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derecha | política | Lacalle Pou

Arenas movedizas

La falsa diversidad de una derecha travestida

Romina Celeste es victimaria y víctima de una derecha que pivotea entre la política y la antipolítica.

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Si una organización política defiende los intereses de la minoría que domina en la sociedad, está obligada a ocultar sus intenciones mediante un disfraz ideológico que permita capturar la adhesión de las clases y sectores subordinados. El travestismo político, más que una posible alteridad, será su identidad esencial.

Los partidos de la derecha uruguaya fueron exitosamente policlasistas, de acuerdo a los votantes que eran capaces de capturar, a la vez que mantenían un carácter de clase en el sentido de los intereses que representaban, más allá de la variada lucha política que los perneaba en relación a los cambios en el país, la región y el mundo a lo largo de su historia.

Hasta 1971, con el nacimiento del Frente Amplio, ese bipartidismo captaba casi el 90 % del electorado, cuya mayoría no pertenecía a la oligarquía trenzada en el poder, ni siquiera a los sectores de una endeble burguesía nacional.

Por el contrario, en esa enorme masa, incluso la mayoría de la clase obrera votaba por los partidos tradicionales. Sin embargo, los sectores mayoritarios del Partido Colorado y del Partido Nacional representaban a lo más conservador e incluso reaccionario de la sociedad uruguaya.

Hegemonía y cambio político

Si tomamos en cuenta la profunda y compleja noción de hegemonía que es transversal al pensamiento gramsciano, la clases dominantes imponen su dominación sobre las clases subalternas de diversas formas, ya que “la hegemonía se basa en el despliegue de dispositivos de integración ideológica”, ya sean más consensuales o a manera de coacción por la fuerza, según lo expone César Ruiz Sanjuán, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, en su artículo titulado “Estado, sociedad civil y hegemonía en el pensamiento político de Gramsci”.

Allí expone conceptos fundamentales en Gramsci, como son el de crisis orgánica del proyecto político y social de la burguesía como un “un tipo de crisis que va más allá de las crisis cíclicas de acumulación que se presentan periódicamente en el modo de producción capitalista y de las crisis coyunturales originadas por los conflictos entre clases sociales. Se trata de un tipo de crisis profunda y estructural que sacude los cimientos mismos de la hegemonía burguesa. Esto significa que la clase burguesa deja de presentarse como una fuerza social históricamente progresiva y su pretensión de hacer valer su proyecto social como universal se desploma, develándose ese proyecto como adscripto a los intereses de la burguesía por mantener su posición de dominio económico dentro del sistema capitalista”.

Claro que la izquierda también puede caer en el travestismo político, ya sea en su deseo de no espantar, en sus tránsitos electorales a la conquista del gobierno, como luego fruto de complejas praxis, incluso por parte de regímenes dirigidos por partidos revolucionarios ante intrincadas coyunturas históricas. A veces, invocando una supuesta fidelidad ideológica anclada en la pureza doctrinal emanada de textos cuasi sagrados, canonizados partidariamente como si se tratara, vaya paradoja, de una biblia a recitar, tan a contrapelo de aquella máxima de Lenin que alertaba de que “el marxismo no es un dogma sino una guía para la acción”.

El travestismo de Luis Lacalle Pou y la coalición multicolor

La actual coalición gobernante logró revertir el proceso de acumulación de la izquierda en 2019 mediante la unidad electoral. A contrapelo del FA, lo hizo mediante una escasa unidad de acción y, por ahora, sin unidad orgánica ni de principios. Ni siquiera han constituido un lema para acumular votos, sino que se amparan en las bondades de la regresiva reforma de 1996 que impuso la ley de hierro que exige más del 50 % de los votos en primera vuelta para no caer en el balotaje. La derecha coligada, más allá de su atomización, suma en la segunda vuelta sin programa común ni compromiso alguno, de ahí también su tendencia al travestismo incumpliendo inmediatamente hasta sus consignas y promesas de campaña.

En ese sentido, Luis Lacalle Pou pierde el pelo pero no las mañas de una coherencia pragmática de la derecha uruguaya. Por ejemplo, sus arengas en campaña sobre el no aumento de tarifas e impuestos lo expone como un travesti político que subvierte aquel axioma de Seregni para maquillarlo hasta el esperpento: pensar lo que no se dice, decir lo que no se piensa, hacer lo que no se dijo.

Romina Celeste y la antipolítica

Romina Celeste es victimaria y víctima de una derecha que pivotea entre la política y la antipolítica. Su lógica era simple: si Graciela Bianchi o Sebastián Da Silva ocupaban bancas en el Palacio Legislativo, ¿por qué no buscar protagonismo con el vale todo y el insulto a flor de piel?

El comienzo del fin de Romina Celeste ahora parece la crónica de una muerte anunciada, pero su impacto en la campaña electoral merece un análisis más profundo que el que la factoría de noticias de los grandes medios hegemónicos suelen instalar y remover a ritmo de vértigo.

Una de las vetas de la antipolítica se expresa en la conversión de las campañas electorales en mero show, ya sea con candidatos que bailan, besan y abrazan (algo transversal a todos los partidos) o mediante la copia de modelos faranduleros que viven del escándalo. No importa cuántos caigan del escenario. Parece una apuesta por el desprestigio de la política desde dentro para justificar su erosión constante y su posible cancelación, llegado el momento. Una suerte de travestismo, otro, de la estrategia de acumulación política funcional a la antipolítica, todo revestido incluso de rebeldía contracultural conservadora, como bien lo expone Pablo Stefanoni en su libro titulado “¿La rebeldía se volvió de derecha?”.

Romina Celeste es casi un arquetipo de la antipolítica, no porque no pudiera integrarse sino porque su estrategia, desde que apareció mediáticamente, fue apostar por la provocación constante mediante insultos que cancelaban la acción y el espacio de la política, aunque su deseo personal fuera ser investida por los rituales, símbolos y lugares que sus dirigentes partidarios ostentan. Admiraba lo que tenía cerca como aquel personaje del asesino serial de El silencio de los inocentes al que Hannibal Lecter define cuando orienta a la agente Clarice Starling: “¿Qué es lo que nos mueve? La codicia. ¿Qué es lo primero que codiciamos? Codiciamos lo que vemos”. Romina Celeste quería ser alguien más en ese espacio político de cualquier manera, porque es lo que percibía cerca en su escasa práctica partidaria.

Pero quedarse en los entretelones de esa ambición personal desbocada es perder de vista el sustrato político que le dio sentido y le permitió llegar hasta donde llegó. Ese sustrato no es otra cosa que una suerte de humus en el que hoy se nutre una derecha que necesita travestirse de un ropaje colorido y movimiento que le permitan abarcar símbolos y representaciones sociales y culturales que le son muy ajenas y a las que siempre marginó por ser esencialmente refractaria a ellas.

Si bien la esencia de la derecha consiste en representar una idea divorciada de sus prácticas, como sus intereses están desfasados de los de la mayoría de sus votantes, las formas en que esa disociación se ejerce están en función de su rol como clase dominante y su manejo de la coyuntura política en la que actúa.

En la actualidad uruguaya, la derecha comprendió que debía unirse electoralmente sin ningún principio rector más que retornar al gobierno, aunque la pérdida del mismo no amenazara mantener su poder. Porque lo que está en juego no es su dominación sino la entronización de una elite en el manejo del Estado, a la vez que ejecuta el retroceso conservador.

Y lo más novedoso en términos de travestismos políticos es que, al contrario de otrora, donde imperaba aquella derecha adusta, moralista, censora, que exudaba cultura conservadora por todos los poros, ahora apuesta a una diversidad que coseche votos mediante una amplia oferta de nichos en favor de una empatía con segmentos a los que se les dirige un representante mimético.

Romina Celeste era una suerte de versión esperpéntica, aunque no tan lejana de los insultos patoteros de Da Silva o los desvaríos de Bianchi, a los que se suma la irreverencia millonaria de Sartori, el mesianismo neopentecostal de Iafligliola y, en otro registro, el neofascismo de Manini.

Ante la extrema paridad electoral del bloque conservador y el bloque de los cambios, la acumulación electorera es clave para mantener el gobierno y toda la campaña termina aportando al fin primario y más importante: sumar todos los votos posibles a la vez que se intenta que el FA no lo haga. La diversidad en la derecha es una necesidad como pose, no como inclusión social y política de integración de lo distinto.

Romina arquetipo

Romina Celeste fue un arquetipo del personaje sin atributos políticos que es atravesado por los estigmas de su propio tiempo: vestirse de lo que no se es (más allá de su deseo o autopercepción respetable) para comportarse no como lo que se quiere ser, sino como lo que le exige en tanto figura marginal funcional al sistema partidario que integraba.

Porque si todo se diluye en el consumo mediático del personaje estrafalario y de los que deliberadamente juegan en un registro escandaloso, pasarán entonces más desapercibidos los que se siguen invistiendo y travistiendo de normalidad pero continúan tramando desde dentro.

Como bien lo explicó Umberto Eco en su texto sobre Cagliostro, titulado "Migraciones de Cagliostro", que integraba su ensayo Entre Mentira e ironía: "Si, acaso, el verdadero misterio no es Cagliostro, el verdadero misterio que no cesa de inquietarnos es el cardenal De Rohan. Que un aventurero o una aventurera urdan intrigas, a veces sean arrollados por las mismas, a veces obtengan beneficios, es normal. Pero que una persona presumiblemente de mediana inteligencia, con deberes políticos y religiosos, quede convencido por esas intrigas, fascinado, obnubilado, y consiga consagrarse en la historia como monumento de imbecilidad, esto no cesa de preocuparnos. Los Estados no caen cuando los Cagliostro traman desde fuera, sino cuando los De Rohan debilitan desde dentro la credibilidad de las clases dirigentes".

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