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Economía

A 80 años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial

La Alemania de Merkel enfrenta la recesión

Mientras la “guerra comercial” declarada a China por Donald Trump sube de volumen y amenaza precipitar una nueva gran recesión, el “austero” gobierno de Merkel asumió los estímulos keynesianos que negó a Portugal, Irlanda, Grecia y España, los “PIGS” en 2010, condenándolos al desempleo y al hambre al imponerles terribles ajustes fiscales. La verdad llega siempre, y en economía llega antes.

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A cien años del fin de la Primera Guerra Mundial, y de la publicación de Las consecuencias económicas de la paz (el libro en que John Maynard Keynes anticipó que las medidas predatorias de la Paz de Versalles impuestas a Alemania llevarían, por la vía de  la humillación y la miseria, a un nuevo conflicto), la canciller alemana Ángela Merkel, severa custodia del ajuste fiscal permanente que impuso en el resto de Europa (al que llama eufemísticamente “austeridad”), asume finalmente la necesidad de aplicar estímulos keynesianos explícitos para frenar una recesión en su propio país y en la Unión Europea.

No recurrió a ajustes fiscales en su propia nación, ni recortó sus inversiones ni su propio Estado de bienestar (eso, como el FMI, lo impone a los países subdesarrollados), sino que recurre a políticas monetarias y cambiarias expansivas, como las de Roosevelt-Keynes en la Gran Depresión de 1929; las de Reagan a partir de 1983 (en que reemplazó las Reaganomics oriundas de Chicago por un “keynesianismo militar” de múltiples consecuencias); las de Obama -Bernanke-Yellen en Estados Unidos, que vencieron la Gran Recesión 2007-2010; y las que viene aplicando Mario Draghi para conjurar la crisis europea acentuada por el ajuste fiscal permanente impuesto a los países periféricos por la “austeridad” de Ángela.

El infierno tan temido

Karl Marx y Friedrich Engels comienzan el Manifiesto Comunista, de 1848, con su ultrafamosa frase: “Un fantasma sobrevuela Europa: el fantasma del comunismo”. Hoy el fantasma que recorre Europa (y es inminente en los Estados Unidos, aunque acaso no llegue a tiempo para incidir en las cruciales elecciones de 2020) es la recesión, que fue advertida antes que nadie, nobleza obliga, por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en sus informes Perspectivas de la Economía Mundial (World Economic Outlook) del año 2018, siendo seguido por The New York Times (si no contamos a Paul Krugman, que la anunció desde que Trump realizó su megaajuste fiscal en beneficio del 0,01% de los estadounidenses más ricos), Eurostat, Bloomberg, el Financial Times, The Economist y The Wall Street Journal.

El hecho es que la debilidad de la economía global, que este año crecerá solamente 3,2% según el FMI, con tendencia decreciente (mientras que la OCDE anunció que las 36 economías más desarrolladas crecieron apenas 1,6% en el segundo trimestre, el porcentaje más bajo en tres años); el temor por la posible recesión en Estados Unidos (que completa 11 años de crecimiento ininterrumpido, el mayor período conocido, y no puede permitirse un “aterrizaje suave” por la codicia electoral de Trump), y la ralentización de China Popular (que crecerá “apenas” 6,2% de su PIB) hacen que Alemania, el Reino Unido de Gran Bretaña e Italia (tres de las cuatro economías más importantes de Europa) enfrenten el severo riesgo de caer técnicamente en recesión al acumular dos trimestres consecutivos de caída en su actividad económica.

El panorama europeo, con crisis en su periferia desde 2008, se agrava a pesar de la mejoría lograda por las medidas del Banco Central Europeo gracias a la gestión de Mario Draghi. La Unión Europea creció 1,3% interanual en el segundo trimestre, en tanto que la Eurozona apenas 1,1%.

En Alemania (la primera economía de Europa) el PIB cayó -0,1% en el segundo trimestre (+0,4% en el primero), y lo mismo ocurrió en el Reino Unido: -0,2% (+0,5% en el primero); y la tendencia es a la baja.

Italia, ahora sacudida por una severa crisis política, ha alternado trimestres de crecimiento y caída sin caer en recesión, pero es probable que ello ocurra ahora. Además de los factores antes enunciados, cabe destacar que se trata de tres economías con fuerte destino exportador y las ventas nacionales al resto del mundo cayeron -2,7% contra un -3,1% de las importaciones en el primer trimestre de 2019, según la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Todo esto sin contar las incertidumbres derivadas del brexit, sobre la cual esta columna no ha querido informar con detalle por considerar que es inexorable, ya que responde a la secular vocación aislacionista de los británicos (que tanto bien les ha hecho, dicho sea de paso), enunciada y reiterada por personalidades como Elizabeth I, Winston Churchill y Margaret Thatcher, y su más que comprensible animadversión por cualquier atisbo de dominación alemana, como la que domina la Unión Europea.

La casi segura recesión que aguarda a Alemania ha hecho que resplandezca la verdad: el epicentro promotor de la “austeridad” para la Unión Europea se apresta a aplicar un paquete de estímulos keynesianos por un monto inicial de US$ 50.000 millones.

 

Los grandes toman medidas

El fin de semana pasado, convocados por la Reserva Federal, se reunieron en la convocatoria anual de Jackson Hole (Wyoming, EEUU) los titulares de los Bancos Centrales de Estados Unidos, Jerome Powell, de la Unión Europea, Mario Draghi, de Alemania, Gran Bretaña, Francia y Japón, entre otros, y la crema y nata de los principales empresarios de lo que en tiempos de James Jimmy Carter se llamó Comisión Trilateral.

Powell, un abogado corporativo nombrado por Trump que ha asombrado al mundo con su moderación y sentido común, enumeró los candentes (sin alusión a la Amazonía) problemas globales y señaló que la situación mundial es “compleja y turbulenta”.

En realidad no hubo ninguna sorpresa, ya que se sabe que Powell bajará nuevamente los tipos de cambio (seguramente otros 25 puntos básicos) antes de fin de año, en tanto que Mario Draghi (quien lamentablemente será sustituido por Christine Lagarde en octubre) dejará listo el 12 de setiembre un paquete que incluirá baja de tasas, un nuevo QE (Quantitative Easing, compra masiva de bonos) y algún otro instrumento keynesiano salido de la usina inagotable del MIT, que está detrás de todos los movimientos “heterodoxos” aptos para conjurar las crisis recesivas.

 

Cayó Berlín

Pero la gran noticia (y al mismo tiempo la mayor señal de alarma, ya que confirma el peligro in extremis) fue el 19 de agosto cuando el presidente del Bundesbank, el ultraortodoxo Jens Weidmann (perteneciente a la CDU, el partido de Merkel), admitió a través del informe mensual de la institución que Alemania podría caer en recesión técnica en el tercer trimestre, por lo cual estaría todo preparado para inyectar estímulos por US$ 50.000 millones, en  principio, mientras se evalúan otros instrumentos, en acuerdo con el BCE.

Se trata de un gran acontecimiento, de enorme significación económica e histórica.

Viniendo de la “ortodoxia alemana”, es casi como si se repitiera la “Humillación de Canossa”, el célebre episodio histórico de enero de 1077 cuando Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, debió peregrinar descalzo y con poca ropa, en medio de un impiadoso invierno, desde Espira al castillo de Canossa para suplicar al papa Gregorio VII que lo liberara de la excomunión, y someterse además a otras penitencias.

La Alemania de Merkel, que hundió a los PIGS y los países europeos ajenos a la órbita germana en la recesión y la miseria (con casos lindantes con el genocidio, como Grecia), se está humillando ante John Maynard Keynes y la batería de instrumentos perfeccionada por el MIT y Harvard.

La asombrosa novedad (teniendo en cuenta el pasado radical de la conducción económica germana contra todo estímulo económico…en sus vecinos) fue confirmada el domingo por el ministro de Finanzas, Olaf Scholz, quien señaló que podría haber un paquete de instrumentos como los utilizados en 2008, clímax de la Gran Recesión, y recordó que Alemania tiene margen fiscal ya que su ratio deuda/PIB es 58%.

El 1º de setiembre próximo se cumplirá el 80 aniversario del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, cuando el mundo vio aterrorizado que se habían cumplido los anuncios de Charles de Gaulle y Winston Churchill y los tanques alemanes de Adolfo Hitler y sus nazis avanzaban sobre Polonia.

Era lo que había anunciado Keynes en 1919 en Las consecuencias económicas de la paz, el primero de sus grandes libros.

Dos años antes de la invasión alemana de 1939, el economista inglés había tenido que publicar su monumental Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero (que junto con La Riqueza de las Naciones, de Adam Smith y El Capital, de Karl Marx, son los libros más importantes de la Historia de la Economía) para convencer al presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt de adoptar políticas expansivas para vencer la Gran Depresión de 1929, que afectaba principalmente a Estados Unidos y la Europa no alemana.

Si Roosevelt no hubiera sido convencido y Estados Unidos se hubiera hundido en la Gran Depresión, no habría podido librar, junto a la URSS y los Aliados, la gran guerra contra la amenaza nazi.

Hay acontecimientos para conmemorar y, sobre todo, para recordar y aprender en estos tiempos de cólera cuando, como predijo Gramsci, han aflorado tantos monstruos en el mundo.

 

Los mensajes del “Azote de Dios”
El principal riesgo es la contracción de la principal economía del mundo (con fuerte influencia en el Nafta, en el resto del mundo occidental y en China), provocada por el ciclo y por el agujero fiscal creado por Donald Trump con su ajuste a favor de los megamillonarios. Consultado sobre este tema, y por supuesto sin considerar el sufrimiento de la gente, el presidente estadounidense declaró que: “Sea buena o mala, en el corto plazo no es esperable. Nosotros tenemos que resolver el problema con China, que todos los años se lleva US$ 500.000 millones”. El mensaje es claro: hasta las elecciones de 2020, él hará todo lo posible, medidas keynesianas incluidas, para evitar una recesión que lo haga perder, y el PIB de EEUU crecerá 2,5% en 2019. Agitar el fantasma de China, una realidad con la que debe convivir, aunque prefiera la Rusia de Vladimir Putin, no figura en sus planes.

 

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