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El peligro a la vuelta de la esquina

Por Marcia Collazo.

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“Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación”. Así empieza Historia de dos ciudades, de Charles Dickens.

Conocí al escritor inglés de niña, por boca de mi madre, que me leía cada noche una o dos páginas de Oliver Twist. Nunca olvidaré el sentimiento que esa novela me causó. Creo que fue entonces cuando me encontré por primera vez con la crueldad, de la que hasta ese momento no había tenido mayor idea. Pero el otro libro, Historia de dos ciudades, recién lo vine a conocer mucho más tarde. Las palabras proféticas con las que ese libro se abre, escritas por Dickens a modo de prefacio filosófico sobre las miserias, encantos y truculencias históricas de Londres y de París a fines del siglo XVIII, no han perdido su vigencia.

Cuando compuso Historia de dos ciudades, en 1859, bien podía sentirse Dickens contemporáneo de la Revolución francesa y de la violencia, el hambre y la venganza, las conspiraciones y los heroísmos de unas pocas décadas atrás. Y nosotros, en este convulsionado siglo XXI, nos hemos dado cuenta abruptamente de que, después de todo, no estamos tan lejos de esos sucesos en lo que a pasiones, miedos, peligro y sufrimientos humanos se refiere. “Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, solo es aceptable la comparación en grado superlativo”.

Supongo que Dickens habrá querido expresar, con esto, que en su propio presente campeaban todo el bien y todo el mal, como en el bolero que tarareaban nuestros padres. Igual que en la novela de Dickens, hoy el mundo se vuelve más y más peligroso, sin que podamos hacer prácticamente nada para atajar esa amenaza. Como un tsunami espantable, el futuro parece estar preparándose, detrás del horizonte conocido, para estallar sobre nuestras cabezas en una ola arrolladora, mientras el cielo se tiñe de blanco, de verde y de naranja, como sucedió entre los romanos poco antes de la erupción del Vesubio; así al menos lo relató Plinio el Joven para la posteridad.

Hasta hace una semana, el gobierno uruguayo creyó estar haciendo lo correcto (es posible que lo haya hecho, dentro de sus escasos márgenes de maniobra). Pero cuando anunció el inminente regreso a clases en algunas escuelas rurales, confieso que en mi interior sonó la primera señal de alarma, no solamente por las consecuencias nefastas que pudieran derivarse de esa medida, sino además porque fue entonces cuando creí advertir la desorientación, la falta de rumbo, la intención desdichada de pretender manejar el problema sanitario con dos o tres herramientas políticas que nada tienen  que ver, y que nada tendrán que ver jamás, con una emergencia sanitaria, es decir, con las evidencias incontrastables que arrojan los hechos; los hechos puros y desnudos, los hechos implacables contra los que nada pueden ni la retórica, ni las intenciones de cumplir con un programa de gobierno, ni las efímeras apariencias de calma.

La alarma sonó en mi cabeza, pues, cuando me di cuenta de que se estaba intentando colocar la cuestión del coronavirus en un segundo plano. Como si estuviera controlada. Como si, incluso, ya estuviera pasando. Como si por un acto mágico de la voluntad, por una especie de actitud de que “todo está bien y de a poco vamos a ir retomando la vida, o la nueva normalidad, o lo que se entienda por tal”, los fenómenos naturales (entre los que figuran las enfermedades y más especialmente las pandemias) fueran a borrarse del planeta Tierra. En los días siguientes a esa exposición de buenas intenciones y a esos augurios de “nueva normalidad”, la pandemia dio un nuevo manotazo. Uno que seguramente no será el último, ni mucho menos.

La euforia que la gente vivió durante el fin de semana del 19 de abril, por poner un solo ejemplo, ya se está pagando demasiado cara. Los medios de comunicación no cesan de divulgar decenas de testimonios de médicos que insisten en decir lo que tal vez no queremos escuchar. Esos médicos alertan a la población sobre lo que significa ingresar a un CTI, sobre la duración de la internación (veinte días como mínimo) y la necesidad, mil veces repetida, de no colapsar el sistema hospitalario. Resultado: ahora la gente se está asustando de nuevo.

El aislamiento, obviamente insufrible, desesperante y favorecedor de psicosis varias, es por el momento la única herramienta que puede frenar la expansión descontrolada del contagio. No parece haber otra. Es cierto que resulta imposible decretar una cuarentena de ley: estamos en Uruguay, no en Francia. El que no tiene más remedio, sale, porque vivimos en un país en donde un tercio de la población, más o menos, tiene un trabajo precario al que no alcanza ninguno de los beneficios del Estado: ni seguro de paro, ni despido ni nada de nada. Por eso, el que no tiene más remedio, sale, y hace bien. ¿Y el que puede quedarse en casa? A veces, ese sale también, y hace mal.

Mientras tanto, el gobierno se tira de los pelos, y no sin razón. La barca de la economía uruguaya navega por aguas tormentosas, y sus capitanes tienen pánico de que las cosas no salgan como lo habían planeado en sus papeles y en sus gabinetes de trabajo. Es en el fondo un círculo vicioso. Como el gobierno no ofrece verdaderos y contundentes planes de ayuda para la población más vulnerable (porque no puede o porque no quiere, o porque se aferra tercamente a los jirones de sus planes económicos), esa población sale a rebuscarse la vida, y de paso se contagia. Está claro que no se puede obligar a esas personas a encerrarse, muchas veces en condiciones infrahumanas y sin ayuda suficiente, y con ello el círculo vicioso se refuerza, agravado por la incoherencia reinante.

En el fondo, con el “quédate en casa”, solo estamos enviando mensajes contradictorios a la gente, puesto que sabemos de antemano, usted y yo y todos, que cumplir a rajatabla con tal premisa es imposible, hoy por hoy y en las actuales condiciones. Yo soy yo y mis circunstancias, decía con mucho acierto el filósofo español José Ortega y Gasset. Mientras tanto, el alud del tsunami ya está dejando sentir sus vientos huracanados, ahí nomás, a la vuelta de la esquina. Todos, tanto los que salen como los que no lo hacen, tienen la certeza de estar viviendo una pesadilla. No es “como si”. La pesadilla está entre nosotros.

Dice Dickens en otro pasaje de Historia de dos ciudades que “los espíritus frecuentan los lugares donde más a menudo solían acudir sus cuerpos”. Seguramente habla de los muertos, pero no del todo. Metafóricamente habla también, y mucho, de los vivos encerrados o de los vivos sueltos (o sea de nosotros los uruguayos, a pesar de que acaso jamás supo de nuestra existencia), medio enteros y medio amputados, medio salvados y medio condenados.

Dije antes que hay entre nosotros quienes salen por necesidad, pues, de lo contrario, se mueren de hambre, o porque cumplen labores de ayuda comunitaria, o porque simplemente no soportan permanecer en su casa, o porque creen que a ellos no les pasará nada malo. Miran las estadísticas y, si tienen menos de 40 años, deciden que, aún en caso de contagiarse, se curarán solos. Entonces se lanzan a la calle, suben a buses atestados, ven amigos, se toman una cerveza en algún bar de los muchos que ya han abierto, pasean por la rambla, por la feria, por la plaza y por el barrio.

Lo que lleva a esa gente a salir es la necesidad de índole metafísica, de conducir a su espíritu a esos lugares que sus propios cuerpos frecuentaban antes de la pandemia. Lástima que el espíritu ya no es el mismo de antes. Ahora está un poco enfermo de angustia y, por qué no, de rabia. ¿No le ha ocurrido a usted, amable lectora, amable lector, esa suerte de divorcio entre su alma y su cuerpo?

A todo esto, el virus sigue ahí, cebándose en los organismos vivos. También sigue ahí la evidencia de que nuestro sistema sanitario es demasiado precario y vulnerable, a pesar de las mejoras y de las prevenciones de las últimas semanas. Es que los médicos y científicos todavía siguen aprendiendo cómo enfrentarse al virus en cuestión.

No quiero ni pensar lo que ocurrirá apenas empiecen los primeros fríos. De ahí el llamado a la responsabilidad de cada uno, de los más medrosos y de los más temerarios, de los que tienen que salir cada día por pura necesidad, y de los que no deberían hacerlo. La responsabilidad, ya se sabe, tiene cara de mala, es demasiado imponente, demasiado cargante. La responsabilidad, concepto con el cual nos amenazaban nuestros padres y abuelos a cada rato, con el dedo levantado y el ceño fruncido, es una palabra que ahora tendríamos que tomar en serio, no solamente por la integridad y la salud propias, sino principalmente por la integridad y la salud ajenas.

Dickens, como todo gran escritor, habló para todos los tiempos, para el peor y para el mejor. Y, si no, fíjese en esta frase, con la cual cierro mis reflexiones de hoy: “Tenga presente que si cometo un error -lo que me ocurre algunas veces-, no habrá en el mundo quien sea capaz de repararlo”.

 

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