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El jugoso caso Djokovic

Por Rafael Bayce.

Novak Djokovic, el serbio actual número uno del mundo en tenis, y que probablemente será el número uno en la historia dentro de poco, sufrió varias humillaciones y perjuicios en los últimos días.

1.Fue deportado de Australia. 2. Prohibido de entrar por 3 años a ese país. 3. Se le canceló, federalmente, una autorización para estar en Australia que le habían extendido los organizadores del primer gran torneo ATP 2022 y las autoridades estaduales de donde se juega el torneo. 4. Se salvó apenas de ser acusado formalmente de ‘falsificación ideológica’ por haber declarado cosas inciertas respecto de su estado sanitario y sobre los últimos lugares que había visitado antes de llegar. 5. Deportivamente, pierde puntos en el ranking ATP actual y es posible que enfrente dificultades similares a las australianas en otros países a los que deba ir para futuros torneos; y que arriesgue mayor daño deportivo y de prestigio personal. 6. Pasó por la humillación de estar legalmente detenido en un modesto hotel para transgresores de la legislación migratoria. 7. La opinión pública, a pesar de idolatrarlo deportivamente y desear verlo jugar localmente, privilegió, para juzgarlo, 83% a 17%, criticarlo por su intención de violar requisitos legales de la pandemia en sus intenciones inmigratorias; y según las autoridades, amenazar la salud pública con esas transgresiones.

Muchas reflexiones pueden surgir de esos hechos y de sus razones y motivaciones.

 

Los problemas de las jurisdicciones privadas, las estaduales y las federales

Primer capítulo. Djokovic, de acuerdo a la negatividad mostrada en algunos tests realizados, fue autorizado por las autoridades del torneo y por las del estado de Victoria, donde se juega, a entrar a territorio australiano y a jugar el torneo, al punto que fue sorteado su partido en primera ronda, día, hora, cancha y rival. Djokovic viajó y parece haber pensado que esas autorizaciones y los requisitos sanitarios favorables que las habían avalado serían suficientes para asegurar su ingreso al país y para disputar el torneo.

Segundo capítulo. Pues bien, esos mismos requisitos, locales y estaduales, que aparentemente habilitaban su permanencia en el territorio del torneo y en el estado de Victoria, no eran suficientes para satisfacer las exigencias, estos últimos federales, de salud pública para inmigrantes. Por lo tanto, por esas carencias y otros problemas menores que se solucionaron, fue detenido, alojado en el pobre hotel para detenidos en averiguaciones sobre transgresiones a las disposiciones migratoria, y prohibido de entrenar para el torneo.

Tercer capítulo. Invocando las autorizaciones recibidas, Djokovic apela esa primera detención y una orden judicial local determina que recupere su libertad, se aloje en otro lugar y pueda entrenar para el torneo, en la expectativa de jugarlo.

Cuarto capítulo. La jurisdicción federal vuelve a la carga para corregir las decisiones administrativas y judiciales locales. El ministro de Migraciones lo acusa de declaraciones aduaneras falsas, de no satisfacer los requisitos aduaneros de inmigración y de poner en riesgo así la salud pública; solicita que no sea autorizado a ingresar al país ni a jugar el torneo y que sea deportado de inmediato. Se convoca un tribunal judicial federal para que enmiende o no la solicitud de ingreso de Djokovic y las autorizaciones locales que lo avalaban, contra la prohibición de su ingreso, y su deportación inmediata, con consecuencias de prohibición de ingreso futuro por 3 años. Triunfa la tesis federal; caen la validez de las autorizaciones y la decisión permisiva del juez local; Djokovic es detenido, alojado en un mal hotel para indagados de migraciones federales, prohibido de entrenar, y deportado con prohibición de entrar a Australia por 3 años. Los organizadores convocan a un jugador suplente para sustituirlo en el torneo.

Hay varios problemas que terminaron perjudicando a Djokovic y precipitando el desenlace adverso para él.

 

Ganadores y perdedores

En primer lugar, quienes lo autorizaron a jugar el torneo y a residir transitoriamente en el estado de Victoria deberían haber sabido que esas autorizaciones de las jurisdicciones tenística y estadual, más la decisión judicial local, serían anuladas por la resolución contraria que la jurisdicción federal en migraciones y en salud pública tomaría. Cualquier organización mínimamente seria, con un staff jurídico mínimamente capacitado y experiente, debería haber previsto la insuficiencia de las autorizaciones dadas a Djokovic y de la decisión judicial local para torcer los requisitos sanitarios federales de migración, que se sobrepondrían, como cualquier jurisdicción federal se impone a las estaduales y privadas, en materias de jurisdicción y competencia federal, si hay conflicto entre ellas. Como era el caso. Lo mandaron al matadero intencionalmente o por mera ignorancia inexcusable.

En segundo lugar, el propio Djokovic y/o sus asesores legales deberían haber sabido del posible conflicto de jurisdicciones entre la normativa federal y las estaduales y privadas. Y que en caso de conflicto, las autorizaciones que tenía serían impotentes para sobreponerse a la normativa y voluntad federales. Deberían haber previsto tan anunciada muerte.

En tercer lugar, es posible pensar que no hubo ninguna ignorancia de nadie, sino un cálculo de probabilidades, una expresión de esperanzas, y, no menos importante, un juego político de póquer en que cada uno jugó sus cartas esperando la defección del otro, dentro de un duelo retórico de intereses meta-deportivos de todos los actores participantes. Con Djokovic como muñeco de kermesse, para recibir impactos con premio. Así.

Uno. Las autoridades deportivas y judiciales, locales y estaduales, aun poniendo en riesgo los intereses y prestigio futuros de Djokovic, prefirieron ‘hacerse los bobos y los poderosos’, y mantener latente la posibilidad de la participación de Djokovic por conveniencia comercial, para luego atribuirle a intereses políticos, y de ‘pesada’ federal anti-local, la muy probable ausencia de Djokovic, autorizado localmente (deportiva, administrativa y judicial) pero desautorizado federalmente. Usaron a Djokovic, más que nada comercialmente, quizás haciéndose los bobos y las víctimas.

Dos. Las autoridades federales, en vísperas de elecciones, aprovecharon para hacer gárgaras democráticas, diciendo que las autorizaciones recibidas por Djokovic eran una violación a la igualdad de todos ante la ley federal, que no las admitirían, apelando al nacionalismo australiano al decir que un extranjero no debía ser exceptuado de aquello a lo que los australianos son obligados, y que, además, sería riesgosa para la salud pública la mantención de las autorizaciones. Cuando se enteraron de que las encuestas eran un 83% favorable a la no autorización de Djokovic ni de su tratamiento excepcional, y que solo 17% lo apoyaba, se pararon en los pedales, con viento en la camiseta; se disfrazaron de estatuas de la libertad y épicos patriotas; y lo prohibieron y deportaron. También usaron a Djokovic, más que nada políticamente. Aunque, no olvidemos, legal y administrativamente, formalmente, tenían la razón (sustantivamente, discutible)

Tres. Los asesores legales de Djokovic tendrían que haber sabido que las autorizaciones deportivas, locales y judiciales locales caerían si se formularan cargos federales ante un tribunal federal, en caso de conflicto de competencias y jurisdicciones. También explotaron a Djokovic porque lo hicieron incurrir en gastos innecesarios para defenderse de lo indefendible; la normativa sanitaria federal de inmigración es clarísima, la precedencia de la normativa federal sobre las locales, cristalinamente clara. Explotaron a Djokovic, del modo como lo hacen los abogados: ganando honorarios innecesarios, de juicios innecesarios, que no se ganarán, pero dejarán ganancias, que el rico cliente podrá absorber y que aceptará, creyendo que tienen más razón que la que tiene, y que sus abogados le han hecho correr con molestias y gastos necesarios, y no solo para ganar más con eso. Otra explotación más: en este caso económica, más que comercial o política. Y andá sumando.

Cuatro. Djokovic sobrevaluó sus cartas en ese juego. Porque confió en que las autorizaciones locales y su confirmación judicial local serían suficientes. Porque confió, probablemente, en que el interés comercial y deportivo de su presencia limaría algunas asperezas normativas y permitiría una excepción, mal cálculo apoyado por sus tiburones legales asesores, que no podían ignorar que la novela terminaría mal para Djokovic al final, aunque ganando engañosamente algunos rounds en el camino. Porque no justipreció el oportunismo político preelectoral que aconsejaría endurecerse principistamente con su caso. Quizás también porque promovía así su principismo contra las vacunas y contra el tratamiento ortodoxo de la pandemia; subvaloró la importancia que han adquirido la paranoia y la hipocondría, severas por miedo inducido, y que se vanaglorian de su rigidez, en una insana competencia inquisitorial. Djokovic confió demasiado en sí mismo, en sus razones y en su importancia comercial, que son poca cosa en medio de la paranoia hipocondríaca que ha dictado normativas draconianas, que, aunque uno no las comparta (ni Djokovic ni yo), debemos reconocer su objetividad y obligatoriedad, así como la casi necesidad para las autoridades de obligar su cumplimiento y de castigar su transgresión por el mero y decisivo hecho de que son normativa legal y legítima, aunque pudiera ser equivocada (Djokovic y yo creemos eso también). Se olvidó que su grandeza más que salvarlo podía transformarlo en un suculento chivo expiatorio.

Pero, a pesar de esas coincidencias, yo no hubiera hecho lo que hizo Djokovic: le salió mal, lo perjudicará en futuros torneos, comprometiendo más su carrera, presencia deportiva, y sus opiniones sobre la pandemia; se dejó usar comercialmente por los locales australianos, por los federales australianos y por sus abogados; se sobreestimó y magnificó su confianza en lo que le dijeron los que lo estaban usando. Fue un mal jugador de póquer; mostró sus cartas y apostó suicidamente contra cartas superiores, sin la posibilidad de ‘mentir’, o ‘farolear’ y correr a los otros jugadores, porque todos conocían las cartas y su poder relativo en esa mano. Hubo bobos que se hicieron los vivos y vivos que se hicieron los bobos. Ganaron, como es normal, los vivos que se hicieron los bobos (comercialmente los locales, políticamente los federales, económicamente los abogados de Djokovic); perdió Djokovic.

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