El principal canal de transmisión del impacto económico es el encarecimiento de la energía. La reducción en la oferta de petróleo, sumada a las tensiones en puntos estratégicos como el estrecho de Ormuz y el Mar Rojo, ha impulsado los precios internacionales del crudo, elevando los costos de producción y transporte a nivel global. Para los países importadores de energía, este fenómeno actúa como un verdadero impuesto sobre sus economías, deteriorando ingresos y presionando sobre los precios internos.
A esto se suma el aumento en los costos de los fertilizantes, con subas cercanas al 35% en el caso de la urea, lo que anticipa efectos en cadena sobre los precios de los alimentos. De esta forma, la inflación global encuentra nuevos factores de presión en un momento en que muchas economías aún no consolidaban su estabilidad tras crisis recientes.
El conflicto también está generando disrupciones en el comercio internacional. Las amenazas a rutas clave para el transporte marítimo, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial, encarecen los seguros, alargan los tiempos logísticos y afectan las cadenas de suministro. Este escenario incrementa los costos globales y añade incertidumbre a las decisiones de inversión.
El FMI ya define la situación como un “nuevo shock global”, capaz de interrumpir la recuperación económica que comenzaba a consolidarse. Incluso en un escenario de resolución rápida del conflicto, el organismo advierte que el impacto negativo persistirá, con revisiones al alza en la inflación y a la baja en el crecimiento, aunque de menor magnitud.
Además de los efectos macroeconómicos, el organismo alertó sobre las consecuencias sociales. El aumento del costo de vida a nivel mundial y el deterioro de las condiciones económicas en regiones directamente afectadas podrían traducirse en mayores niveles de pobreza y desigualdad.
Frente a este escenario, el FMI no descarta ampliar programas de financiamiento para asistir a los países más vulnerables, en un contexto donde los gobiernos deberán replantear sus estrategias energéticas, fiscales y comerciales.
La guerra en Medio Oriente, así, no solo redefine el equilibrio geopolítico, sino que vuelve a poner a la economía mundial frente a un desafío conocido: gestionar un shock externo que combina inflación más alta con menor crecimiento, un escenario que complica las decisiones de política económica en todo el mundo.