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Paraguay antes de la guerra de los tres

Por Leonardo Borges.

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La historia de Paraguay antes de 1870 ha sido objeto de todo tipo de especulaciones a nivel popular. Hay algunas “verdades” que se mantienen en el imaginario popular, hagan lo que hagan los nuevos historiadores y sus nuevas perspectivas y descubrimientos por cambiarlas. Son como clichés históricos que se repiten desde hace muchos años, colocando a Paraguay en un lugar semimesiánico. Es la historia teñida por las coyunturas políticas.

Pero lo cierto es que Paraguay era una alternativa innegable al desarrollo seguido por otras naciones. O sea, muchos de los clichés son altamente amables, con algunos aspectos desmedidamente positivos. Es claro que políticamente estaba por debajo (tomando como referencia las libertades individuales) de muchas naciones y su desarrollo tiene directa relación con su aislamiento y su rico pasado indígena.

Ni “paraguayfilia” ni “paraguayfobia”: esa debe ser la consigna y más que nada no justificar un ataque previsto secretamente a un tercero hasta que sucumba.

Paraguay era, antes de 1870, una república diferente, con características propias que la hacían lograr hitos, tales como el ferrocarril propio, sea cual sea el tamaño de las vías que construyó.

Para José Pedro Barrán, ese Paraguay se puede definir por cuatro características: el aislamiento político, la nivelación social, cierto grado de desarrollo económico y los gobiernos fuertes. Este último punto es el más claro. Tras el desorden poscolonial, tomó el poder Gaspar Rodríguez de Francia, el Supremo, en 1814, quien gobernó hasta 1840. Tras la muerte de Francia, en setiembre de 1840, se da un efímero interinato de Patiño y un corto gobierno común de López y Alonzo. Finalmente, en 1844, toma todo el poder Carlos Antonio López, quien gobierna hasta 1862; hereda su hijo, Francisco Solano López, el Mariscal, hasta su muerte en 1870, en medio de la guerra.

Durante estos tres gobiernos, podemos reseñar algunos de las diferencias notorias con los demás países de aquella Latinoamérica, que hicieron de aquel Paraguay una alternativa. “La China americana”, la denominó el diplomático Meillefer.

Paraguay se independizó prontamente y se mantuvo aislado del resto de la América del Sur. Ese aislamiento forjó sus diferencias.

Carlos Machado reseña de manera magistral -y por cierto con intención- los logros paraguayos. La propiedad rural, según este autor, se nacionalizó, formándose las denominadas “estancias de la patria”, una especie de explotación colectiva de la tierra. En este sentido, las confiscaciones de tierras fueron vitales para que estas le pertenecieran al Estado. Señala, empero, Barrán la existencia de una categoría social desgraciada, llamada “esclavos del Estado”, que trabajaban en las minas y las obras públicas.

Durante estas presidencias también creció la riqueza pecuniaria y los cultivos, que a su vez se diversificaron. No sólo yerba mate era la producción, sino que también legumbres, tabaco y arroz, entre muchas otras, escapando en ese sentido al monocultivo, tan de moda en los países suramericanos.

Por otra parte -y en medio de las confiscaciones estatales- también se monopolizó la producción forestal. En el mismo camino se nacionalizó la producción fabril. Paraguay vivió un enorme desarrollo industrial y metalúrgico en estos años sin ayuda del extranjero; ergo, sin dependencia. En esta última se destacan los talleres de armas y nada menos que altos hornos de fundición, exclusivamente guaraníes. Entre las industrias, sobresalían las del papel, la loza y sobre todo textiles, base de la revolución industrial inglesa, desarrollada 100 años antes. En 1856 se construyó el ferrocarril, el primero en la Cuenca del Plata y exclusivamente paraguayo. La crítica persistente a este desarrollo es el tamaño de las vías, que los críticos -imbuidos también ellos por temas políticos coyunturales- denuncian como escasas.

El comercio también se nacionalizó. Se intentó generar una marina mercante estatal que controlara el comercio fluvial. En época de los López se organizó una, de 11 buques a vapor y 50 veleros.

Se ha marcado también el desarrollo de la enseñanza. Marca Machado, en tiempos de Carlos Antonio López, 400 escuelas y 35.000 alumnos. Señala Carlos Pereyra: “[…] costea el Estado dándoles casa, mantenimiento y vestuarios; esos jóvenes se ocupan, fuera de las horas de estudiar, en los oficios de sastrería, zapatería, tejeduría y lienzos y fabricación de sombreros”.

La enseñanza era técnicamente gratuita desde 1857. Además, llegaban expertos extranjeros a enseñar a Paraguay traídos por el Estado; un tal Paddison construyó 70 kilómetros de tramo ferroviario. Paraguay enviaba estudiantes a Europa a formarse, para luego volver, en general, en la parte técnica y no tanto humanista.

Por otra parte, el país no poseía deuda externa, dado que no había pedido empréstitos al extranjero. Raro pensarlo desde Uruguay, tan acostumbrado históricamente a la ayuda extranjera.

En definitiva, Paraguay no era una potencia y quizás nunca lo fuera, pero lo cierto es que aquel se autoabastecía. Su economía de tipo autárquica, su proteccionismo y aislacionismo, sólo abierto un poco por los López, lo hacían diferente.

Algunos autores, relacionan esto con su pasado, y en eso sí que se parece a China; y el análisis es más profundo que el mote de Meillefer, “la China americana”. El gigante asiático, y hablo desde el hoy, tiene una relación directa en sus formas políticas y su tradición milenaria. Más allá de esto, algunas de las tradiciones del pueblo de origen en territorio paraguayo, el guaraní, desarrollaba ciertas prácticas que marcaron un jalón en su historia. Las misiones jesuíticas, que tan bastardeadas han sido por algunos historiadores, son en muchos casos un prodigio. Enumera Machado 150.000 indios en 30 pueblos, que se remontan a 1610, y que siete de ellos se encontraban en territorios de la Banda Oriental. Lejos de los cambios en la vieja Europa, desarrollaron una inmensidad de sincretismos y una forma comunal de uso de la tierra, seguida por los jesuitas. Por otro lado, realizaban trabajo artesanal semiindustrial en talleres.

Este combo se perfecciona con gobiernos personalistas fuertes, que pueden hacer y deshacer a su antojo. Pero en este punto suelen hacerle pagar los historiadores a Paraguay por su limitada, diríase nula, defensa de las libertades individuales. Algunos escritores lo acercan a una especie de totalitarismo. Se plantea -y con certeza- que las libertades individuales no eran acatadas, que el silencio envolvía la política; no se podía estar en contra de los poderosos gobernantes. Y se llega a contar la prohibición de libros y bibliotecas y hasta la imposibilidad de la entrada de extranjeros. Pero también es claro que no podemos ser anacrónicos y comprender aquella sensibilidad, no muy diferente a la de los vecinos. Pensemos que las críticas provienen de una monarquía como la brasileña y de dos países tan inestables como Uruguay y Argentina, verdaderos monumentos a la violencia. Si bien Paraguay era gobernado de forma personalista y autoritaria, también es cierto que los vecinos no pueden sacarse chapa de democracias ni mucho menos de países pacíficos desde el punto de vista político.

No es del todo legal acusar a estos personajes, ni colocarles adjetivos que el siglo XX ha gastado.

Por último, cabe destacar que Paraguay siguió un camino muy parecido al de EEUU. Después de un crecimiento hacia adentro, siguió un intento de crecimiento hacia afuera. La salida al mar era un problema latente de este país. Los López fueron quienes, tras el aislamiento a ultranza de Francia, comenzaron a salir. Los intentos de Francisco Solano López de salir de ese aislamiento fue quizás lo que selló su suerte. Ese fue uno de los problemas mayores.

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