¿Quién está loco cuando nadie hace daño?
La historia se construye desde una aparente sencillez: un médico llega al ámbito rural para evaluar a un anciano que vive solo y mantiene un vínculo afectivo con una canoa. Sin embargo, ese punto de partida pronto se vuelve inestable. El diagnóstico —Alzheimer, demencia, esquizofrenia— aparece como una herramienta frágil frente a una vida que, aunque excéntrica, es autosuficiente y plena.
“Este hombre vive tranquilo, no molesta a nadie”, insiste Rompani. “Entonces la pregunta es: ¿por qué está loco? ¿Quién decide eso?”
El personaje del médico, lejos de ocupar un lugar de autoridad incuestionable, comienza a resquebrajarse. “Va con un objetivo muy claro, casi como un deber moral, y se enfrenta con una realidad que lo desarma”, cuenta el actor. “El espectador también empieza a darse cuenta de que ese anciano es un tipo muy feliz, quizás más feliz que muchos de nosotros”
La obra no ofrece respuestas cerradas. Se construye como un campo de preguntas donde el espectador es interpelado de forma directa. “El teatro que me gusta hacer es el que refleja, el que educa, el que invita a la reflexión”, señala Rompani. “Salir con preguntas es mucho más poderoso que salir con certezas”
La canoa como un ser amado y la memoria de la tierra
Uno de los núcleos simbólicos más potentes de Un hombre torcido es la canoa. No como objeto, sino como voz, memoria y metáfora. La canoa habla. Interroga. Recuerda.
“Metafóricamente, la canoa representa la naturaleza”, explica Rompani. “Cuenta la historia de un árbol que cayó, de cómo fue talado y transformado. Es la madre tierra”
En ese diálogo, el médico termina también hablándole a la canoa, y al hacerlo, se enfrenta a su propia fragilidad. “Mi personaje termina diciendo: ‘yo estoy loco’”, relata. “Y ahí la obra empieza a cuestionar no solo la locura del otro, sino la propia”
La naturaleza aparece así como un saber anterior a cualquier construcción humana. “La ciencia es una construcción que cambia todo el tiempo”, reflexiona el actor. “La naturaleza no necesita certezas, necesita estar”
La muerte inevitable aunque se cuente con la ciencia de su lado. La ironía trágica del conocimiento
La obra introduce un giro tan brutal como simbólico: el médico muere por un shock anafiláctico tras ingerir maní, un alimento natural.
“Muere de algo natural. Así como la naturaleza te da la vida, también te la puede quitar”, dice Rompani. “Por más que tengas todo el conocimiento científico del mundo”
La muerte no llega por ignorancia, sino a pesar del saber. La medicina, la técnica, el control, quedan suspendidos frente a una fuerza que no admite jerarquías.
El gesto autoral: Agösto Latino y el riesgo de pensar
Hay un dato fundamental que potencia aún más la lectura de Un hombre torcido: el texto y la dirección pertenecen a Agösto Latino, nombre artístico de Agustín Silveira Möller, actor, director, guionista y dramaturgo uruguayo con más de veinte años de trayectoria.
Conocido masivamente por la creación e interpretación del personaje cómico Alzira —presente desde 2007 en La culpa es nuestra (Canal 10), luego en teatro, carnaval y la miniserie realizada durante la pandemia—, Agösto Latino decide aquí correrse deliberadamente de ese lugar de reconocimiento popular para internarse en un territorio radicalmente distinto.
Egresado de la EMAD y becario Fulbright, el autor asume en Un hombre torcido una decisión estética y ética: abandonar el refugio del humor y la popularidad para construir una obra 100% filosófica y existencial, sin concesiones, donde la risa es reemplazada por la pregunta y la incomodidad.
La locura y la sanidad dejan de ser categorías médicas para convertirse en problemas filosóficos. ¿Quién define qué es normal? ¿Desde qué autoridad se corrige una vida? ¿Qué mundo es más real: el que funciona o el que se habita?
En ese desplazamiento —del personaje a la reflexión, del humor al silencio— la obra se inscribe en una tradición profundamente uruguaya: austera, incómoda, reflexiva, hecha de capas y pausas.
Verano, oscuridad y resistencia cultural
Que Un hombre torcido forme parte de Verano en la Zavala no es casual. “¿Por qué el verano tiene que estar asociado a lo banal?”, se pregunta Rompani. “¿Por qué no puede ser reflexión, filosofía, cuestionamiento?”
En tiempos de consumo rápido y entretenimiento digerido, la obra propone lo contrario: pausa, atención, pensamiento. “El teatro va en sentido opuesto a lo que estamos acostumbrados a ver”, afirma. “No te da todo servido. Te obliga a pensar qué es la realidad”
Tal vez ahí resida la potencia más profunda de Un hombre torcido: no busca explicar ni cerrar, sino abrir.
“No hay nada más lindo que salir de una obra con preguntas y hablarlas después con otros”, concluye Rompani. “Eso es lo que tiene el teatro en vivo: lo que pasa después, lo intangible, lo que sigue vibrando”
En pleno verano montevideano, cuando todo invita a la superficie, Un hombre torcido propone volver a la oscuridad. No como amenaza, sino como espacio de pensamiento. Como territorio donde la locura tal vez no sea una falla, sino otra forma —más honesta— de estar en el mundo.
Elenco
Hugo Piccinini
Carlos Rompani
Cecilia Sánchez
Ficha técnica
Texto y Direccion: Agösto Latino.
Intervención escenográfica: Rita Fischer / Niklaus Strobel
Vestuario: Daniela Inthamoussu
Diseño de luces: Belén Pierini
Visuales: Renata Sienra
Sonido: Nicolás Rodríguez
Producción: Gabriela Larrañaga
Podés conseguir las entradas en este link.