El expresidente Donald Trump, a diferencia de otros mandatarios anteriores, decidió no incrementar la intervención militar norteamericana porque, de acuerdo a su neo-nacionalismo declarado, prefería invertir en el país que dedicar esfuerzos a intervenir en conflictos externos, aunque su curso y resultado fueran importantes para el país. Fue advertido de que la desidia y el retiro de tropas del candente hierro de Iraq podrían resucitar la influencia del Estado Islámico, que había sido declarado militarmente derrotado en 2017. Pues bien, en este 2021, 3 ataques parecen confirmar esos temores, aunque señalarlo no implica, al menos en mi caso, una condena implícita a lo decidido por Trump. Mi preocupación por el tema transita otros carriles, que veremos.
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Dos errores teóricos de los actores en Irak
Pues bien, en 2021 los ataques terroristas cruentos recrudecen como parecía esperable por los críticos de la decisión de Trump, aunque en realidad a Trump no le importase mucho eso, que quedaba fuera del eslogan ‘America first’, y que se maten entre ellos los otros, como propuso una vez un revolucionario jefe de Policía de Montevideo como solución para la violencia en el fútbol.
En realidad ese regreso del Estado Islámico le importará más a los demócratas que asumen la presidencia, más preocupados (gruesamente) que los republicanos trumpistas por el tablero geopolítico y por mantener el aceitado funcionamiento de un sistema mundial liderado de hecho por los lobbies transnacionales, implementados por organismos internacionales cooptados por los lobbies transnacionales, y dentro de hipercooptados Estados nacionales formalmente soberanos.
El 2 de enero, en Níger, un cinematográfico despliegue de 100 motocicletas logísticamente orientadas y fuertemente armadas, atacó simultáneamente a dos poblados, matando a 100 e hiriendo a 75. El pecado de los atacados: ser chiitas, la variante moderna del Islam, minoritaria pero aun así muy abundante.
El 3 de enero, en Pakistán, un ataque a puñaladas mató a 11 en un mercado. Pecado: nuevamente, ser chiitas de la etnia Hazara, gobernante en esa región.
El 21 de enero, en Bagdad, capital de Irak, exescenario de las mil y una noches, dos bombarderos suicidas, en el principal mercado urbano, felizmente reabierto luego de un cierre viral, mataron a 32 e hirieron a 110. El modus operandi, particularmente sádico y eficiente: un suicida fingió un malestar repentino, atrajo a samaritanos varios, los aglomeró, e hizo explotar entonces su bomba, mucho más eficaz que el cov-sars-2; el segundo aprovechó la ayuda a estos nuevos heridos, estos reales, para explotar la segunda en una nueva aglomeración inducida.
Pero lo que más nos interesa es subrayar la cadena de errores de interpretación y de conceptualización que dejan entrever los hechos y dichos que hemos mencionados hasta ahora, reflotados ahora en este rebrote, o segunda ola de terrorismo sunita contra los chiitas, que de paso muestra que los terroristas islámicos son más sunitas ortodoxos que chiitas reformados, y que el terrorismo es más intraislámico que internacional, para ordenar las prioridades del pánico que generan y tienden a producir. Ni que hablar que las naciones financiadoras y organizadoras de los ataques los repudiaron públicamente, con energía y dolida conmiseración por las víctimas y sus familias (i.e. Arabia Saudita, Qatar, EAU). Pero veamos a lo que íbamos.
Primer error. Del Estado Islámico: perseguir la instalación de un califato en un territorio materialmente existente y atacable.
Segundo error. De los adversarios del Estado Islámico: creer que la destrucción militar del califato implicaba un gran triunfo perdurable.
Primer error: instalar un califato territorial
La fortaleza y ventajas del terrorismo frente al enfrentamiento bélico clásico, y aun frente a la guerrilla como alternativa para un actor bélicamente inferior a su adversario, es, precisamente, la de no poder ser ubicable para una represión militar convencional superior en armamento.
Los fatwa de Osama bin Laden, por ejemplo, ordenaban, como parte de la yihad religiosa, que cada musulmán en el exterior infiel, se propusiera eliminar infieles motu proprio, sin necesariamente tener u organizar ninguna logística colectiva en especial. Sin dudas este es el terrorismo más específico y más difícil de contrarrestar, porque es muy difícilmente prevenible por la contrainteligencia, y porque en su eliminación siempre se terminará con muchos menos atacantes que las víctimas que éstos pueden provocar. Y es el más específicamente terrorista, justamente porque provoca terror debido a su imprevisibilidad y sadismo sumados.
Pues bien, el problema para los islámicos que están del lado de las células individuales o colectivas terroristas es el objetivo final, teológico, de la lucha, es la instalación de califatos sunitas reales, materiales, en territorios realmente existentes y de soberanía extranjera.
Doble obstáculo, entonces: la instalación y defensa de un territorio real, lo que exigiría la organización de una administración y una defensa que no podrían contra el mundo externo, problema que originó la solución terrorista y que ahora se traiciona; la yihad con finalidad de Califato fue un fin que se hizo imposible con el transcurrir del tiempo y de la asimétrica dotación militar de los sunitas respecto de sus adversarios chiitas, no tanto por la superioridad chiita, que no era ni es tal, sino porque la lucha territorializada permitía la solidaridad de naciones superordinadas militarmente, que anularían un califato ubicable y relativamente frágil, tan esforzadamente viabilizado por terrorista yihadistas.
La instalación de un califato anula los logros del terrorismo yihadista suní y perjudica el terrorismo tan efectivo, dándoles a los enemigos superiores de armamento la ocasión de ubicarlos espaciotemporalmente, de derrotarlos y de publicitar su victoria, que se convierte así en una contrapropaganda de la propaganda que el terrorismo había hecho de la imprevisibilidad e inescrupulosidad cruenta de los terroristas, atractivo para radicales, y para personalidades determinadas.
El terrorismo es básicamente un triunfo del Islam sunita radical, como terror, inubicabilidad y propaganda; el califato es básicamente un gol en contra que anula los logros del terrorismo y les permite a los derrotados por el terror mostrarse internamente en sus países y externamente en el mundo como victoriosos reales, más allá de la amenaza terrorista, menos numerosa en víctimas favorables que las víctimas del combate al califato.
La persecución e instalación territorial de un califato es un objetivo religioso obsoleto e inalcanzable que anula la novedad y éxito relativo del terrorismo. El terrorismo es una novedosa forma de la yihad tradicional, pero adaptada a los tiempos bélicos que se viven en el siglo XXI; el califato es una obsoleta finalidad que no solo será siempre inviable en el futuro mediato previsible, sino que anulará los logros y triunfos psicosociales que el terrorismo pudiera generar, y les da blasones psicosociales a sus adversarios. El terrorismo puede ser muy útil a un Islam demográficamente creciente y bélicamente inferior; pero jamás llevará a la construcción de un califato, y conspirará contra el terrorismo yihadista, y contra algunos logros psicosociales del terrorismo, que ahora sí sus adversarios pueden contrarrestar, y no con contrainteligencias intranacionales que, si exacerbadas para ubicar a sus elusivas presas, pueden ser un autoataque de escorpión.
Entonces, objetivo teológico obsoleto imposible, coránico, versus eficaz yihadismo terrorista, poscoránico. Problema insoluble para la razón instrumental, porque la razón valorativa, la emocional y la tradicional la permearían en la explicación de la conducta que se propone terrorismo y califato; Max Weber, como siempre, en el corazón da la comprensión profunda de la realidad.
Segundo error: creerse que liquidar el califato basta
Pero, así como la persecución e instalación del califato es un gol en contra, obsoleto desde códigos religiosos que se creen y pregonan como eternos e inefables, mientras que el moderno terrorismo atomizado de yihad parecía un gol a favor, el mismo gol a favor de los combatientes de terroristas y califatistas que significa la destrucción del califato puede convertirse en un gol en contra si creen y pregonan que la con la destrucción del califato destruyen el terrorismo y/o la yihad islámica, en especial la sunnita. Es el gol en contra de los antiterroristas, que compensa el de los terroristas, el califato.
En realidad, la destrucción del califato condena a los yihadistas a concentrarse en la yihad terrorista, perdida la carta del territorio del califato; la reaparición de los ataques en 2021 confirma los temores de quienes los pronosticaron si se retiraban las tropas que habían destruido el califato, con el inevitable énfasis en el terrorismo una vez derrotados bélicamente en el terreno. Porque no podían pensar que esa obra terminada limpiaba al mundo de la yihad islámica, como dijo Trump cuando alegó la inutilidad de la mantención de tropas liquidado el califato, aunque no estoy seguro de que lo creyera, sino que más bien lo argumentaba para retirarlas. Otra hipótesis: así como Trump pudo haber dicho que creía que el Estado Islámico estaba derrotado con la caída del califato para poder para poder justificar públicamente el retiro de tropas norteamericanas caras de conflictos ajenos, también es posible que Trump confiase en medidas inmigratorias y otras para frenar el terrorismo, que ahora tendrá, no solo el viento a favor de ser la única yihad viable, sino la ventaja del menor control de la inmigración del liberal Biden. En fin, lector, grandes asuntos de los que se debe saber más que de irrelevantes aunque fáciles y divertidos chusmeríos político electorales. Porque son mucho más importantes que eso.