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Editorial Bianchi | consejera estudiantil | educación

Hostigadora serial

El ataque de Bianchi a la delegada estudiantil

La consejera estudiantil merece el desagravio de todo el sistema político, porque fue vilipendiada y censurada por Bianchi

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La consejera de formación docente por el orden estudiantil, Génesis Gallardo, denunció en sus redes sociales el bochornoso maltrato del que fuera objeto por la senadora Graciela Bianchi en la comisión de educación del Senado, cuando compareció allí junto al resto de los integrantes del consejo.

Las actitudes de Bianchi ya no sorprenden a nadie. Es una hostigadora serial, que utiliza los privilegios que le proporcionan los fueros para agraviar y amenazar con absoluta impunidad en todos los ámbitos en los que participa, pero es un error frecuente deslindar de sus diatribas al resto del gobierno que la puso donde está y que la respalda con un silencio cómplice y abrumador, mientras la senadora -hoy vicepresidenta en ejercicio- insulta y abusa de su cargo de forma permanente y peligrosa.

En el caso que nos ocupa, Bianchi no expresa una vez más su desprecio proverbial, pero íntimo, a una persona que no comparte sus ideas, sino que manifiesta violentamente la posición colectiva de buena parte la coalición de gobierno sobre la participación de los estudiantes en la discusión de la reforma educativa: ellos no admiten que los jóvenes tengan derecho a decir algo sobre el diseño de la educación, sobre los programas, sobre la gestión de las políticas de enseñanza, aunque ocurra, como en este caso, que la estudiante mancillada es integrante de pleno derecho del Consejo de Formación Docente, porque la ley establece que haya un representante electo por sus pares en dicho organismo.

Este mes ha estado plagado de manifestaciones de la comunidad educativa, fundamentalmente estudiantil y docente en secundaria y formación docente, en rechazo a una actitud autoritaria, soberbia y cerrada al diálogo de las autoridades de la enseñanza, emperrados en llevar adelante una reforma curricular que todavía no saben cómo pretenden plasmar, pero cuyos lineamientos, además de parcialmente plagiados, no cuenta con el apoyo ni de los organismos técnicos, ni de las asambleas técnico docentes, ni de las agremiaciones ni de los representantes electos de los órdenes. Una reforma en la nebulosa de las palabras que nadie sabe cómo se va a hacer en la práctica, pero que se niegan a discutir, por lo que, sean cuales sean sus características definitivas, ya es posible afirmar que aloja en su seno una concepción vertical, alejada de la saludable búsqueda de consensos o, cuando menos, de un razonable espíritu de construcción democrática, mayoritarista y transparente.

La teoría de que los estudiantes no deben participar en la conducción de la educación es antigua, pero la afirmación de Bianchi de que no tienen derecho ni siquiera a pronunciarse porque son jóvenes e inexpertos es todavía más radical y despótica. Los estudiantes, y aún más cuando son de formación docente, no solo tiene el derecho sino la obligación de reflexionar sobre el proyecto educativo en el que están involucrados, y manifestar sus acuerdos, sus disensos y sus alternativas, porque básicamente son el objeto de ese proceso y nadie puede ser privado de involucrarse en las definiciones de algo que le atañe tan directamente a su propia vida. En este punto Bianchi atrasa más de 100 años, por lo menos a la reforma de Córdoba de 1918, pero todavía más, al Primer Congreso Internacional de Estudiantes Americanos de 1908, organizado por la Asociación de Estudiantes de Montevideo a iniciativa de su presidente, Héctor Miranda, entonces bachiller y hoy figura histórica que incluso da nombre al Liceo número 2. En ese congreso fue, nada menos, Baltasar Brum el encargado de ponerle voz a un reclamo que recorría el continente: “El congreso internacional de estudiantes americanos acepta como aspiración la representación estudiantil en los consejos directivos siendo los delegados nombrados directamente por ellos y renombrados con la mayor frecuencia posible”.

Graciela Bianchi es un personaje históricamente menor, que será tragado rápidamente por el olvido, pero su prédica reaccionaria no es un patrimonio exclusivo de su mente perturbada, es una convicción que todavía anida en la derecha de nuestro país que deber ser denunciada de plano. La consejera estudiantil merece el desagravio de todo el sistema político, porque fue vilipendiada y censurada por Bianchi en claro ejercicio abusivo de un cargo que no le permite esos despropósitos, pero además las ideas que inspiran a esta conspicua maledicente deben ser combatidas en todos los ámbitos, porque implican un retroceso fenomenal, más que centenario, en la tradición democrática y autónoma de nuestro sistema de enseñanza pública que, de llevarse adelante, nada bueno traerán ni para la educación de los jóvenes actuales ni para el futuro de nuestro país.

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