Durante la conversación con Caras y Caretas, el músico habló sobre ansiedad, sobreestimulación, redes sociales, encuentros humanos y el papel del arte en una época donde la atención se convirtió en mercancía. Más que una entrevista sobre un disco, fue un diálogo sobre el presente.
—Al escuchar Tranquilo, aparece una preocupación por la rapidez con la que vivimos, por el consumo inmediato y descartable, por la ansiedad que eso genera. ¿Qué te llevó a escribir este disco?
Santi Celli: —"Hay una sensación que está por detrás de toda la música y de todas las letras. Me parece raro, y no me gusta, que hoy sea casi una excepción poder tomarse el tiempo para hacer las cosas. Pienso en los discos que me marcaron y ninguno se hizo de la noche a la mañana. Todos tuvieron procesos, trabajo, búsqueda.
Parado desde el lugar de artista, siento que es una locura tener que celebrar algo tan básico como sostener un proceso creativo. Pero es lo que está pasando. Estamos en un momento donde todo se mueve demasiado rápido y donde hay tantos estímulos que la gente está distraída, disociada de alguna manera.
Hay algo que me dieron ganas de decir: parar un segundo. Hacernos ciertas preguntas. Entender que no hay nada que realmente nos apure. Por eso el disco se llama Tranquilo. Esa es la pulsión que atraviesa todo el álbum".
—Da la sensación de que existe una presión permanente por producir y mostrarse, como si el silencio equivaliera a desaparecer.
Santi Celli: —"Exactamente. Hay una sensación de que si no hago algo constantemente, me olvidan. Pero ese miedo al olvido es el síntoma de algo mucho más profundo.
Estamos tan sobrestimulados que mañana ya es viejo lo de hoy y la semana que viene es directamente prehistórico. Todo parece caer en una bolsa sin fondo. Entonces aparece la pregunta: si todo va a desaparecer tan rápido, ¿para qué hacerlo?
El problema es que si seguimos mirando las cosas de esa manera, terminamos produciendo sin sentido. Haciendo por hacer".
«La gente ya no es gente: es el fantasma de sí misma detrás de una pantalla»
—Esa lógica parece trasladarse también a la vida cotidiana. Como si las personas se transformaran en un feed donde cada publicación entierra a la anterior.
Santi Celli: —"Totalmente. Y ahí aparece otra pregunta: ¿Qué está existiendo realmente de mí?
La gente ya no es gente en el sentido más humano del término. Muchas veces es el fantasma de sí misma detrás de una pantalla de quince centímetros. No estamos viendo a una persona de carne y hueso conectando con sus emociones; estamos viendo una vidriera.
Y cuando todo se vuelve vidriera, las cosas se deshumanizan.
Por eso me parece importante preguntarnos qué parte de nosotros está viviendo de verdad. Porque el presente sucede cuando conectamos con otro ser humano, no solamente con una representación de nosotros mismos".
«Nadie está contento con este presente»
—Sin embargo, también parece existir una conciencia creciente sobre ese malestar.
Santi Celli: —"Sí. A donde voy encuentro personas que se sienten ansiosas, solas, desconectadas. No encuentro gente celebrando este presente.
Lo que sí veo es que empiezan a aparecer preguntas. Y el paso siguiente es actuar en consecuencia de esas preguntas.
Porque si seguimos por inercia, todo esto se va a profundizar. No va a cambiar solo".
«El gran enemigo es la desesperanza»
—¿Qué lugar ocupa el arte dentro de ese panorama?
Santi Celli: —"Para mí el arte sigue siendo un rayo de luz para quien quiera verlo.
El problema es que muchas veces estamos tan saturados que ni siquiera estamos mirando por la ventana. Por eso creo que las peleas del arte hoy tienen que ver con combatir la dispersión y la desesperanza.
Vivimos en una época donde pareciera que treinta segundos alcanzan para completar cualquier experiencia. Y yo no creo en eso. Creo en el arte como algo capaz de acompañar, de conmover y de transformar".
«Hay que reconstruir el tejido social»
—Quizás por eso los conciertos se vuelven tan importantes. Son experiencias que todavía escapan a la lógica de la pantalla.
Santi Celli: —"Sí, completamente. De hecho, cuando pienso la gira de este disco, estoy imaginando una forma de tocar que me permita hacerlo más seguido. Quizás en lugares más chicos, pero con más encuentros.
Me interesa reconstruir un poco ese tejido social que está raro. Encontrarme con la gente. Que la gente se encuentre entre sí.
Hay algo de la empatía que tenemos que recuperar saliendo a la calle."
«Cuando la humanidad se filtra, aparece la esperanza»
—Y, sin embargo, cuando uno va a un recital, incluso de bandas emergentes, encuentra miles de personas compartiendo algo real.
Santi Celli: —"Sí, y es muy energizante cuando pasa. Ahí se filtra una humanidad que a veces cuesta encontrar en el día a día. Personas que se reúnen porque una canción les importa, porque quieren compartir una experiencia con otros. Eso nos hace bien a todos".
«Trato de no querer ser otra cosa»
—¿Cómo se sostiene una búsqueda artística propia en un contexto que parece premiar otras lógicas?
Santi Celli: —"Trato de no querer ser otra cosa. Intento ser honesto con lo que realmente me sale hacer y con aquello que tengo ganas de defender. Porque los discos, las canciones, las entrevistas, todo eso queda.
Son archivos que uno deja en el mundo. Entonces prefiero ser fiel a mis propias leyes antes que actuar por fuera de ellas".
—¿Qué devolución te llegó de quienes ya escucharon Tranquilo?
Santi Celli: —"Muy linda. Recibí mensajes muy sentidos de gente que escuchó el disco completo varias veces, que se emocionó con determinadas canciones.
Hicimos escuchas en Buenos Aires, Córdoba y también una instancia virtual para quienes viven lejos. En todas vi personas emocionarse.
Ahora queda la experiencia de tocarlo en vivo, pero estoy muy feliz con la calidad del feedback que estoy recibiendo".
En tiempos donde la velocidad parece haberse convertido en una obligación moral, Tranquilo aparece como un gesto casi contracultural. No porque proponga retirarse del mundo, sino porque invita a habitarlo de otra manera.
Las canciones de Santi Celli no buscan escapar del ruido. Intentan convivir con él sin perder la capacidad de escuchar lo esencial.
Quizás allí resida su dimensión más política y también más poética: recordar que, detrás de las pantallas y de la ansiedad contemporánea, todavía existe algo profundamente humano esperando ser encontrado.