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Política Cincuenta años | Argentina | golpe de Estado

golpe de Estado en Argentina

Cincuenta años, y todavía ahora

Este 24 de marzo, la Argentina no solo recuerda: vuelve a discutir qué hacer con esa herida. Cómo nombrarla, quién la cuenta, qué lugar ocupa en un contexto donde desde el Estado se niega.

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Este 24 de marzo, la Argentina no solo recuerda: vuelve a discutir qué hacer con esa herida. Cómo nombrarla, quién la cuenta, qué lugar ocupa en un contexto donde desde el Estado se relativiza, se niega, se intenta correr el límite de lo decible y lo tolerable. En ese escenario, las historias que componen esta nota no funcionan como un recuerdo sino como una interpelación. Hablar desde lugares distintos pero con una misma urgencia: sostener lo que otros intentan borrar.

“La memoria guardará lo que valga la pena. La memoria sabe de mí más que yo; y ella no pierde lo que merece ser salvado”.

(Eduardo Galeano).

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María del Carmen Luppo —Mary— habla y el tiempo se desordena. No hay línea recta en su relato. Hay, sobre todo, una forma de decir que no dramatiza, que no subraya, que no pide nada. Y sin embargo, en esa calma, todo pesa más.

La tarde del 16 de diciembre de 1976 salió con su hija Mariana, de once meses. No sabía que estaba embarazada de su segundo hijo, Rodolfo. Tampoco sabía que, mientras hacía trámites, un grupo de tareas entraba a su casa de Villa León, en Ituzaingó, y se llevaba a su marido, Urbano López Fernández, quien sería fusilado el 31 de diciembre de ese mismo año en La Tablada.

A las cinco de la tarde, cuando volvió, los vecinos la frenaron en la calle. Le dijeron que la Policía había entrado. Ella pensó que él se había ido, que todavía podía avisarle. Fue a buscarlo. No lo encontró. Empezó el calvario.

Esa noche no durmió en su casa. No volvería nunca.

Antes, mucho antes de esa escena, hubo otra vida. Una vida de barrio, de militancia, de aprendizaje colectivo. Mary, que siempre buscó una vida en grupo, la reconstruye con precisión metódica. “No teníamos diferencias sociales ni culturales”, dice. Arquitectos, carpinteros, estudiantes, trabajadores: todos en el mismo plano, aprendiendo unos de otros, organizando al barrio, abriendo calles, recuperando una plaza que estaba cercada, armando puentes improvisados con tanques para cruzar un zanjón, ayudando a un vecino a armar un techo. Una de las experiencias barriales la recuerda así: “Fuimos, viste, a la municipalidad, pedimos los planos y nos dimos cuenta de que las calles estaban ocupadas por el colegio Pío XII. Y, bueno, una de las tareas fue organizar al barrio y vinimos acá a armarle despelote al cura, diciéndole que la plaza era la plaza, no era de ellos; y las calles eran las calles, o sea que había que abrirlas”.

Con la apertura democrática, en 1973, alquilan un local y crean la Unidad Básica John William Cooke, donde se daban “grandes charlas” de formación política. “Teníamos gente, como tu abuelo —me dice—, que era ideológicamente muy clara. Los demás éramos un poco más de base, no teníamos experiencia política de ningún tipo, y estar ahí era como empezar a aprender, era el ABC”. “Éramos militantes de base, éramos de barrio; pertenecíamos a la Juventud Peronista y trabajábamos en Manzanares. Nosotros pensábamos que podíamos hacer la revolución en función de lo que veíamos o de la experiencia cubana, todo eso fue como alimentando a toda una generación que pensó que era posible un mundo mejor, un mundo distinto, un mundo más justo”, afirma.

Esa idea no se interrumpe en 1976. Se vuelve peligrosa antes. Mary lo dice con énfasis: “El 75 fue de terror”. La Triple A, los ametrallamientos, las persecuciones. El golpe no inaugura la violencia: la sistematiza. La vuelve política de Estado.

Después del secuestro de Urbano, la vida de Mary se convierte en una deriva. Casas prestadas, mudanzas constantes, miedo que no se va. “Éramos Mariana y yo, más un bolso con las cosas mínimas”, dice. Una noche en Martín Coronado, una semana en Ciudad Jardín, sobre la calle Wernicke. Un mes en Bella Vista. “Un año en Ciudad Jardín sobre la calle Muslera, la casa de tu abuelo”, añade. Seis meses en Podestá. Otros seis en Maschwitz. Dos años en Ramos Mejía. Habitaciones ajenas, puertas que se abren y se cierran.

“Yo sentí siempre que me había salvado porque tenía que cumplir una misión: que mis hijos vivieran. La única forma de que Rodolfo naciera era que yo estuviera viva, y obviamente mi misión era cuidarlos, criarlos lo mejor que pudiera”, explica. “Era ir a los tumbos, pero siempre se me abrían puertas. Siempre estuve con la soga al cuello, pero a último momento aparecía algo que me salvaba. Había como una fuerza desde afuera que me empujaba y me decía que ellos crecieran y que fueran buenas personas”.

“Cuando vi su dentadura, eran los mismos dientes que los de mi hija”, pensó Mary cuando se acercó a ver el cuerpo de Urbano, cuyos restos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en junio de 2011, enterrados como NN en el Cementerio Gral. Villegas en Isidro Casanova. “Fue como un bálsamo”, sostiene. “Recuperar los restos te permite hacer el duelo, te permite decir ‘esto es él’”.

Cinco décadas después de la desaparición de Urbano, Mary no se retiró de la historia. Tiene 78 años y una agenda que obliga a negociar horarios para la entrevista. Forma parte de la Comisión de Familiares y Compañerxs de Detenidxs-Desaparecidxs de Tres de Febrero, trabaja en un jardín de infantes y sostiene la Casa de la Memoria —y Biblioteca Urbano López—, un espacio donde la memoria no se archiva: circula. Ahí entran chicos. Escuchan. Preguntan.

“Hay un muy buen trabajo con las escuelas —dice—. Organizamos actividades en las que los chicos se entusiasman haciendo. La idea es que entiendan que eran seres humanos comunes, como ellos: que estudiaban, que iban a la escuela, que jugaban a la pelota… y que un día se los llevaron”.

Pero el presente se filtra como herida. Mary habla del odio como algo que reconoce, que no es nuevo. Por primera vez en la conversación, la voz se le quiebra cuando nombra a Mingo, un compañero de militancia que no logró procesar el presente: “No podía creer haberse pasado toda la vida peleando, ‘¿para qué?’”. La pregunta queda flotando. No es retórica. “Te preguntás en qué nos equivocamos —dice Mary—. Sentís que no sirvió para nada”.

Y sin embargo, no hay repliegue ni renuncia. Después de todo, del secuestro, de la clandestinidad, de la soledad, de la búsqueda, Mary sostiene la misma utopía que condujo su militancia y que compartía con Urbano, no como consigna sino como forma de vida: “Nadie puede ser feliz cuando tenés al lado a alguien que no lo es”. Una idea que ha logrado sobrevivir a todo lo que intentó destruirla. Una mujer que, incluso ahora, invita a los jóvenes a buscar lo que los haga felices, “siempre buscando una felicidad compartida”.

María del Carmen Luppo

Guillermo Amarilla Molfino, nieto restituido en 2009 y miembro de la Comisión Directiva de Abuelas de Plaza de Mayo, habla desde el lugar de quien fue, él mismo, parte del plan sistemático. No como ejecutor, sino como resultado.

Hijo de Marcela Esther Molfino y Guillermo Amarilla, ambos aún desaparecidos, su historia empieza con una duda persistente. Una incomodidad que no termina de tomar forma hasta que, en 2007, ve un capítulo de “Televisión por la Identidad” sobre un caso de apropiación que lo interpela y decide acercarse a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI).

Lleva su partida de nacimiento. “La mirás y parece un documento más —dice—. Pero después empezás a ver cosas. Quién firma, dónde, en qué contexto”. No es cualquier partida, está firmada por un médico de Campo de Mayo.

A partir de ahí, su historia cambia de sentido. Su apropiador fue integrante del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército, mismo batallón que se ocupó del secuestro de su abuela, seguido de su asesinato; la desaparición forzada de su madre, padre y tío paterno; y, seguido a eso, su apropiación. Así narra su historia: “A mis viejos —Guillermo Amarilla y Marcela Esther Molfino— los secuestran el 17 de octubre de 1979 en el partido de Merlo, igual que a mi tío y a mis tres hermanos. También estaba mi primo. Todos chiquitos, de 5 años de edad a 10 meses. A mi papá lo secuestran en la calle; en la misma fecha, pero en otro lugar. Los llevan a Campo de Mayo. A mis hermanos no sabemos dónde los tuvieron; suponemos que los llevaron a una comisaría femenina de San Martín, donde los mantuvieron 15 días secuestrados. El 2 de noviembre los devuelven a la casa de un familiar paterno y los cría nuestra abuela paterna. Mi mamá, mi papá y mi tío permanecen desaparecidos”.

Al momento de su secuestro, Marcela Esther Molfino llevaba un embarazo muy reciente, del que ni siquiera ella sabía. “Por eso mi familia no me estaba buscando”, explica Guillermo. Así, cuando se acerca, en el año 2007, a hacerse una extracción de sangre, el cotejo de ADN da negativo, ya que no había familiares aportando muestras de sangre en el Banco Nacional de Datos Genéticos.

La verdad tarda dos años más en aparecer y llega por un testimonio, en una de las causas de Campo de Mayo, de una sobreviviente que declara que había escuchado que Marcela Molfino estaba embarazada. Esa información llega a Abuelas de Plaza de Mayo y a CONADI, y es puesta en relación a la denuncia de aquel joven que se había acercado en 2007 con dudas sobre su identidad. A partir de ahí, las familias Amarilla y Molfino, de Chaco, aportan muestras de sangre. 15 días después, el 2 de noviembre de 2009, exactamente 30 años después de que sus hermanos fueran liberados tras su secuestro, Guillermo se encuentra con su familia biológica.

El tiempo, a veces, se pliega sobre sí mismo. A 50 años del golpe, no habla de memoria como consigna sino como práctica. “Seguir buscando nietos y nietas apropiadas es una necesidad y una obligación democrática”, dice. Quedan más de 300 casos de apropiación por resolver. Un número que no es estadística sino deuda. “Cada uno de esos casos es una persona que todavía no sabe quién es”.

El tiempo, insiste, es urgente. Y en ese punto aparece el presente como tensión. Un presente en el que —según describe— “hay vientos en contra. Discursos que niegan, que relativizan. Eso no es nuevo en la historia argentina, pero preocupa”, aunque destaca también una sociedad que sigue acompañando, que sigue saliendo a la calle, que sigue construyendo memoria de forma colectiva.

La memoria, insiste, no es patrimonio de los organismos. Es una construcción colectiva. En las escuelas, en las charlas, en los encuentros, Guillermo repite una convicción: que la dictadura no fue un exceso, que no fue un error, que fue un plan. Y que ese plan incluyó el robo de bebés como parte de una estrategia. “No era solo desaparecer a los padres —dice—. Era también apropiarse de los hijos. Cortar la historia”. Resalta particularmente el rol de los docentes que, “con todo en contra”, sostienen su compromiso y hacen un “esfuerzo enorme para seguir yendo a visitar los espacios de memoria, la Casa por la Identidad”.

Al describir cómo recibe estos 50 años del golpe de Estado, Guillermo elige la palabra “esperanzado”. Esperanzado por los jóvenes que acompañan la lucha de las Abuelas, por la sociedad que continúa llenando las calles en reclamo por Memoria, Verdad y Justicia. Y sueña un horizonte en el que haya cada vez más nietos y nietas, utopía que persigue con la misma templanza que aprendió de las Madres y las Abuelas.

Guillermo Amarilla Molfino

“Ser joven es un delito. La realidad lo comete todos los días, a la hora del alba; y también la historia, que cada mañana nace de nuevo.

Por eso la realidad y la historia están prohibidas”.

(Eduardo Galeano)

Javier Vaca introduce otro borde. Es hijo de un represor, pero tarda cincuenta años en nombrarlo así. Durante mucho tiempo, su padre fue eso: su padre. El que ordena, el que define el mundo. “Es difícil llevarte mal con tu viejo cuando sos chico —dice—. Es el que te cuida, el que te enseña todo”.

La historia, en su caso, no es una ausencia sino una presencia opaca. Crece en una familia castrense, en una lógica donde ciertas cosas no se dicen, donde el silencio es una forma de orden. Una familia donde el mandato era claro, donde la autoridad no se cuestiona. Donde la política, si aparece, es sospechosa. Donde el horizonte esperado es la continuidad: “A él le hubiera gustado que yo fuera militar —dice—. Para seguir la estirpe”.

Hasta que algo se rompe. No es un momento único. Es un proceso. Hijo de Omar Jesús Vaca, suboficial del Ejército, integrante del Destacamento de Inteligencia del ex Batallón 121 en Rosario, Santa Fe, entre 1970 y 1978, Javier empieza a discutir, a distanciarse. A los veinte años empieza a militar y estudia Ciencia Política. “Siempre fui medio desobediente”, dice, y la palabra no es casual. Pero durante muchos años no vio, o no pudo ver. “Vivía en cinco termos Stanley, uno adentro del otro”, sostiene. Porque mientras tanto, su vida seguía. Escuela, familia, rutinas. Y, en paralelo, escenas que no terminaban de encajar, pero que tampoco se nombraban, “como cuando me recordé a mí mismo, de chico, jugando con una picana”, añade Javier.

Con el tiempo, empezaría a revisar y atar cabos. A entender quién era ese padre que lo llevaba a jugar al fútbol al centro clandestino de detención Quinta de Funes “mientras había chicos encadenados contra las paredes”, dice. Décadas después, en una charla, Javier se cruzaría con un sobreviviente que le diría que durante años había declarado escuchar niños jugando en ese mismo centro clandestino y que nadie le creía. Que su testimonio, ahora, confirmaba esa memoria de infancia y horror coexistiendo en el mismo espacio.

La verdad no es sólo lo que se descubre. Es también lo que otros esperaron que alguien dijera.

Historias Desobedientes —la organización de la que forma parte y que fue fundada por cinco mujeres y un hombre, porcentaje de participación que se mantiene al día de hoy— es una anomalía. Hijos e hijas de represores que rompen con la herencia, que la cuestionan, que la denuncian. No son muchos, “pero deberían ser muchos más”, sostiene Javier. “Somos cuatro o cinco los que hablamos”. Hablar, en este caso, es una forma de desarmar una genealogía, es exponerse, es ir contra la propia familia, contra una tradición que pide “no meterse”. Es ir contra un silencio que no es solo personal, sino social. “Cuando llegás a la conclusión de que tu viejo era un genocida, da mucha vergüenza”, explica. “Nosotros venimos del nido de la serpiente, somos los hijos de los malos, y somos desobedientes por cuestiones éticas y morales. Porque creemos que lo que hicieron nuestros padres estuvo mal. Y vemos el peligro de que se naturalice, otra vez, atacar al que piensa distinto”.

Al responder sobre cómo recibe este 50 aniversario del 24 de marzo de 1976, Javier apaga el tono de voz: “Con tristeza, en algún punto, de que todavía no hayamos podido hacer justicia completa y verdadera. Con tristeza de todavía estar discutiendo si el golpe de Estado fue malo o bueno. De no tener un consenso absoluto con la población sobre que el golpe inauguró 50 años de tortura y empobrecimiento de la población Argentina. Pero, por suerte, somos cada vez más. Y hay que sumar a los chicos, que son los que van a sostener las banderas”.

“Los encapuchados se reconocen por las toses”.

(Eduardo Galeano)

Recorriendo el Casino de Oficiales, en la ex ESMA, un sábado de lluvia y calor pegajoso, un guía dice que esas pequeñas ventanas, por donde hoy entra algo de aire y de luz, antes estaban tapiadas. Una intenta imaginar ese antes, medir mentalmente su propio cuerpo con los cubículos del cautiverio y pensarse en la asfixia y el encierro de la capucha, pero no puede. Transitar este espacio obliga a la mente a levantar escudos donde lo atroz permea hasta al inconmovible.

Lo que queda, entonces, es registrar el contraste. El lugar del horror y la crueldad convertido en espacio de memoria, de encuentro, de trabajo colectivo. No como reparación total, sino como apuesta. Como decisión política de no olvidar. Porque el “Nunca Más” es una promesa en construcción.

A cincuenta años del golpe, Argentina recuerda en medio de disputas, de discursos que relativizan, que niegan, que buscan, desde el Estado, reinstalar preguntas que parecían saldadas. Recuerda en un contexto en el que la memoria vuelve a ser campo de batalla. Pero también recuerda desde calles colmadas con carteles y cantos que no pierden vigencia. Recuerda desde historias cuyas banderas se sostienen de a miles. Vidas atravesadas por algo que se cuenta en presente.

Al salir del Casino de Oficiales, la luz vuelve a ser la misma. Lo que cambia es otra cosa. La certeza —incómoda, pero nítida— de que la memoria no se sostiene sola; no es un archivo sino una práctica. Certeza de que el pasado, si no se lo mira de frente, vuelve deformado, peligroso, reconocible. Que no alcanza con saber. Que no alcanza con recordar. Que hay que decidir qué hacer con eso. Y que esa decisión es ahora.