanto le chupan las medias a la familia de elegidos por Dios para gobernar, como los hostigan las 24 horas del día buscando un chisme para vender, mezclando cholulismo con infamias, sin importar cuánto daño produzcan a una persona. En realidad, los paparazzi son detestables en cualquier parte del mundo y pocas profesiones son tan indignas como la de los que viven del chisme. Semejante aberración y desvío de la función periodística produjo la muerte de la madre de Harry en París, 1997, cuando unos paparazzi la persiguieron a toda velocidad hasta que su auto se hizo puré en un túnel. Y todo para poder comentar con quién se encamaba.

Hasta aquí, la pareja se ganó el afecto y aplauso de millones de súbditos y no súbditos, dentro y fuera del reino. Ahora bajemos la pelota al piso. El príncipe no renuncia a ser rey. Está sexto en la sucesión al trono, por lo que era muy difícil que un día llegara a colocarse la corona en la cabeza. Por otra parte, la renuncia a las obligaciones reales no obedeció a un elevado deseo de ganarse la vida dignamente y como cualquier hijo de vecino, ya que no plantearon dejar de lado ni los títulos nobiliarios ni la subvención financiera del príncipe Carlos ni la mansión que habitan en los terrenos del castillo de Windsor, cuya reciente refacción costó una fortuna que cubrieron con fondos públicos.

La verdad es que el riguroso protocolo real obliga a los miembros del clan a manejarse como muñecos, controlando los más pequeños detalles, todo lo cual tenía harta a la actriz. Se le llegó a criticar hasta por el color del esmalte de uñas que usó durante una ceremonia. A los miembros de la realeza se les prohíbe, entre muchas otras cosas, tener cuentas en Instagram o Twitter.

La prensa también hizo lo suyo, hostigándola permanentemente tras una fase inicial de elogios a su frescura; lo mismo que hicieron con Diana. A Meghan le gusta darse la gran vida, cosa que en el mundo de la realeza todos hacen; pero hay que aprender a disimularlo, y ella no lo hacía.

Desde que el príncipe Andrés tuvo que renunciar a todos los cargos públicos por sus vínculos con Jeffrey Epstein –pederasta estadounidense ya fallecido–, y a falta de otro tema, los periodistas se la agarraron con la esposa del príncipe, el cual no dudó en enfrentarlos a capa y espada para defender el honor de su dama. “Perdí a mi madre y ahora mi esposa es víctima de las mismas fuerzas poderosas”, llegó a comentar.

Casi un cuento de hadas (casi), solo que ahora, luego de que la doncella se levanta al príncipe azul y se va a vivir al castillo, el príncipe se aviva de la fortuna que ganará la explebeya en Hollywood y revierte la situación. Vale puntualizar que este príncipe, por lo menos, está realmente enamorado; lo suficiente como para patear el tablero de la rígida monarquía europea.

¿Cuánto le pagará a Meghan un editor por publicar una autobiografía que narre sus infortunios palaciegos? ¿Cuánto le pagarán por protagonizar una película, la cual, sin dudas, recaudará como nunca? No creo que vuelva a participar en una serie (de aquí pasa a la pantalla grande con bombos y platillos), pero todo dependerá de la billetera de los interesados en explotar este renovado producto comercial que es Meghan Markle. En principio, ya firmó hace pocos días con Disney como actriz de doblaje.

En resumen: todo es dinero. Sin embargo, justo es mencionar que la pareja disidente ha hecho mucho para captar la simpatía popular. Tras pasar una década en las fuerzas armadas británicas, Harry trabaja para velar por el bienestar de los miembros y veteranos de estas, así como el de los heridos y con secuelas físicas por causa de las misiones militares. También impulsa a jóvenes de grupos sociales marginados para que ayuden a combatir la violencia de pandillas a la vez que apoya programas de tutorías en escuelas primarias; participa en varios proyectos benéficos en África, buscando proteger a niños huérfanos, comunidades locales y la biodiversidad. La pareja también apoya proyectos para luchar contra el estigma de las enfermedades mentales.

No sabemos si Harry tiene ambiciones políticas, pero su esposa colabora con la ONU para incentivar la participación y el liderazgo femenino en la política. Por otra parte, es embajadora global de World Vision, organización que realiza campañas de potabilización de agua en África y para incrementar el acceso de las niñas al sistema educativo en India.

 

En fin, tendremos para rato con este culebrón palaciego.