El contexto económico y social de la época ayuda a explicar esa diferencia.
En numerosos hogares, especialmente en zonas rurales, los niños comenzaban a colaborar desde edades tempranas en el campo, la ganadería o los negocios familiares. Estudiar durante muchos años podía resultar difícil cuando los ingresos de cada integrante eran necesarios para sostener la casa.
La posibilidad de elegir tampoco estaba distribuida de la misma manera. El sexo, la posición económica, el lugar de residencia y las necesidades familiares podían determinar qué opciones profesionales estaban disponibles.
Para muchas mujeres, además, las expectativas sociales estaban vinculadas al matrimonio, la maternidad y las tareas domésticas. El acceso a determinadas profesiones y al empleo remunerado estaba condicionado por una estructura social muy diferente de la actual.
Primero ganarse la vida, después pensar en la vocación
En ese contexto, la pregunta principal no siempre era "¿qué me gusta?", sino "¿de qué puedo trabajar?"
La estabilidad económica podía pesar más que los intereses personales. Un oficio aprendido dentro de la familia, un puesto conseguido a través de conocidos o una actividad que permitiera comenzar a generar ingresos rápidamente podían convertirse en el camino profesional.
Eso no significa que estas personas trabajaran sin ilusión.
Muchos desarrollaron orgullo por su oficio, construyeron vínculos con sus compañeros y encontraron satisfacción en lo que hacían. La diferencia estaba en las condiciones desde las que comenzaban a trabajar, para muchos, elegir era un lujo que llegaba después de resolver las necesidades básicas.
Una infancia con menos adultos alrededor
Hay otra característica que distingue a buena parte de aquella generación, una infancia con mayor autonomía cotidiana.
Era habitual que los niños pasaran más tiempo jugando fuera de casa, se desplazaran solos por el barrio, resolvieran conflictos entre compañeros sin la intervención inmediata de un adulto y tuvieran períodos prolongados sin actividades organizadas.
La psicología ha estudiado qué efectos puede tener este tipo de experiencias.
Una investigación publicada en The Journal of Pediatrics por Peter Gray, David Lancy y David Bjorklund revisó evidencias sobre la disminución de las actividades independientes durante la infancia y su posible relación con el bienestar psicológico.
Los autores plantean que contar con oportunidades para jugar libremente, explorar y tomar decisiones sin supervisión permanente puede favorecer el desarrollo de autonomía, sensación de competencia y capacidad para afrontar problemas.
Pero existe una diferencia importante, esto no significa que una infancia con menos supervisión fuera necesariamente mejor.
La ausencia de adultos podía generar autonomía, pero también exponía a los niños a riesgos, desigualdades y situaciones que hoy se considerarían inaceptables. Por eso, no es posible concluir que quienes nacieron entre 1950 y 1970 sean, por definición, más fuertes psicológicamente.
Lo que sí cambió fue el tipo de experiencias que tuvieron que afrontar desde pequeños.
Una generación que aprendió a adaptarse
Resolver problemas sin recurrir inmediatamente a un adulto, asumir responsabilidades familiares o comenzar a trabajar temprano podía generar una sensación de autosuficiencia.
En algunos casos, esas experiencias continuaban durante la vida adulta, había que adaptarse al empleo disponible, aceptar cambios económicos y priorizar la estabilidad familiar.
El trabajo podía ser menos una cuestión de identidad personal y más una responsabilidad.
No se trataba necesariamente de encontrar el trabajo soñado, sino de conseguir un trabajo que permitiera seguir adelante.
La idea contemporánea de que una persona debe encontrar una profesión que combine pasión, talento, propósito y bienestar es relativamente reciente y, además, no está al alcance de todos.
Para quienes crecieron en las décadas de 1950 y 1960, el concepto de vocación podía quedar relegado frente a cuestiones mucho más concretas, tener un sueldo, ayudar a los padres, formar una familia, comprar una vivienda o garantizar que los hijos tuvieran oportunidades que ellos no habían tenido.
La gran diferencia está en el punto de partida
Con el paso de las décadas, el concepto de trabajo fue cambiando. La formación profesional se amplió, aumentaron las posibilidades educativas y comenzaron a adquirir mayor importancia cuestiones como la realización personal, la conciliación y el interés por la actividad desempeñada.
Pero comparar ambas generaciones únicamente desde el presente puede llevar a una conclusión equivocada.
No es que los adultos nacidos entre 1950 y 1970 no tuvieran sueños profesionales. Es que muchas veces tuvieron menos margen para convertirlos en una elección.
Para algunos, la vocación apareció después de comenzar a trabajar. Para otros, nunca fue necesaria para sentirse satisfechos con su vida laboral.
Y quizá ahí está la verdadera diferencia generacional, no necesariamente en cuánto disfrutaban de su trabajo, sino en cuánto podían permitirse elegirlo.