De los tiempos en que Uruguay tuvo un triunvirato

Por Leonardo Borges.

La realidad de Uruguay después de la Guerra Grande (1839-1851) no fue esencialmente pacífica, como podría creerse. Si bien el país ya no estaba dividido en dos -la Defensa y el Cerrito- como en aquellos tiempos, las inestabilidades no tardaron en sumir al país nuevamente en las lógicas partidarias. La guerra había terminado con la tan esperanzadora como mentirosa frase “No habrá vencidos ni vencedores”. De alguna forma los uruguayos de otrora creyeron que podrían solucionar los problemas políticos, suprimirlos por la magia de las palabras. Tras la guerra se pretendió suprimir a los partidos por decreto y se pasó a funcionar en una especie de inestable fusión de los partidos. El primer presidente de aquel Uruguay fue Juan Francisco Giró y también fue la primera víctima de la polarización natural como respuesta a la prohibición.

La situación fue desembocando inevitablemente en una revolución. Esta terminó por estallar el 18 de julio de 1853. El problema reventó en el desfile por el aniversario de la Jura de la Constitución; tiros y sables festejaron de la peor manera una nueva conmemoración. La Guardia Nacional, cuerpo creado por Manuel Oribe en 1835 y reorganizado por Bernardo Berro, era visto como un cuerpo militar blanco, y en realidad eso era. Es así que Melchor Pacheco y Obes y otros connotados conservadores (el Partido Conservador Colorado creado para la ocasión) estaban detrás de la refriega. Frente a frente se encontraban ese día la Guardia Nacional (sin municiones), comandada por Pantaleón Pérez y los batallones Nº 1 y Nº 2, al mando del coronel Solsona y el coronel León de Palleja, respectivamente. La tensión del momento era evidente, y así como así se desató una balacera. Juan José de Herrera planteó que “a la voz de ese jefe [Palleja] se despeja la plaza de curiosos y el batallón de africanos descarga sus armas sobre las espaldas de los nacionales. La sorpresa y el terror de tan inaudito atentado no dio lugar a la reflexión […]”. Para este Herrera, Pacheco y Obes, Herrera y Obes y César Díaz estaban detrás del motín. Lo cierto es que unos gritaban “¡Viva Oribe!”, a lo que los otros respondían desencajados “¡Viva César Díaz!” y los balazos llenaron el silencio de la mañana y la Guerra Grande volvía a renacer. La guardia logró replegarse y conseguir armas y continuó la refriega. Se desplomaban de un lado y del otro, y mientras más plomo llenaba la plaza, más se reavivaban los odios fratricidas de antaño. Todo terminó bajo el auspicio del mismo Pacheco y Obes, tirando la piedra y escondiendo la mano, pero el presidente se encontraba desbordado y los odios volvían a exteriorizarse.

Tratando de moderar, Giró incorporó a su gobierno, como ministros, a dos colorados, Manuel Herrera y Obes y Venancio Flores, pero era demasiado tarde. Tras la dimisión de estos al poco tiempo, el presidente Giró y Bernardo Berro terminaron exiliándose el 24 de setiembre en la legación francesa. Otra vez escapaban los gobernantes.

A partir de aquí, comienza una historia absolutamente compleja, con ribetes patéticos; de idas y vueltas y de luchas por el poder, que nos demuestra hasta qué punto, estaban lejanos estos hombres de nuestra sensibilidad. No es un juicio de valor, sino una reflexión que intenta comprender el siglo XIX y no utilizarlo como plataforma de lanzamiento del presente, dotándolo de valores que no poseía. Estos hombres no comprendían en su entera dimensión los valores democráticos. Lo que sigue a la dimisión de Giró es un triunvirato anticonstitucional, pero conciliador al fin entre Venancio Flores, Fructuoso Rivera y Juan Antonio Lavalleja. A pesar de esto, la reunión que engendró el triunvirato, estaba repleta de colorados, connotados conservadores en general. Se llevó a cabo en el Fuerte, el 26 de setiembre, entre César Díaz, Pacheco y Obes, Juan Carlos Gómez, José María Muñoz, otros colorados y Juan Antonio Lavalleja, quien reaparecía ahora en filas coloradas, declarando (según Juan Carlos Gómez): “Mi desgracia ha consistido en haber creído en el Partido Blanco, que me hablaba en nombre de la ley y de la patria para hacerme instrumento de sus infamias y maldades. Pero Dios ha permitido que no muera sin poner el sable de Sarandí del lado del Partido Colorado, al cual he debido pertenecer toda mi vida […]”. Acomodaticio tal vez. Sobre el viraje de Lavalleja, Alberto Zum Felde es elocuente: “Es un acto de claudicación senil y sin valor político la declaración de coloradismo de Lavalleja al entrar al triunvirato; […] resentimientos políticos y chochez de las energías le inspiran este acto; además está detrás de él doña Ana Monterroso (su mujer), picaneando sus ambiciones de gobierno. ‘Date corte, Juan Antonio’”. Es así como se forma el triunvirato, que finalmente no pudo llevarse adelante en su totalidad. Lavalleja muere el 22 de octubre y Rivera, volviendo de Brasil, fallece el 13 de enero de 1854. El país perdía ese año una parte de su pasado revolucionario. Al mismo tiempo, a partir de noviembre, los caudillos blancos se levantaron en el interior tras el influjo de Bernardo Berro, que se encontraba detrás de las insurrecciones. Los caudillos proclamaban a Giró como presidente legal, pero este, abrumado, volvió a exiliarse dadas las presiones. El poder quedó entonces en manos de César Díaz. Colorado conservador, llevó al límite su odio hacia los blancos, con dos decretos increíbles: por un lado, mandó ejecutar a Berro (aunque no lo encontraron); y por otro, derogó la Paz de Octubre y, por tanto, reinició la Guerra Grande. La situación era insostenible, el odio, incalculable. Y así terminaba el fugaz triunvirato completamente ilegal, colorado y conservador.

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