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Los tigres sueltos y el país de nunca más

Por Marcia Collazo.

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Caras y Caretas Diario

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Conferencia de Zoom. Doy inicio y aparecen. Vienen de a uno, salidos de un rectángulo negro que después se ilumina, aunque nunca del todo. Primero están mis hijos de niños. Después vienen los muertos. Mi madre, mi padre, mi abuela, los amigos queridos, que son un racimo diminuto.

En la conferencia hablamos de cosas intrascendentes, pero todos saben. Todos sabemos lo que los otros piensan. La mayor parte de los días de nuestra vida las cosas transcurren como si la existencia fuera un arroyito manso. Va corriendo entre piedras. Se celebran rituales, cómo no (esta o aquella reunión familiar, las compras para la semana, las idas y venidas del trabajo, las broncas, las amarguras, las alegrías fugaces). Pero el arroyito va corriendo. Hay otros días, en cambio, tan contundentes e imparables como un tsunami que hubiera entrado por la ventana del comedor, arrasándolo todo a su paso. Entonces, en ese día terrible, uno se da cuenta de que está envejeciendo, de que han pasado 20 años como un soplo y de que los dramas cotidianos siguen ahí, a pesar de que el arroyito corra entre sus piedras lustrosas.

Conferencia de Zoom. Ojalá fuera tan fácil regresar en el tiempo, ver de nuevo los siete años de un hijo, los doce de una hija, reparar (quién te dice) este o aquel error de crianza que cometimos de puro humanos, nomás… ojalá fuera tan fácil conversar con los muertos queridos, y de paso pedirles perdón, en una sociedad en la que el perdón se ha tergiversado, manipulado y prostituido hasta lo indecible.

Conferencia de Zoom. Imagino ahora otro escenario. En la pantalla estoy yo misma, a mis diferentes edades. La de 35 años, llena de vida, de proyectos, de energía cuya sola contemplación causa agotamiento, no puede creer en lo que se ha (en lo que me he) convertido. Le digo que no sea atrevida, que no es para tanto. Que ya quisieran muchos. Es verdad. Pero también es auténtica la sorpresa de esa otra que fui a los 35.

Soy una mujer instalada en el Uruguay del 2020, con la totalidad de lo que eso supone, y ayer en el supermercado escuché hablar a una filósofa del pueblo. La filósofa en cuestión era alta, recia, flaca. Manos grandes y curtidas. Acostumbrada a las durezas de la vida. Calzas negras, remera azul estampada con unas tachas brillantes. Pelo negro recogido en una cola de caballo, así nomás. Actitud resuelta. Le estaba diciendo a otra que la cura para todos los males era el laburo. Así de expeditiva. “Si estás triste, si andás depre, trabajá y se te pasa. Y si seguís mal, trabajá dos horas más y vas a ver cómo se te pasa”. Yo paré la oreja. Me llamó la atención ese discurso salvífico centrado en el trabajo, que es en el fondo más viejo que el mundo, y que ya se advierte en obras griegas como Los trabajos y los días, de Hesíodo.

El laburo salvará al mundo, pero cuidado que el mensaje tiene más de dos caras. Es verdadero (si me pongo a carpir tierra seguramente me olvidaré, por un rato, o me dolerán menos ideas fantasiosas como la conferencia de Zoom con el país de nunca más). Pero también es falso, entre otros motivos porque una cosa es la actividad física per se y otra muy diferente es la venta de nuestra mano de obra o de nuestra energía física e intelectual a cambio de dinero, salario, o cualquier cosa con valor de cambio.

Yo estaba en la cola del supermercado mientras la filósofa popular se explayaba. Debo reconocer que dejó a todo el mundo enmudecido durante un instante. Pero si vuelvo a la realidad -es una opción-, constato que la mala suerte y la maldad han aumentado y están corriendo una carrera, para ver quién es más rápida. El virus o la teoría de la conspiración, o lo que sea, ha pretendido doblegar al mundo, parar el curso de la vida (recuerde el arroyito), detener la economía.

En el mundo son miles de millones los desocupados. En Europa muchos de ellos, no todos, están en seguro de paro, pero ¿hasta cuándo? La aeronáutica se ha desplomado, pero ¿hasta cuándo? ¿Puede perdurar una economía sin trabajadores, un mundo sin aviones? Un vuelo de Europa hacia Uruguay, que duró 12 horas, mantuvo en ayunas a todo el pasaje. La empresa no servía comidas y el agua la cobraba. Sí, en pleno vuelo transatlántico, el agua era cobrada, a razón de cinco euros la botella pequeña.

En Uruguay florecen también la desocupación, el seguro de paro (que es momentáneo y provisorio), la depresión, el aislamiento relativo o no tan relativo, la apatía, la desesperanza. El horizonte es negro. A esto debe agregarse un verdadero espíritu de odio, de absoluta falta de empatía, de cero solidaridad, que se ha instalado no solamente en la sociedad toda, sino muy especialmente en las instituciones de gobierno. Parece que los jinetes del apocalipsis hubieran encarnado en ciertos personajes, grotescos y patéticos hasta no poder más, que todas las noches se acuestan con una idea y todas las mañanas se levantan con ella: ver cómo le pueden joder la vida al prójimo hasta el tuétano.

Virus de enfermedad física, virus de mezquindad, virus de pobreza acelerada, virus de angustia existencial ante la falta de trabajo, de dinero, de oportunidades, de cumplimiento de sueños y proyectos; virus de franca maldad, abusiva, cobarde, impune y más brutal que un tigre cebado que anduviera suelto por las calles; una maldad sin disimulos ni medias tintas, que se mueve en alardes de ilegalidad y de manoseo de la Constitución, no solamente en más de un ministerio, sino en el propio recinto parlamentario, que no solamente debería ser respetable, sino además parecerlo (como la mujer del César).