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Cultura y espectáculos Edipo en Ezeiza | Micaela Larrocca |

Nuevamente en cartelera desde el 8 de mayo en Teatro El Galpón

"Edipo en Ezeiza": tragedia regional, delirio doméstico y una herida abierta

Humor negro, delirio rioplatense y tragedia política en una de las experiencias teatrales más intensas del escenario actual

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La obra vuelve a estar en cartel el viernes 8 de mayo de 2026 en la Sala Cero de Teatro El Galpón, retomando un recorrido que ya la consagró como una de las piezas más intensas y perturbadoras del teatro rioplatense reciente. Ganadora del Premio Florencio 2025 a Mejor Espectáculo y Dirección, Edipo en Ezeiza no propone una reconstrucción histórica lineal, sino una ceremonia fragmentada donde la tragedia argentina se mezcla con el absurdo, el humor negro y el espanto cotidiano.

Reestreno de Edipo 8.5.2026

La premisa parece simple y al mismo tiempo profundamente alucinada: una familia —padre, madre e hijo— vive atrapada en un picnic eterno desde Ezeiza hasta hoy. En ese espacio suspendido, sometidos a interrogatorios feroces, los personajes buscan descubrir al enemigo infiltrado. Pero el enemigo nunca termina de revelarse, porque acaso ya vive dentro de ellos mismos. O dentro de todos nosotros.

Bajo ese “manto celeste y blanco que ya no une, sino que confunde y aprieta”, como señala la sinopsis, la familia aparece como una miniatura del país: una patria desarmada, paranoica, fracturada por la sospecha permanente.

Y allí emerge el corazón filosófico de la obra.

El mito de Edipo trasladado al barro rioplatense

El título no es una metáfora decorativa. La operación de Audivert es mucho más radical: toma la estructura trágica de Edipo y la hunde en uno de los acontecimientos más oscuros y simbólicos de la historia política argentina contemporánea: la masacre de Ezeiza del 20 de junio de 1973.

En la tragedia griega, Edipo busca desesperadamente descubrir quién contaminó la ciudad, quién introdujo la peste. El recorrido hacia la verdad termina revelando que el culpable era él mismo. En Edipo en Ezeiza, esa búsqueda reaparece deformada por la historia regional: ¿Quién infiltró el sueño colectivo?, ¿Quién destruyó la posibilidad de comunidad?, ¿Quién convirtió la esperanza popular en violencia, persecución y fragmentación?

La respuesta nunca llega de forma definitiva porque la obra entiende algo profundamente contemporáneo: ya no existen relatos estables. Sólo quedan restos, versiones parciales, identidades rotas.

Por eso el espectáculo no se construye desde el realismo histórico. Audivert rompe deliberadamente la imagen solemne del pasado para abrir otra dimensión: una zona delirante donde el grotesco criollo, Beckett, la tragedia clásica y la memoria política se abrazan en un mismo espasmo teatral.

El resultado es una experiencia donde el espectador ríe y, un segundo después, siente culpa por haber reído.

La familia como campo de batalla

Uno de los aspectos más perturbadores de Edipo en Ezeiza es la manera en que convierte el núcleo familiar en un laboratorio político.

La persecución no ocurre en grandes edificios estatales ni en despachos militares: ocurre en la intimidad. En la mesa. En el picnic. En los vínculos. El miedo se cocina en casa.

Padre, madre e hijo dejan de ser personajes psicológicos para transformarse en fuerzas simbólicas: restos de un proyecto colectivo frustrado. La familia aparece como una máquina agotada que intenta sostener una identidad imposible mientras el lenguaje se descompone alrededor.

Y allí la obra toca una verdad feroz de nuestras sociedades contemporáneas: muchas veces la violencia política sobrevive convertida en hábitos emocionales. La paranoia histórica termina infiltrándose en las formas del amor, del cuidado, de la convivencia cotidiana.

La sospecha se vuelve costumbre.

Beckett en clave rioplatense

La propia gacetilla define a la obra como una “comedia negra de tintes beckettianos”. Y la referencia es precisa.

Como en Samuel Beckett, los personajes parecen condenados a una espera interminable dentro de un paisaje devastado. Pero aquí el vacío existencial europeo se transforma en otra cosa: una intemperie profundamente rioplatense, atravesada por discursos políticos rotos, símbolos patrióticos vaciados y memorias inconclusas.

La espera ya no es metafísica solamente. Es histórica.

Los personajes esperan una revelación que nunca llega. Esperan comprender qué ocurrió con el país, con los sueños colectivos, con las promesas revolucionarias, con la identidad nacional. Pero cuanto más buscan sentido, más absurdo se vuelve todo.

Y sin embargo, la obra no cae en el cinismo.

Porque en medio del delirio todavía persiste algo humano: la necesidad desesperada de encontrar una verdad, aunque esa verdad destruya las máscaras con las que aprendimos a sobrevivir.

El teatro como ritual de exorcismo

Audivert ha construido buena parte de su trayectoria artística alrededor de una idea singular del teatro: el escenario como espacio de invocación, como territorio donde emergen fuerzas ocultas de la historia y del lenguaje. Su obra no busca representar la realidad de manera naturalista; busca abrir grietas en la percepción.

Eso se percibe intensamente en Edipo en Ezeiza.

La obra parece preguntar constantemente: ¿Qué fantasmas políticos siguen hablando a través nuestro?, ¿Qué voces heredamos sin saberlo?, ¿Qué violencias continúan actuando bajo formas aparentemente normales?

Por eso el espectáculo tiene algo de ceremonia. No de explicación racional, sino de trance.

El humor ácido, el grotesco y el absurdo funcionan como mecanismos de revelación. Reírse de la tragedia no implica banalizarla; implica encontrar una forma de atravesarla sin quedar petrificados.

La obra entiende que ciertos dolores colectivos solo pueden ser pensados desde una lógica poética, fragmentaria y delirante.

Un elenco que habita el vértigo

La puesta cuenta con actuaciones de Martina Ferrería, Mauricio Ripoll y Tomás de Urquiza, quienes encarnan esta maquinaria emocional extrema donde el grotesco y la tragedia conviven constantemente.

La dirección de Micaela Larrocca trabaja sobre ese filo inestable entre el ritual y el derrumbe, mientras la escenografía de Alejo Buysse, la iluminación de Dahiana Ramos y el vestuario de Elis Montagne construyen un universo visual donde lo nacional aparece deformado, desgastado, casi fantasmal.

Nada busca ilustrar una época de manera museística. Todo parece corroído por el tiempo y por la memoria.

Ezeiza como espejo del presente

Aunque la obra dialogue con un episodio histórico concreto, su verdadera potencia está en la manera en que habla del presente.

Porque Edipo en Ezeiza no pregunta solamente qué ocurrió en 1973. Pregunta qué hacemos hoy con esas ruinas. Qué formas adopta actualmente la persecución. Cómo operan el miedo y la fragmentación en sociedades atravesadas por discursos polarizados, identidades heridas y relatos enfrentados.

La obra parece sugerir que Ezeiza nunca terminó.

Que seguimos viviendo dentro de un picnic suspendido donde nadie logra identificar con claridad al enemigo, porque todos compartimos, en mayor o menor medida, las mismas fracturas.

Y allí aparece la dimensión más profundamente filosófica del espectáculo: la identidad no como esencia estable, sino como territorio en disputa. Una máscara que cambia. Un relato incompleto. Un espejo roto.

El teatro como memoria viva

En tiempos donde la velocidad digital aplana la experiencia y vuelve descartable incluso el horror, Edipo en Ezeiza reivindica el poder antiguo del teatro: reunir cuerpos en un mismo espacio para atravesar juntos una pregunta incómoda.

No ofrece respuestas tranquilizadoras.

Ofrece algo más valioso: una experiencia estética capaz de devolver complejidad allí donde abundan los discursos simplificados. Una experiencia donde la risa y el espanto conviven. Donde la historia deja de ser archivo muerto para convertirse nuevamente en herida viva.

Quizás por eso la obra resulta tan necesaria.

Porque frente a una época saturada de certezas inmediatas, Edipo en Ezeiza insiste en el derecho al delirio, a la contradicción, a la memoria fragmentada. Y recuerda que, a veces, solo el arte puede acercarse a ciertas verdades sin destruirlas en el intento.

Edipo en Ezeiza reestrena el viernes 8 de mayo de 2026 a las 20:30 horas en Sala Cero de Teatro El Galpón. La obra tiene una duración de 70 minutos y es recomendada para mayores de 15 años.

Entradas aún disponibles en este link.