Después de varios años de relativa estabilidad en la producción agrícola mundial, 2026 comienza a mostrar señales de alerta. Aunque las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) indican que la oferta global de cereales seguirá siendo elevada, la combinación de riesgos climáticos, geopolíticos y comerciales está generando una creciente preocupación sobre la evolución de los precios de los alimentos durante los próximos meses. (FAOHome)
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La diferencia con otras crisis es que hoy no existe un único factor desencadenante. Lo que preocupa a los analistas es la convergencia de múltiples amenazas que, actuando simultáneamente, podrían generar un impacto mucho mayor que la suma de cada una por separado.
El Niño vuelve al centro de la escena
El principal riesgo proviene del clima. La alta probabilidad de un nuevo episodio de El Niño, que podría extenderse hasta 2027, amenaza la producción agrícola en distintas regiones del mundo.
Este fenómeno suele provocar sequías severas en algunos países y lluvias extremas en otros, afectando especialmente cultivos sensibles como arroz, maíz, trigo, café, cacao y azúcar. El Banco Mundial advierte que algunas regiones de Asia podrían registrar caídas significativas en la producción de arroz si el fenómeno alcanza la intensidad prevista. (Banco Mundial)
Ya comienzan a observarse impactos en distintos mercados. El calentamiento del Pacífico ha reducido las capturas de anchoveta en Perú y presiona al alza productos como cacao, arroz, azúcar y café, mientras algunos países empiezan a restringir exportaciones para proteger su abastecimiento interno. (Cinco Días)
Fertilizantes más caros, alimentos más caros
El segundo factor de preocupación es el aumento del costo de los fertilizantes.
Las tensiones geopolíticas y las dificultades logísticas en rutas estratégicas para el comercio internacional han reducido la disponibilidad de estos insumos, elevando considerablemente sus precios.
Según el Banco Mundial, los fertilizantes podrían aumentar en promedio un 31 % durante 2026, alcanzando sus niveles de menor asequibilidad desde 2022. El incremento encarece los costos de producción agrícola y termina trasladándose, tarde o temprano, al precio de los alimentos. (Banco Mundial)
La competencia entre alimentos y energía
A este escenario se suma una tendencia que vuelve a cobrar fuerza cuando aumenta el precio del petróleo: la mayor utilización de cultivos agrícolas para producir biocombustibles.
Cuando maíz, caña de azúcar, aceites vegetales u otras materias primas se destinan a la producción de energía, disminuye la oferta disponible para alimentación, presionando sobre los precios internacionales.
La propia FAO destaca que la evolución de los mercados energéticos y las políticas vinculadas a combustibles renovables se han convertido en un elemento central para comprender la dinámica futura de los mercados agroalimentarios. (FAOHome)
El riesgo del proteccionismo
Otro elemento que podría amplificar la volatilidad es la adopción de restricciones comerciales.
Históricamente, cuando los países perciben riesgos para su abastecimiento interno, algunos gobiernos limitan o suspenden exportaciones de productos básicos.
Aunque estas medidas buscan proteger el mercado doméstico, su efecto agregado suele ser el contrario: reducen la oferta internacional y aceleran el aumento de precios para todos los importadores.
El reciente endurecimiento de restricciones a la exportación de algunos alimentos estratégicos ya genera preocupación entre los organismos internacionales. (Cinco Días)
La mayor amenaza: los países más vulnerables
El impacto de un aumento de precios no se distribuye de forma uniforme.
Las economías de menores ingresos destinan una proporción mucho mayor de sus recursos a la alimentación, por lo que cualquier incremento en los precios internacionales deteriora rápidamente las condiciones de vida de millones de personas.
El Programa Mundial de Alimentos estima que 266 millones de personas ya enfrentan niveles elevados de inseguridad alimentaria aguda y advierte que nuevos conflictos o perturbaciones en los mercados podrían agravar significativamente esa situación. (Programa Mundial de Alimentos)
En varias regiones del mundo, especialmente en África y Medio Oriente, la combinación de conflictos armados, fenómenos climáticos extremos y menor financiamiento internacional está reduciendo la capacidad de respuesta humanitaria. (Banco Mundial)
¿Qué puede ocurrir con los precios?
Por ahora no existe un escenario de escasez global de alimentos.
La producción mundial continúa siendo relativamente elevada y los inventarios permiten absorber parte de los shocks. Sin embargo, los especialistas advierten que la estabilidad depende de que no coincidan simultáneamente eventos climáticos extremos, restricciones comerciales y nuevas interrupciones en el suministro de fertilizantes y energía. (FAOHome)
Si esos factores convergen, el mercado podría experimentar una nueva etapa de fuerte volatilidad, con aumentos de precios similares a los observados durante otras crisis alimentarias internacionales.
Un desafío para gobiernos y empresas
La situación plantea importantes desafíos para las políticas públicas y para el sector privado.
Los organismos internacionales recomiendan evitar respuestas proteccionistas, mantener abiertas las cadenas de suministro, fortalecer los sistemas de alerta temprana y apoyar especialmente a los pequeños productores mediante acceso a financiamiento, tecnología y fertilizantes.
Para las empresas agroalimentarias, la prioridad será gestionar un contexto de mayor incertidumbre en los costos de producción, transporte e insumos.
La seguridad alimentaria entra nuevamente en la agenda
Durante varios años el debate global se concentró en la inflación, la energía y las cadenas logísticas. En 2026, la seguridad alimentaria vuelve a ocupar un lugar central.
No porque falten alimentos en el mundo, sino porque la acumulación de riesgos climáticos, geopolíticos y comerciales puede alterar rápidamente el delicado equilibrio entre oferta y demanda.
La experiencia reciente demuestra que, cuando los mercados agrícolas se tensionan, las consecuencias trascienden el sector agropecuario: afectan la inflación, el crecimiento económico, la estabilidad política y, sobre todo, la vida cotidiana de millones de personas que destinan gran parte de sus ingresos a algo tan básico como alimentarse.