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coronavirus | pandemia |

Cordial, llano y afable, el presidente Lacalle Pou festejó el retorno a clase de niños, docentes y auxiliares en las escuelas rurales; pero dónde él vio desbordes de felicidad, las imágenes televisivas nos mostraron miedo y subordinación a la autoridad.

Lacalle en su versión del doctor Jekyll

La alocución presidencial en la que el presidente exaltó el retorno a clases en los medios rurales, fue desmentida no sólo por los datos que sólo se registró un 32% de concurrencia, sino que ese retorno estuvo marcado por la desconfianza, el miedo y la subordinación a la autoridad,

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Comenzó expresando que quería «conversar» con los presentes, en un día «particularmente importante y desafiante». El hecho que no dijera que daría un informe sino que conversaría, habla de su estilo persuasivo, coloquial, casi intimista, al menos en lo que se refiere a las conferencias de prensa.

Comenzó hablando de la «realidad del país, esa que a menudo no se tiene en cuenta». Es decir, se refería al Interior profundo, como tema e implícitamente como bandera.

Hablaba de las escuelas rurales con ternura: «una realidad muy linda, dónde uno individualiza al niño, a la niña, a los docentes, a los alumnos, a los auxiliares». Ese interior profundo que en las palabras del presidente estaba cargado de emoción, pero que no ha sido vaciado por otra cosa que por el latifundio, al menos desde otra óptica.

Luego se refirió a la teoría de las perillas, expresando que «hoy movimos una, particularmente importante y sensible».

Inmediatamente se sinceró de modo conmovedor: «Cuando un gobernante toma este tipo de decisiones con respecto a los niños, a sus docentes, es una decisión de mucha responsabilidad». Pero esa responsabilidad se vuelve menos pesada «con el orgullo que nos hicieron sentir los protagonistas, los docentes, los chiquilines deseosos de volver a clase…» Hay que recordar que el 32% de comparecencia no refleja demasiado ese estado de júbilo colectivo.

Pero fiel a su estilo, el presidente quiso ponerse «en los zapatos de los padres». A la decisión de quiénes decidieron que sus hijos fueran a clase y a los que no. Otro punto a favor del presidente: el respeto a la capacidad de elección, por lo que remarcó: «comprendemos y entendemos los dos sentimientos y las dos decisiones. Por eso el gobierno habló de una vuelta voluntaria».

Siguiendo en esa tonalidad, se sacó los zapatos y se puso las «túnicas de los docentes»: «Era un desafío por la epidemia de coronavirus y también porque volvían a ver a sus niños». Otra vez ese melifluo contrapunto entre el miedo y los afectos que -no se puede negar- tiene llegada.

Luego de activar la «perilla», el presidente recurrió al otro concepto básico de su discurso: «tenemos que ir en busca de la nueva normalidad». Añadió que esa «nueva normalidad, personificada en los docentes, en los niños, en sus padres, hoy generó una luz de esperanza».

Llegados a este punto es preciso consignar dos precisiones. En medio de ese elogio a la «nueva normalidad» emergente, el presidente dijo al pasar que había escuchado las palabras del científico Rafael Radi refiriéndose al tema. Quiénes hayan escuchado las palabras de Radi recordarán que no habló de «nueva normalidad» sino de «nueva realidad», diferencia que no es menor, en tanto pueden contrabandearse como cosas «normales», otras que sean «reales» pero no «normales». Luego, la mención de la «luz de esperanza» que líricamente glosó el presidente, no se condice con las imágenes televisivas que relevaron el regreso a clases en las escuelas rurales, no sólo por la cuantificación de la concurrencia, sino por las imágenes in situ a las que accedimos, en las que era perceptible el miedo y la subordinación a la autoridad.

Luego se refirió al tercer concepto de reciente acuñación, el de la «libertad responsable». Súbitamente desapareció de la escena el slogan de «Quédate en casa», para hablar de «libertad responsable», concepto que irrumpió repentinamente en las marquesinas. Alabó a «la mayoría de los uruguayos que han entendido el mensaje», pero se refirió también a algunos «que no lo han entendido».

Acto seguido, definió al irresponsable, como aquél que actúa fuera de los «parámetros y los protocolos y que puede tirar por la borda todo lo que la sociedad está haciendo de forma responsable y solidaria», con lo que llamó «al buen uso de la libertad».

Posteriormente se refirió al tercer núcleo (recientemente incorporado) de su política epidemiológica, a saber, la ciencia y su equipo de asesores de alto nivel, encabezado por Isaac»Lito» Alfie: «Lo empírico nacional y lo empírico internacional van a tener soporte científico»

Inobjetable por cierto, pero también deja un margen de incertidumbre. En primer lugar porque ejércitos de científicos en todo el planeta, están empeñados en predecir y combatir el curso de la pandemia. Y no lo han logrado. Tal vez infundiendo la sospecha de que el Covid-19 va por delante de la ciencia o que cómo han dicho algunos filósofos contemporáneos, la ciencia no prueba nada, solamente demuestra, o quizás porque la ciencia no es tan neutral como nos indujeron a creer.

Para ejemplificar las dificultades con que se enfrenta al gobierno narró que pocos días antes se habilitó una línea para que fuera usada por personas «con problemas de stress, de angustia y de encierro» y en una semana «llegaron casi dos mil llamados de distintas personas a las que les ha afectado su vida, su salud mental ese encierro» Inobjetable también, pero excelente argumento para trocar el «Quedate en casa» por la «libertad responsable».

Tras esas palabras, Lacalle se transformó en el compasivo defensor de la gente, alegando «que pueda tener una salida, un contacto, algún tipo de socialización. Es parte de la libertad responsable de cada uno».

Luego reiteró una idea que manejó desde el 1º de marzo: «El responsable último de las medidas es quién habla. Y si hay algún inconveniente, no les quepa duda que yo me voy a hacer responsable». Otra vez inobjetable. Así habla un presidente.

Con eso terminó la alocución dejando paso a las preguntas de los periodistas, algunas verdaderamente sustanciosas.

El resumen podría ser este: el presidente alabó emotivamente el comienzo de clases, utilizando una miscelánea de blanco y azul, de moñas y delantales, de párvulos felices y de padres responsables. Difícil no emocionarse ante la imagen, pero no deja ser parte de la activación de la «perilla», que en este caso, sospechablemente, transforma a la escuela en guardería para liberar a sus padres, empeñados en la zafra de la soja y del arroz. No se percibió la «luz de esperanza», sino el miedo y la subordinación al poder.

Luego, la teoría de las «dos perillas» (que ha tenido resultados nefastos en otros países) es blindada por la pátina de la ciencia y del equipo de científicos encabezados por  Alfie que prestan servicios a Presidencia.

Después, la mágica sustitución del «Quedate en casa» por la «libertad responsable» habla a las claras de otros propósitos y otra estrategia enunciada de manera poco clara.

Por último la confusión -que no es simplemente semántica- del concepto de «nueva normalidad» con el de «nueva realidad», que agrega otro elemento de ambigüedad en el discurso presidencial.

Y en definitiva algo no menor: el desdoblamiento del presidente. Es un hombre afable, emotivo, casi sentimental cuando habla del regreso a clases, de ese «Campo» con resonancias de Fabini, de la infalibilidad de la ciencia, de la «nueva normalidad» que nos espera.

Y luego está el otro Lacalle, el adusto, el contundente, el imperativo, el inflexible, el que no admite réplica cuando habla de la Ley de Urgente Consideración (LUC), que daría formato a esa «nueva normalidad» preconizada.

Algo así como la disociación de la personalidad que Stevenson imprimió al binomio Dr. Jekyll-Mr. Hyde. Salvo que el presidente no padece de ningún trastorno disociativo. Su bipolaridad es meramente instrumental, funcional a sus intereses y a los de su clase, aunque ni él ni nadie sabe como va a proseguir esta película

 

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