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Mundo Luis Inácio Lula Da Silva |

tras el balotaje

Lula, el obrero metalúrgico que ganó cuatro elecciones y transformó Brasil

Lula, de 80 años, derrotó el domingo al ultraderechista Flávio Bolsonaro con 51,79% de los sufragios frente a 48,24%

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Luiz Inácio Lula da Silva, nacido en la pobreza del nordeste de Brasil, exobrero metalúrgico y líder sindical, se consolidó como la figura política contemporánea más influyente de este país y se convirtió en el único brasileño elegido cuatro veces presidente de la República mediante el voto popular: 2002, 2006, 2022 y 2026.

Lula, de 80 años, derrotó el domingo al ultraderechista Flávio Bolsonaro con 51,79% de los sufragios frente a 48,24%

En la primera vuelta, Lula se había visto superado por Bolsonaro (47% frente al 45,1). Tras el impacto inicial, su equipo dio un golpe de timón a la campaña: se organizaron actos masivos en las calles y se revitalizó la presencia en redes sociales, terreno normalmente dominado por la derecha.

Lula acompañó esos movimientos de varias medidas para remontar su popularidad: el más importante, la reducción de la jornada laboral con garantía de dos días de descanso a la semana, un hito histórico para la clase trabajadora finalmente aprobado en el Senado. También impulsó el perdón de las deudas de los pequeños emprendedores y prometió transporte público gratuito los fines de semana, entre otras medidas.

Cuarto mandato

Al lograr su cuarto mandato, Lula volverá a ser el protagonista de un desenlace improbable, uno de esos giros de guión que para nada extraños en su biografía, la de un niño pobre que salió del Brasil profundo para convertirse en metalúrgico y en presidente de Brasil sin diploma universitario.

Su última resurrección política se produjo hace cuatro años, cuando después de su paso por la cárcel reapareció en escena para apartar del poder a Bolsonaro padre.

En este Brasil polarizado al extremo, Lula ha dado señales de frustración con sus bajos niveles de popularidad y considera que no se corresponden con el trabajo de su Gobierno en esta legislatura. Lejos queda el Lula de 2011, que dejó el poder después de ocho años encumbrado, con una popularidad superior al 80%.

Entonces, sacó a millones de brasileños de la miseria, erradicó el hambre, la clase media vio mejorar su poder adquisitivo, y los históricamente excluidos estuvieron en el centro de las políticas públicas. Por primera vez, el hijo de la empleada doméstica podía estudiar en la universidad y convertirse en doctor.

Poco queda de aquel Brasil pujante y optimista. Tras los convulsos años del "impeachment" de la expresidenta Dilma Rousseff (2011-2016), su sucesora, y el ascenso de la extrema derecha con Bolsonaro padre, Lula regresó al poder en 2023 con un lema: "Unión y reconstrucción".

Reconstruir el país

Buena parte de la legislatura la dedicó a reconstruir los programas sociales y las políticas públicas devastadas durante los cuatro años de Bolsonaro. Pero repetir la fórmula no bastó. Aquellas políticas sociales han dado signos de agotamiento y la "unión" del lema, en cambio, quedó como la gran asignatura pendiente. Brasil sigue partido en dos.

En estos cuatro años, Lula, más aislado y con menos paciencia que en sus anteriores gobiernos, ha tenido menos capacidad de diálogo con el Congreso Nacional (el más conservador de la historia). Empezó su Gobierno haciendo frente a un intento de golpe de Estado, el 8 de enero de 2023, en Brasilia, apenas una semana después de tomar posesión.

Lula recondujo rápidamente la situación y se puso al frente de la defensa de las instituciones, pero la sombra del golpismo de la extrema derecha ha estado presente todo el tiempo. De espíritu conciliador, pactista y de labia seductora, Lula se quedó anclado en los modales de los caballeros de la vieja política. Admite que el ruido de la nueva derecha, de algoritmos, contenidos virales y redes sociales, le queda grande. Ni siquiera tiene celular: se comunica a través de asistentes.

En estos cuatro años Lula ha aprobado la exención del impuesto sobre la renta para los más pobres, ha puesto en marcha programas para los millones de brasileños endeudados, ha logrado controlar la inflación y el desempleo está en mínimos históricos (5,3%). Sin embargo, para el 42% de los brasileños su gestión ha sido "mala o pésima", y para el 23%, regular, según un sondeo reciente de Datafolha.

Parte de los pobres que ascendieron en su primer mandato le han dado la espalda. La violencia y la expansión del crimen organizado, un tema que Lula, y la izquierda en general, siempre han tenido dificultades para abordar (y que es el favorito del bolsonarismo) está entre las causas principales. El "antipetismo" grabado a fuego en parte de la sociedad, el resentimiento de la clase media hacia los pobres que prosperaron y el cansancio hacia la clase política también forman parte del cóctel de desafíos.

En los primeros años de este mandato la agenda internacional fue intensa. El objetivo primordial era volver a colocar a Brasil en el mapa, después de que Bolsonaro convirtiera el país en un paria. Lula se paseó con soltura por los salones de las cumbres internacionales: "Brasil ha vuelto", proclamaba sonriente. Era un giro de guión espectacular para alguien que poco tiempo atrás estaba dado por acabado, preso en una comisaría de Curitiba.

Lula fue condenado por corrupción en 2017, en pleno auge de la Operación Lava Jato, y pasó 580 días entre rejas, hasta que la condena fue anulada. Volvió por todo lo alto, pero la corrupción, que aquellos años de la Lava Jato casi redujo al PT a cenizas, siempre ha sido un talón de Aquiles en la imagen del partido y en la del propio Lula, a pesar de que su rival, Flávio Bolsonaro sea investigado por el Tribunal Supremo por corrupción, lavado de dinero y otros delitos.

En los últimos meses el presidente brasileño ha tenido que lidiar con supuestas irregularidades de su hijo (Fabio Luís Lula da Silva, "Lulinha", en el punto de mira por posible tráfico de influencias) y con las ramificaciones del escándalo del Banco Master. No hay ninguna prueba contra Lula, pero sí contra aliados de peso (como el senador Jaques Wagner) y contra el juez del Supremo Alexandre de Moraes, que muchos brasileños asocian a Lula porque es el magistrado que llevó a Bolsonaro a la cárcel.

De las fábricas al Planalto

Forjado en la lucha sindical de las fábricas de la periferia de São Paulo, la historia de Lula camina en paralelo a la de la redemocratización brasileña, un rostro presente en las elecciones brasileñas desde 1989, su primer intento de llegar a la presidencia. El metalúrgico sin diploma universitario lo logró a la cuarta, en 2002. Lula siempre ha hecho gala de origen obrero, y siempre que puede recuerda la saga de su madre y sus hermanos, una familia pobre que dejó su estado de Pernambuco natal en busca de oportunidades en la ciudad más rica del país.

De momento, hace gala de un buen estado de salud. Hace pocos meses se trató un cáncer de piel en el cuero cabelludo que, más allá de una pequeña cicatriz, no generó más complicaciones. Fue entonces cuando empezó a usar el clásico sombrero Panamá, cada vez más habitual en sus apariciones públicas. Suele alardear de buena forma física, y divulga en redes sociales videos caminando al aire libre o levantando pesas en el gimnasio.

Sus aliados respiran aliviados con su salud de hierro a pesar de la edad, pero en privado lamentan que no haya preparado a un sucesor. Es el gran dilema de la izquierda brasileña: Lula como el árbol venerable cuya sombra no deja que nada crezca a su alrededor. Si finalmente pierde, nada apunta a un retiro tranquilo cuidando de un jardín. Mientras siga vivo, Lula seguirá opinando y dictando los rumbos de la izquierda del gigante latinoamericano.

Este domingo Brasil celebró sus elecciones más importantes desde la vuelta de la democracia en 1985, en las que 158 millones de personas estaban habilitadas para votar. El gigante sudamericano optó por la continuidad de la izquierda.

El nuevo Gobierno asumirá la presidencia el 5 de enero.

(Sputnik)