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La Revista | derecha | Víctor Hugo |

El desprecio hacia abajo es el triunfo de la derecha

Víctor Hugo Morales: "la derecha se siente impune"

El periodista sostiene que la derecha no tiene ningún problema en "mentir descaradamente" y que los medios que responden a esos intereses son "implacables"

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Víctor Hugo está convencido de que a partir de la "inclemencia mediática", esa derecha "arrasa con las neuronas de mucha gente", acusando a sus adversarios, difamándolos y considera que ese es "el inmenso triunfo cultural del capitalismo" y que los sindicatos "son la esperanza de que no nos disgreguen".

Víctor Hugo Morales es periodista, conductor, escritor y posiblemente uno de los más grandes relatores de todos los tiempos. Hombre de culto, capaz de recrear en el área penal, en pleno partido, una escena de Don Giovanni o invocar a dioses y demonios entre el barro con la épica de una tarde de lluvia y tormenta en la que la pasión lo invade todo. Observador feroz de la realidad, impiadoso francotirador que dispara desde un micrófono radial o a través de una cámara de TV contra los tecnócratas -tan pulcros, tan cínicos- que serena e impunemente justifican las inequidades cada día más obscenas del capitalismo. En los últimos años y entre tanto estiércol mediático, se ha consolidado como la voz de la esperanza de otro futuro posible para millones de latinoamericanos. Buenos Aires es su casa de adopción, tan culta, apasionada, borgiana, clasista y despiadada a la vez. Víctor Hugo es aire, primavera y otoño porteño; cuando él habla respira Piazzolla, late el Diego de la gente, vuela el barrilete cósmico de millones de niños y niñas de las villas donde se amontonan sueños imposibles y los goles se festejan de cara al sol. Víctor Hugo es suite de ideas y pasión. Es provocador, es pluma amorosa y terrible de un grito en el desierto y amores desenfrenados. Es la luna rodando por Callao y su voz es mito y leyenda en los cafés porteños, refugio de poetas que con biromes y servilletas van contando lo que ven y lo que no, lo fantasean. En tiempos complejos para las ideas y la reflexión, fuimos a buscarlo para hablar del poder, el lawfare, el blindaje mediático, el envalentonamiento de las derechas, el hambre, la utopía, Lula, Evo, Boric, Petro, Artigas y Pepe Mujica.

¿Cómo se explica que los fenómenos de la ultraderecha que unos años atrás parecían casos aislados terminaron ganando elecciones en algunos países y luego arrasando las agendas de derechos?

La historia del mundo es de derecha y las izquierdas vinieron a oponerse. La derecha es una creación natural del hombre. Su deseo de apoderarse de todo y la justificación de por qué debe ser así. Las izquierdas vinieron a refutar ese poder, pero el mundo está hecho a placer de las derechas. A veces pierden el poder político en las democracias, pero casi nunca logra romperse el mundo que han construido. Y cuando recuperan el poder político, este, al sumarse al poder de hecho que tienen sobre nuestras vidas, les permite afianzarse, en lo económico, en la justicia. En Argentina, ganó la izquierda en 2019. No ha podido cambiar nada del desastre moral, ético, jurídico que causa el antecedente del macrismo. La derecha vive cosechando adeptos cuando la gente salta hacia la clase media. Tiene los propios y con su inclemencia mediática arrasa con las neuronas de mucha gente estigmatizando con populismo, libertad, derechos, orden y corrupción de los adversarios. Es el inmenso triunfo cultural del capitalismo. Y me parece importante remarcarlo, cuando las derechas no son gobierno, mantienen el poder real.

¿Por qué crees que algunos referentes ultraderechistas y fascistas ahora llenan universidades y convocan multitudes?

La fuente de ese ascenso novedoso es la misma. Se dan excesos como en otras épocas. Pero no quisiera participar en el error de acompañar la idea de que son casos raros. Toda la derecha es igual, solo es un poco más conservadora en el decir. Pero de los candidatos convencionales al extremo, la distancia solo es retórica. Y, además, el éxito de los exacerbados, los tironea hacia el extremo.

¿La izquierda no supo ver la magnitud y la ferocidad de algunas expresiones que estaban en cierta medida agazapadas mientras gobernaban Lula, Evo, Chávez, Néstor, Pepe Mujica, Tabaré, entre otros? ¿Pecó de ingenuidad? ¿Faltó visión estratégica?

No fueron izquierdas iguales, sino parecidas. Alimentadas, eso sí, por los mismos sueños. Algunos fueron condescendientes con las reglas de juego, que son de la derecha. Los que más se animaron fueron perseguidos impiadosamente cada día de sus vidas. Cuando los gobiernos mejoran la vida de la gente, lo humano aumenta sus exigencias y terminan traicionándose, acicateados por la propaganda mediática, y esa es una arrolladora victoria neoliberal.

¿Por qué decidiste que tenías que dar la batalla cultural en un ecosistema mediático corporativo como el argentino, que es despiadado, feroz y profundamente clasista?

No sucede que ves el panorama y decís «les voy a dar pelea». Ocurre poco a poco, es un proceso que se va profundizando, hasta que llegás a una batalla campal con la derrota asegurada y conformándote solo con la dignidad que tiene esa elección.

A las pocas semanas que asumió el gobierno de Luis Lacalle Pou, el escritor y poeta Mauricio Rosencof nos dijo que Uruguay estaba siendo gobernado por una agencia de publicidad. Y el paso del tiempo, con las declaraciones de los ministros, jerarcas, los titulares de prensa, y la forma en la que se anuncian algunas medidas de gobierno a través de determinados medios, parece haberle dado la razón. ¿La izquierda y los progresismos se distanciaron de sus bases sociales y, además, no supieron comunicar? ¿O el poder mediático pudo más?

La pregunta trae en su vientre la respuesta. El poder mediático puede más y es la base de ese marketing aborrecible pero eficaz. No hay errores de la izquierda salvo sus peleas intestinas. Si yo peleo con Tyson, el problema no es que no tire el jab como debía, ni mi forma de moverme por el ring. En el ejercicio del poder, como está sucediendo ahora en Argentina, escasea la decisión revolucionaria de las estatizaciones, de la Ley de Medios, de terminar con las AFJP, como ocurrió hasta 2015.Pero uno no puede dejar de preguntarse cuáles serían las consecuencias de un avance frontal para anular una Corte Suprema corrupta de base, porque pertenece al poder real, pero que tiene todos los códigos en la mano, la policía, el ejército y los formadores de opinión de su lado. Y la primera batalla es la de adecentar una justicia de oprobio.

¿Es posible gobernar e impulsar una agenda progresista de derechos con los medios masivos en manos de la derecha y la ultraderecha? Te lo pregunto concretamente porque, por ejemplo, en Uruguay ha quedado probado que en campaña electoral se le cobra más caro el segundo a la izquierda que a los partidos tradicionales. O, por ejemplo, en el reciente referéndum sobre 135 artículos de la LUC, también quedó probado que el espacio de aire para los portavoces del No fue el doble -datos oficiales- que para quienes impulsaban el Sí. Y eso no provoca ningún escándalo. Parece hasta normal. ¿Hay que resignarse a eso?

La herramienta de la denuncia siempre es aliviadora. Saber por qué nos pasan por arriba. Esa lucidez ayuda para no caernos en la lucha. Imagino lo de Uruguay. Y conozco lo de Argentina. La diferencia de la discusión -y no exagero- es 95 a cinco. La relación de fuerzas es atrozmente despareja. Y los políticos en el fondo suelen temerles a esos medios. Muy pocos los nombran y algunos solo se quejan cuando los atacan personalmente con alguna mentira. Tendrían que gritarlo en cada entrevista, en cada discurso, ser corajudos y confrontativos, persistentes, inclaudicables. Por acá hay solo una persona -con sus seguidores más leales- capaz de dar esa pelea.

¿Pensás que es necesario disputar la hegemonía mediática comprando medios, expropiándolos o que el Estado, cuando es gobernado por la izquierda, financie abiertamente los medios de izquierda, exactamente como lo hace la derecha?

Las pautas deben manejarse de otra forma. Un poco de eso hay hasta en EEUU y también en Europa. Igual el sistema toma sus recaudos. En América Latina eso no existe. Hay indecisión, miedo de que se torna cobardía. Como un conejo iluminado por los faros en la ruta, se quedan perplejos, pasmados. Sí, hay que darle más al más débil. De lo contrario, los poderosos, la derecha, tienen la publicidad privada y la estatal. Te arrastran como se lleva una bolsa de zapallos a través del surco. Ahora bien, para eso tenés que legislar -desde ya que los votos no alcanzan- o decretarlo, te cueste lo que sea. Comprar medios no sirve, pero además los buenos no te los venden. Sería como venderle armas al país con el que estás en guerra. Hay que gritar en el parlamento y en las entrevistas hasta meter tus palabras en los medios de ellos. Cada vez que algún representante de la izquierda va a los canales mafiosos de Argentina y tiene coraje, les da una paliza. Pero los que van, en general, son buenos ciudadanos, gente que se esfuerza en no desagradarles. Les hacen el juego. Si confrontaran, los voceros de los patrones de los medios no tendrían cómo vencer en una verdadera discusión.

El modus operandi para impulsar el lawfare parece grotesco, pero, sin embargo, en muchas oportunidades, logra sus objetivos. Por mencionar casos, en Brasil, Argentina o Uruguay, entre otros. ¿Cuáles son los caminos posibles para contrarrestar las operaciones mediático judiciales?

El lawfare es la victoria de la derecha. No tienen ningún conflicto con la mentira, como no lo tienen con la muerte de los que no están de acuerdo. Son implacables, feroces. La denuncia es nuestra única herramienta. El único daño que se le hace a la derecha lo proveen ellos mismos. La derecha es el mejor enemigo por ahora. Se sienten impunes, hay mucho dinero en juego. Entonces se revuelcan en el barro de la mendacidad. Y muchos terminan entendiéndolo. Pero después viene lo humano. Para un seguidor de la derecha, la mentira si está de acuerdo con lo que piensa, le sirve. Hasta lo goza. Mentime que me gusta es el título de uno de mis libros. Al necio puedes ponerle sobre la mesa todas las evidencias, pero se mantendrá incólumemente imbécil.

En Uruguay llevamos dos años de ataques feroces contra los sindicatos, con particular saña en la persecución hacia los docentes y funcionarios de la educación. Algo que fue recientemente denunciado por la Internacional de la Educación y el PIT-CNT ante la OIT. ¿Por qué los sectores más reaccionarios históricamente se han ensañado con la educación y la cultura?

Si solo estudian y se preparan para las más altas funciones, los hijos de la elite, mantienen el privilegio. Los colados son indeseables. El pueblo es carpintería, plomería, albañilería. A los sindicatos los atacan porque son la única forma de defendernos. Lo colectivo siempre será nuestra salvación, entendiendo por esto, poder mantenernos dando pelea. El desesperado trabajador de EEUU -Amazon, Apple- empezó a sindicalizarse. Hasta [Joe] Biden los alentó. Los sindicatos son la esperanza de que no nos disgreguen. Sindicato, espacio público, líderes con coraje, no pueden faltar.

Durante la pandemia, se acentuó de manera notoria la brecha entre ricos y pobres en casi todo el mundo. En Uruguay, el gobierno celebró públicamente haber ahorrado US$ 600.000.000 por medidas fiscales. Al mismo tiempo, ahora tenemos más de 60.000 nuevos pobres y se calcula que unas 100.000 personas se alimentan en ollas populares porque no pueden disponer de un plato de comida. Sin embargo, el presidente goza de una estupenda imagen en los medios y en las encuestas. Incluso, algunas voces oficialistas han llegado a sostener que en las ollas populares hay gente que "come mucho" (sic) o que "repite su porción". ¿Cómo se explican estas lógicas de desprecio a los pobres y 'descarte' de los sectores en situación de mayor vulnerabilidad para privilegiar otros intereses? ¿Es la peor cara del capitalismo?

El medio pelo es traidor por naturaleza. El pobre mira novelas de los ricos. Tiene algo aspiracional, tiene admiración por el patrón. Y necesita el "abajo" para sentir que es alguien. Por eso el rico desprecia al de clase media, el medio pelo al pobre, el pobre al indigente. Por eso un vecino se conmueve por el autito que compró el que vive enfrente y lo envidia. El poderoso le queda demasiado lejos, ni piensa en él. Un hombre no formado políticamente o, al menos, no interesado en la política es el peor ciudadano. El desprecio hacia abajo es el triunfo de la derecha.

¿Qué lectura haces sobre el hecho de que el general Manini Ríos -y una expresión política explícitamente cercana a los criminales de lesa humanidad como Cabildo Abierto- tengan el respaldo de una porción muy considerable de la ciudadanía en Uruguay?

Porcentaje natural de cómo está conformada la sociedad. Cincuenta por ciento para cada lado. Y en cada lado caben los extremos.

Ya comenzó el tiempo de Boric, acaba de triunfar Petro. ¿Qué imaginas que sucederá en Brasil con Lula, en Uruguay, en la tan compleja realidad argentina? ¿Cómo crees que serán los próximos tiempos para América Latina?

El referéndum dejó una buena noticia en Uruguay. Hay que trabajar sobre eso. En Brasil Lula vuelve, pero habrá que ver qué porción de poder tendrá. Dilma [Rousseff] es izquierda, pero había flaqueado, por más que la queramos. La izquierda chilena siempre es una promesa y luego una decepción. Esperemos por Boric, pero algunas manifestaciones me preocupan. Sería formidable que responda a las ideas que lo llevaron al poder político, pero luego hay que ver cómo lucen en la confrontación con el poder real, con las leyes históricamente conservadoras, con la urgencia de repartir la renta menos injustamente en el país más desigual de nuestra región.

¿Cuál es la dimensión política de José Mujica en este contexto del que hemos hablado?

Artigas, Obdulio y el Pepe [risas].

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