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La barca Puig y el golpe militar

Por Leonardo Borges.

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El 15 de enero de 1875, a la una de la madrugada, los militares habían decidido tomar el poder; rápidamente movilizaron sus escuadrones, mostraron sus cartas. Tras la balacera acaecida el 10 de enero -entre candomberos y principistas-, que había sido sofocada por los militares liderados por el joven coronel Lorenzo Latorre, los militares iban por todo.

El fuerte, el Cabildo, la plaza Constitución y la mayoría de los edificios públicos habían sido ocupados por los militares. Los jefes estaban reunidos, los días de Ellauri estaban contados; o, mejor dicho, sus horas estaban contadas. Lorenzo Latorre, Casimiro García, Miguel Navajas, Ángel Casalla, Plácido Casariego y Zenón de Tezanos habían armado una cámara militar. Juntos declararon gobernador provisorio a Pedro Varela. Los militares estaban sublimando los intereses ganaderos que, expectantes, se mantenían en su sitio.

Finalmente, el presidente José Ellauri y Obes no soporta la situación, escapa por una azotea de su casa sita en la calle Misiones y se asila en una legación extranjera. Finalmente escapa en un barco brasileño y se asila definitivamente en Buenos Aires. Estando todavía a bordo del barco que lo llevaría a su destierro, Ellauri recibe a sus antiguos amigos principistas. Tal vez algunos de estos jóvenes habían tomado conciencia de lo que se había generado. Era un golpe de Estado. Ni blanco ni colorado, eran los militares quienes ahora mandaban. Pero ya era demasiado tarde. Quedó como un recuerdo melancólico, una esquela sin fecha ni data: “Los ciudadanos que suscribimos, saludamos al señor presidente, por intermedio de nuestro ciudadano el Dr. D. Julio Herrera y Obes. – José P. Ramírez, Alejandro Chucarro, C. Lerena, Héctor G. Wich, Antonio O. Villalba, G. Ramírez, Alf. De Herrera, Juan C. Blanco, Octavio Ramírez, C. Gurméndez, Manuel Robira”.

El 19 de enero, Timoteo Aparicio, todavía dubitativo, termina transando con los militares. Aceptó la nueva situación, dado que el nuevo régimen acató la paz de abril de 1872 y con ello se aseguró las cuatro jefaturas blancas. Dicho martes 19, se firmó el Pacto de la Florida. Los blancos acataban la dimisión de Ellauri y la asunción de Varela, en tanto se llamara a elecciones en tiempo y forma y principalmente en los departamentos de San José, Florida, Canelones y Cerro Largo, se eligieran jefes políticos blancos.

El 22 era elegido presidente Pedro Varela, con un Parlamento dócil a sus intereses, en el que los principales exponentes de la oposición, o sea los principistas, fueron desplazados por sus suplentes. El Parlamento entonces se convertía en un elemento adicto al nuevo presidente. Pero ¿el poder residía en el presidente? Varela era un candombero, pero nada tenía que ver en su ascenso su filiación, a pesar de que Isaac de Tezanos fue su ministro de Gobierno, o José C. Bustamente su ministro de Relaciones Exteriores y Hacienda; empero, el Coronel Lorenzo Latorre fue su ministro de Guerra y Marina. Dato no menor. ¿Era el presidente Varela un títere de un gobierno dictatorial, de corte militar, teñido de legalidad? ¿Los militares, unidos bajo la égida de Lorenzo Latorre, eran quienes les quitaban el poder a los “burgueses” para favorecer a esos mismos “burgueses”?

Lo cierto es que la cosa venía en serio. Inmediatamente colocado Varela en su puesto de poder, tomó una decisión impactante. Dictó una orden de arresto y destierro para los más destacados principistas. Se cuenta que Isaac de Tezanos, rencoroso con aquellos jóvenes, ahora con el poder ministerial, indujo a los gobernantes a la acción. A partir del 24 de febrero, la policía fue capturándolos uno por uno y colocándolos en la cárcel. Dice Telmo Manacorda al respecto: “Aquello era una romería, una acampada. Nadie sabe una palabra, pero todos adivinan. Cómo están juntos, parece que han trasladado el comité a la cárcel”.

Los colocaron en una barca -la barca Puig- y los exiliaron, los alejaron lo más posible del país. Julio Herrera y Obes, José Pedro Ramírez, Juan José de Herrera, Agustín de Vedia, Aureliano Rodríguez Larreta, Juan Ramón Gómez, Ricardo, Fortunato y Eduardo Flores (los hijos del extinto caudillo), Carlos Gurméndez, Octavio Ramírez, Osvaldo Rodríguez, Cándido Robido y Anselmo Dupont.

La barca debía dejar a los rehenes en Cuba. Eran verdaderos prisioneros, 25 soldados los vigilaban. Pero Cuba (todavía colonia española) no los dejó desembarcar y debieron seguir hacia Estados Unidos. Después de una furibunda tormenta, el 19 de junio de 1875, atracaron en el puerto de Charleston. Los prisioneros quedaron en libertad. Herrera y Obes encuentra, gran casualidad, al general Walthinton, colector de la Aduana, quien había conocido a su padre, Manuel Herrera y Obes. Todo se hizo un poco más fácil. Agustín de Vedia, Julio Herrera y José Pedro Ramírez, evoca Manacorda, se encontraban en la habitación 78 del Charleston Hotel.

En Estados Unidos, José Pedro Ramírez, a la sazón abogado del Banco Comercial, cobró un giro de 500 libras esterlinas. Terminó, naturalmente, proveyendo de pasajes a sus conciudadanos y amigos. Otro fue el destino de los 25 soldados, que quedaron librados a su suerte en Norteamérica, sin que nadie les echase una mano. Relata Agustín De Vedia sus avatares: “Los veinticinco soldados de la barca Puig, casi todos en trajes harapientos, diseminados en las calles de Charleston, no tardaron en ser causa de escándalo y en caer bajo la represión de la justicia”. ¿Qué habrá sido de estos 25 soldados orientales? Agustín de Vedia nos da la respuesta: “Algunos de estos desgraciados fueron condenados a trabajos públicos en una isla, distante algunas millas; otros andaban por las calles implorando la caridad pública”.

Vuelven los principistas en el barco Merrimark y en Río de Janeiro trasbordan al Cotopaxi. Intentan llegar a Montevideo; eso ya es imposible. Terminan en Buenos Aires, exiliados.

Quedó entonces establecido el gobierno de Varela, fuertemente sostenido, por ahora, por Latorre. Andrés Lamas, aquel de los tratados de 1851 y de la política de fusión, pasó a ser ministro de Hacienda. Aceptó desde Buenos Aires, donde se encontraba en relación con los opositores desterrados. La definición de “traidor” volverá a ir al lado de su nombre. Un nuevo movimiento en el gabinete colocó a Tristán Narvaja como ministro de Gobierno.

Por primera vez en la historia de Uruguay, los militares entraban de lleno en el terreno político defendiendo los intereses de la clase alta rural. La barca Puig representó entonces quitar del medio a aquellos jóvenes universitarios y superar al fin -o eso creerán- las contiendas partidarias. Y más allá quedaron olvidados los 25 soldados de la barca Puig, sin que a nadie le interesara su futuro.