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De adolescentes

Por Celsa Puente.

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Con frecuencia se acercan madres, padres, abuelas y abuelos en forma espontánea a hacerme algunas preguntas sobre cómo tratar y qué hacer para aminorar los conflictos cotidianos con sus hijos/as y nietos/as adolescentes. Comprendo perfectamente la inquietud porque he pasado la vida con humanos atravesando la adolescencia y sé cuán complicado suele ser a veces llegar a tener una convivencia pacífica pero también sé cuán encantadora y vital puede ser la existencia con un adolescente cerca. También quiero aclarar que me alegra porque veo con estupor que el mundo adulto hoy suele estar ausente en la vida de los y las adolescentes y que se acerquen a preguntar con preocupación es un buen indicador de presencia. Al igual que el psicoanalista uruguayo Marcelo Viñar me interesa “sacudir la modorra de un mundo adulto que se repliega en retirada y suele reemplazar el necesario conflicto intergeneracional por una suerte de demagogia juvenilista”. Así que bienvenidas sean las preocupaciones, las consultas y las disputas que por tener en casa o en la familia a un adolescente existen, porque es necesario que los adultos estemos allí para dar la contienda.

No dejo de reconocer que requiere paciencia, muchas veces infinita, pero también requiere mucho amor sentido y expresado generosamente y mucha charla e intercambio aun cuando a veces parece que no nos escuchan y que, a la manera del juego de frontón, nuestras palabras rebotan tal como las dijimos. En este sentido, sin embargo, es imprescindible entender que la charla es eso, un intercambio en el que aun no estando de acuerdo es necesario escucharse y nunca un sermón a través del que queremos imponerles un modo de vida, insistiendo en que la única vida buena es la que hemos llevado adelante nosotros, los adultos. Esta postura inhabilita el intercambio y nos deja a los grandes hablando solos. Es además una postura inadecuada porque el cambio en el mundo ha sido tan sustancial en las últimas décadas que es seguro que en nada puede parecerse la vida de un adolescente de hoy día con la de cualquiera de sus padres y menos aún con la de los y las abuelas. Por momentos, tengo la sensación de que la actitud de los adultos oscila entre el temor y el menosprecio por la vida que llevan los y las adolescentes y estos sentimientos son en parte -aunque no únicamente- los que hay que vencer por invalidantes.

Sin lugar a dudas, la adolescencia es un tiempo de fuerte trabajo psíquico transformacional. El conflicto es inherente a la propia construcción del proyecto de vida: de alguna manera “pelear” contra el mundo adulto es imprescindible para poder construir la propia identidad. Lo importante es que los adultos estemos presentes genuinamente para dar la lucha.

El autor citado habla de “restituir las adolescencias al campo de la cultura (porque) cada sociedad genera el tipo de adolescentes que se merece”. Por eso sería imposible analizar la cuestión de las “adolescencias” -lo decimos así en plural por la inmensa variedad de manifestaciones que tiene según las condiciones personales, familiares, sociales, culturales y afectivas de las personas que atraviesan este tiempo de la vida- si no analizamos o al menos tomamos alguna conciencia de las características de época que enmarcan la construcción de la subjetividad.

Así que, aun con el riesgo de ser insuficiente, intentaré esbozar la presentación de algunos rasgos de época que me parecen esenciales.

Vivimos en un mundo de incertidumbres con respecto a la posibilidad de crear un proyecto de vida estable, en el que reina la tecnología y la dependencia de pantallas en general, lo que ha configurado nuevos modos de comunicación y una simultaneidad de intercambios muy intensos. Por otra parte, es un mundo en el que la apariencia de esta comunicación tan intensa queda solo en eso, en un aspecto exterior porque en el fondo son todos “chispazos” superficiales. Es un mundo paradójico en el que estamos en contacto con alguien que se encuentra quizás a muchos kilómetros y a la vez estamos distantes de quienes tenemos al lado.

Es, por otra parte, una sociedad que alimenta al individualismo, que lo celebra y fortalece y que pone foco en la necesidad de “tener”, de la valorización extrema de la posesión de objetos y de “marcas”,  retaceando al “ser” el lugar preponderante. Vivimos en un mundo donde impera la postura “resultadista” que se asocia con la inmediatez con que todo quiere lograrse y la ansiedad permanente por el logro sin tardanza, aun a fuerza de no vivir los necesarios procesos para que las cosas ocurran.

Esta muy rápida pintura de rasgos permite tomar conciencia de cuánto tenemos para aportarles a los adolescentes desde el afecto para poder instalar un acompañamiento paciente con el fin de discutir, hacer pensar, reflexionar e insistir sin desmayo para que cada uno pueda hacer su propio proceso de desarrollo. Para eso los adultos tenemos que estar disponibles y salir de nuestra propia burbuja de individualismo placentero.

Pablo Estramín acuñó en su famosa composición algunos trazos de este vínculo adulto-adolescente sobre el que es tan interesante reflexionar. Traigo solo algunos versos por significativos: “Tratan de arrancarlos de sus ilusiones/ con viejas recetas y largos sermones/ Los tratan de adultos cuando les exigen/ los tratan de niños cuando les prohíben”. El ejercicio de “ponerse en los zapatos del otro/a” es fundamental en estas circunstancias y sobre todo valorar la renovación del mundo del que los y las adolescentes son portadores : “Su sangre caliente, bienvenida sea/ son caminos nuevos, son la primavera”.

 

 

 

 

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