Por Ricardo Pose
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No los puedo cuantificar ni creo que sean decisivos en el resultado electoral; su ingenuidad no solo se manifiesta a la hora de votar, y en general tienen una actitud desconfiada contra ciertas lógicas racionales.
Son los primeros en tomar distancia de los discursos confrontativos y descalificadores del adversario. Pero es una porción de pueblo, en general que integra los sectores más humildes, que demanda nuestra atención para la sensibilidad de izquierda.
Hay una labor militante de carácter pedagógico que debe asumir desmontar, desnaturalizar cierto razonamiento imbuido de pensamiento mágico y clichés reforzados desde los grandes medios de comunicación.
Antes de que me lluevan comentarios calificándome de iluminado y soberbio, intentaré dar algunas características que permitan definir ese sector de la población, por los que debemos hacer ingentes esfuerzos por sumar a las fuerzas democráticas y populares.
De bolsillo
En general, en sus tímpanos no ha calado el discurso de los logros realizados durante los años de gobiernos frenteamplistas; la mejora de sus ingresos y sus condiciones de vida, de su entorno, del acceso a bienes y servicios, está en el ABC de lo que debe hacer cualquier gobierno.
El gobierno que lo haga, como lo hizo el Frente Amplio, merece su reconocimiento pero no su fidelidad.
Es un exabrupto innecesario decir que “piensan con su bolsillo”. En esta sociedad de consumo es casi un reflejo innato aspirar a que si no aumentan los ingresos, al menos permitan llegar tranquilamente a fin de mes.
Al decir de una canción de Abel García: “Mi pueblo tiene un sueño sencillo”. Son los asados del domingo con o sin amigos, la playa, el fútbol, el autito, las charlas entre mates, sin zozobras económicas.
Al igual que el niño que cree haber visto o escuchado a los Reyes poner los juguetes en el arbolito, son inocentes víctimas de cuanta empresa financiera les ofrezca préstamos blandos.
La usura, la ganancia desproporcionada de esta, aunque busquen la mejor oferta, lo consideran dentro de las reglas de juego y su única opción, al igual que las 36 cuotas que les permitan acceder a un electrodoméstico.
Hacen una jerarquización del esfuerzo personal, de la meritocracia, relacionadas con sus ingresos y salarios; allí donde consideran que su esfuerzo no ha sido premiado es de los pocos momentos en que cuestionan sus relaciones laborales, o su mala suerte, si son cuentapropistas.
Por ello a veces les rechinan algunas medidas sindicales, sobre todo cuando se ven como víctimas de ellas. En su imaginario, adjudican el éxito de sus patrones, o revendedores, al esfuerzo o suerte de los mismos. El vivir día a día ese techo que impone el sistema los lleva a no perder un solo segundo en estar cuestionando sus peripecias cotidianas, y en ellos aún no ha permeado la frase de Rodó sobre ser funcional a intereses ajenos, siendo trabajadores aislados.
Animismo
El animismo atribuye a seres y/o fuerzas ideales, la causa de todas las cosas; pueden ser el Dios de los cristianos, de las culturas afro u orientales, las terapias alternativas, las energías, el destino.
Pero también hay ciertas explicaciones “animistas” de lo cotidiano; por ejemplo, en la marcha de la economía.
El costo de la yerba, un elemento central de la uruguayés, se adjudica a la buena o mala voluntad del gobierno de turno, desconociendo o subestimando nuestra condición de país importador del vital elemento.
Opera en el campo de los vínculos personales, donde la vara con la que se mide al otro y sus actitudes es a partir de uno mismo y sus escalas de definiciones morales.
De allí que la defensa a ultranza en actitud casi corporativa de colectivos o fuerzas políticas choca contra un muro; al decir de Paulo Freire, si no se comprende su visión del mundo, se convierte en casi una imposición argumentar desde nuestras lógicas.
Desde aquella tierna edad, donde los reyes no te dejaron lo que pedías por que no pudieron o no te dejaron nada porque, además de no poder, no te lo merecías, se viene matrizando un pensamiento inductivo.
El machismo, presente tanto en algunos hombres como en algunas mujeres, se naturaliza desde la cuna; en nuestra cultura occidental y en algunas religiones no occidentales, varón es la condición de Dioses y Reyes. Y aunque en muchas familias sea mamá la jefa de hogar que recorre puestos de ventas de juguetes para el 24, es Papá Noel.
Los grandes medios de comunicación, y el acceso a la tecnología de las comunicaciones, hacen su rol, su incuestionable papel, en hacerlos sentir parte de la comunidad, donde lo más importante es no quedar afuera de la foto.
Llegaron ya, los reyes eran tres
Melchor, Gaspar y Baltasar, o Luis, Guido y Ernesto. La ingenuidad y el miedo van de la mano; soy más feliz en las cosas que ignoro, argumentan. Mirar el mundo con ojos críticos me obliga a respuestas, y esta sociedad mediática –frenéticamente necesitada de certezas, de respuestas esperanzadoras– sirvió a estos sectores en bandeja el discurso de los nuevos apóstoles, construyendo un relato que la izquierda no logró desmontar.
El relato político de dirigentes de la coalición multicolor, alguno de ellos connotadamente católicos o protestantes, abonan el razonamiento animista.
En ese sentido, buena parte de la dirigencia y militancia de izquierda tuvo una actitud idealista y animista, indilgó al hijo los horrores de la actuación del padre. Intentó elaborar una metamorfosis de la imagen de Luis Lacalle Pou con Lacalle Herrera, adelantó catastróficas expectivas, fundadas, pero a quienes hoy viven la realidad del gobierno progresista.
La palabra
Ingenuidad y temor, que no siempre se convierte en necedad; para evitar la necedad del razonamiento del otro, hay que evitar ser necio uno mismo. Subestimar los problemas de seguridad a quien la sufre, en general nuestro pueblo más humilde, es no colaborar en la aprehensión de la realidad. El reconocimiento es el primer paso para luego entrar en sus fundamentos.
No todos los que votaron a la coalición multicolor son reaccionarios retrógrados y recalcitrantes; encasillarlos, estigmatizarlos es un profundo error político y una falta de empatía humanista.
La mayor derrota de la izquierda, no solo la uruguaya, ha sido, en años de gestión, la batalla cultural.
La historia ha enseñado que esa batalla no se gana imponiendo razones, y convencer es un camino más lento, largo y no exento de contradicciones.
Dejar congelados en el tiempo, etiquetarlos de una vez y para siempre, a quienes votaron y tomaron una decisión en octubre y noviembre –sin darnos la chance de volver a conversar– es no comprender el tamaño de la lucha política.
Ya las nuevas fuerzas que asumirán en marzo están brindando argumentos para nuestra labor. La construcción, el relato de la imagen de crisis económica en que reciben el país es una de ellas.
Como en los recreos escolares, donde los niños juegan y dialogan, la verdad se abre camino y, en algún momento, todos caemos en la cuenta de que los Reyes son los padres.