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Columna destacada |

Hinchas de Gremio destrozan el VAR

Por Rafael Bayce.

Como celebración de la reapertura pospandemia de su estadio, los hinchas de Gremio, en Porto Alegre, invadieron la cancha, las tribunas y los garajes, destrozaron la cabina del VAR y su equipamiento técnico, le pegaron a periodistas y personal privado de seguridad, dañaron sus equipos, y se pelearon con hinchas de Palmeiras a través de las mamparas de separación de hinchadas. Lo responsabilizaron, como chivo expiatorio, de la anulación de un gol a instancias del VAR -bien anulado, aclaremos-; perdieron, además, por más de un gol ante Palmeiras (3-1). En 2004 ya habían protagonizado algo semejante. Los responsables irán siendo identificados por medio de las cámaras y sancionados penalmente; deportivamente, el estadio será suspendido de uno a diez partidos, y el club multado en 100.000 reales (unos 650.000 pesos uruguayos); civilmente, deberá responderse por diversos vandalismos con instalaciones y materiales. La hinchada está muy irritada porque Gremio, un grande del fútbol sudamericano, multi-campeón gaúcho, campeón brasileño, de la Libertadores y de la Intercontinental, está en grave peligro de descender a la segunda división brasileña -bajan cuatro y hoy están penúltimos-.

 

Responsabilidades penales, civiles y deportivas

Cuando suceden cosas como éstas, el panorama para su responsabilización es más complejo que el que correspondería en Uruguay, porque Brasil es un país político-administrativamente federal, de modo que la legislación que se refiere a esos hechos puede tener, además de penas nacionales -como acá- penas estaduales y hasta municipales para esos extremos. Además, y como siempre, existe la discusión respecto a la corrección de sancionar a los clubes por la conducta de hinchas que pueden no ser siquiera socios; existe la posibilidad, incluso, de que hinchas rivales, vestidos como hinchas locales, intenten perjudicar al club pasando por partidarios suyos. Por eso existen las penas de la justicia deportiva; porque los daños civiles de particulares no pueden ser atribuidos fácilmente al club; y mucho menos las responsabilidades penales, que no son siquiera de daños objetivos sino de responsabilización subjetiva. Entonces, se inventa una responsabilidad genérica como organizador del espectáculo, deportivamente, que puede alcanzar a los clubes con una responsabilidad que no sean las ortodoxamente civiles o penales.

 

La seguridad del VAR, además de los otros blancos habituales

Esto de las responsabilidades de los clubes como organizadores explica en parte la tardía y mala intervención policial pública, que actúa de modo supletivo en un espectáculo ‘privado’ pero que tiene un aspecto de orden público a considerar sin mayor empeño dado precisamente que la responsabilidad principal es privada; por eso el VAR estaba custodiado por personal de seguridad privada, pensando solo en pequeños hurtos allí, y que resultó esperablemente impotente frente a la multitudinaria asonada de la hinchada invasora.

La seguridad en los estadios está planificada para varias eventualidades, pero aún no se ha pensado en las personas y objetos del VAR como objetivos de ataque a personas y cosas por parte de particulares parciales en forma de turba en asonada. Aparentemente, los valores dentro de la cabina y el ataque a los funcionarios arbitrales que los manipulan eran lo único pensado como necesitado de custodia fuerte y capaz de soportar ataques como el ocurrido en Porto Alegre, en el campo de Gremio. Pero lo sucedido muestra que una hinchada frustrada puede ver al VAR como responsable de sugerirle a los árbitros de cancha un fallo adverso. Ya saben que los árbitros están bien custodiados, de modo que van por el chivo expiatorio del VAR, que no decide sino que solo muestra al árbitro que decide imágenes mejores que las pasibles de observación, a pedido del árbitro o como mera sugerencia colaborativa en incidencias de fina precisión de apreciación. Pero para una hinchada frustrada, irritada, de ‘grande’ en riesgo de descender, cualquier objeto o persona es apta como válvula de escape y como chivo expiatorio, aunque su responsabilidad en la producción de la decepción no sea central, sino indirecta, sustitutiva y hasta meramente incidental. Veamos.

Es claro que ni los jugadores, ni los cuerpos técnicos, ni los dirigentes ni los árbitros, estaban al alcance de la hinchada en asonada; ni siquiera los hinchas adversarios, separadas las tribunas y secuenciados los retiros de las hinchadas del estadio. Esos ‘blancos’ tradicionales están protegidos frente a estas invasiones, que demoran el tiempo suficiente como para que queden fuera de sus garras, eventos ya previstos por las organizaciones y la distribución de espacios en los estadios. Vimos directamente cómo hasta Raphael Veiga, autor de los dos goles de Palmeiras, de salida demorada porque estaba siendo entrevistado por la prensa, consiguió correr de la turba (y no le hubiera ido bien si lo agarraban sus goleados).

¿Qué les queda, entonces, a los hinchas sedientos de venganza como ‘sustitución de catexis’ (diría Parsons), para agredir objetos sustitutos a los que primeramente constituirían los objetivos de catarsis, fuera de su radio de acción en tiempo y espacio? El VAR y lo que encontrarán en su camino de ida o de regreso de la depredación.

Objetivo Uno. El árbitro que terminó anulando el gol; pero estaba fuera de alcance.

Objetivo Dos. El VAR, porque le sugirió al árbitro el fuera de juego del debutante que hacía el gol. Según lo mostrado, la posición fuera de juego era tan clara como mínima; pero la vista humana consigue ver lo que le interesa o conviene; un hincha alterado puede gritar que la pelota está adentro mientras se le muestra afuera; por lo tanto, odia a quien percibe otra cosa; peor si este tiene más poder para imponer su percepción enemiga (VAR y árbitros) que él. El VAR, nuevo en los escenarios deportivos, y que había comenzado a usarse en tiempos de pandemia sin público en los estadios, es, ahora, el nuevo objetivo para vándalos invasores; no hubo tiempo de que esto fuera reflexionado y seguido de medidas protectivas adecuadas: la reapertura de los estadios y la oportunidad de una invasión vandálica madrugó a la seguridad deportiva y pública en la prevención de la cabina del VAR como chivo sustituto. Ahora que ya se sabe y solo se sufrieron daños materiales, manos a la obra.

Objetivo Tres. Los periodistas que encontraran en el camino de ida y/o vuelta a las tribunas. ¿Por qué? En primer lugar, simplemente porque sí, por catarsis, como quien patea una lata o una botella plástica que cruzamos en momentos de ira. Pero, en segundo lugar, también porque no formaron opinión, con sus imágenes y sus palabras, en contra de los fallos que les anularon un gol y los sancionaron con un penal. Objetivamente bien anulado y cobrado; pero no para una hinchada de un grande que en casa aumenta su riesgo de descenso. La condición humana es así. Basura cósmica tóxica. Hay una fanática pretensión de que la prensa apoye, incondicional e independientemente de lo que realmente ocurrió, los intereses propios; si no lo hacen y contribuyen así a la legitimación de la derrota, merecerían un castigo ejemplar, si se nos cruzaran con sus ‘mentirosos’ y enemigos micrófonos y cámaras. Shake it and break it all.

El VAR es una gran mejoría para la justicia deportiva, para la precisión sensorial arbitral, y para una mejor garantía de la neutralidad, objetividad, ecuanimidad. Nunca perfecta, claro; y jamás tampoco satisfactoria para paladares fanáticos. Pero mejor que antes, con el fútbol siguiendo el camino satisfactoriamente recorrido desde hace ya muchos años por otros deportes como el atletismo, la natación, el tenis, la esgrima, todos deportes que son parte de los productos del progreso de la ciencia y tecnología humanas para la mejoría de las capacidades y habilidades de percepción, en lo macro, en lo micro, en la precisión y en la conservación y reiteración de las mensuras. Que esta asonada sirva para protegerlo mejor de la gente.

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