Maresca se formó en el Centro de Estudios sobre Masculinidades y Género, forma parte de la Red de Masculinidades Uruguay, y del colectivo Varones por la Igualdad, así como de la Red Uruguaya Contra la Violencia Doméstica y Sexual.
“Para poder facilitar estos grupos primero se necesita poder analizar y procesar las violencias que uno ha ido cometiendo a lo largo de su vida y que comete día a día”, manifestó. “En este sistema patriarcal los varones, y más los veteranos como uno no logramos desprendernos totalmente del ejercicio de la violencia machista en sus diversas expresiones”, reflexionó. “Se maneja, se controla, uno se resignifica o reeduca, pero sin quitarnos la responsabilidad, es muy difícil dejar de ejercer violencia”, apreció.
El modelo que se aplica en Maldonado es “reeducativo o también le llaman de resocialización del individuo”, aclaró. Toma el nombre del modelo del Centro de Capacitación para Erradicar la Violencia Intrafamiliar Masculina (Ccevim). “No es terapéutico, más allá de que pueda tener algún efecto terapéutico” y que se puedan o deban generar derivaciones “cuando se ve algún fenómeno que deba ser tratado de manera complementaria”, explicó.
Se parte de la base de que “los varones somos educados de una manera en la que muchos pensamos que es natural o normal de actuar”, reflexionó. Pero si “empezamos a cuestionarnos algunas creencias y mandatos que hemos recibido en nuestra educación eso cambia”, argumentó. Esa forma de “ser hombre hoy en día es totalmente atentas contra las mujeres, niñas y niños”, afirmó. “No lo llamaría ni siquiera un comportamiento desadaptado”, complementó.
“Cuando llega una persona a nuestros grupos no vemos un criminal, ni un transgresor” sino a una persona que “en el ejercicio de su masculinidad, de lo que aprendió, está haciendo lo que cree que tiene que hacer”, explicó. Se trabaja con “un enfoque sistémico, tampoco es que el individuo está aislado, sino que tiene relación con su familia, con la sociedad”, puntualizó.
El proyecto tiene previsto 24 encuentros de 2 horas en donde trabajan grupalmente a partir de las vivencias personales. “El promedio de edad está en el entorno de los 40 años” y la asistencia al grupo “varía entre picos de 20 personas a 12-15 personas como lo óptimo y otras veces disminuye a seis a ocho personas”, puntualizó. “El enfoque es abordar la violencia de género y generacional, independientemente de si sucede en la familia o no”, matizó.
Del grupo “la gente permanentemente entra y sale, y aunque la propuesta implica que las personas tengan que asistir a 24 clases se encuentra de todo”, agregó. Hoy hombres que tienen una medida cautelar “y caduca antes de haber terminado el proceso, pero la persona deja de asistir igualmente”, reconoció. Aunque “hay otras personas que llegan a la clase 24 y se quieren quedar un poco más porque sienten que están adquiriendo herramientas y todavía tienen la necesidad de seguir trabajando”, aportó.
“El 90 y pico por ciento de varones lo hacen derivados por la justicia”, confirmó. “Son pocos los que concurren voluntariamente, porque hasta el que va por su cuenta, probablemente lo hace porque su pareja le dijo “hace algo con esto o cortamos acá”, detalló. “La sociedad patriarcal tiene una estructuración de poder desigual y a vos te parece que quien tiene el poder quiere renunciar a él voluntariamente, no quiere”, sentenció.
“Ni siquiera hay una conciencia plena de que el ejercicio de ese poder lastima a otra persona y también te hace daño a ti mismo”, matizó. En ese sentido, los problemas de salud masculinos “no son ni más ni menos que el costo que pagamos los varones por tener el poder que tenemos en esta asimetría de la sociedad”, aseguró.
Como complemento existe un grupo virtual gratuito, que no tiene como condición para participar residir en Maldonado, ni tampoco en Uruguay. "Es gratuito y funciona de forma honoraria, quedó por fuera del presupuesto", apuntó.
Entre varones
El modelo Ccvim tiene una metodología de trabajo que se dirige “a varones que deciden dejar de ejercer violencia”, por lo tanto “no se puede incluir a quienes primero no hicieron una mínima reflexión, que se realiza a través de entrevistas individuales”, expresó. De lo contrario “vamos a estar peleando con acciones y discursos que responden a una resistencia a trabajarse”, analizó. “Lo más común es poner la culpa fuera, en el Poder Judicial que es injusto o en la mujer que está loca”, evaluó.
“La responsabilidad nunca es del varón en una primera instancia”, criticó. Además “la violencia no se trata de un momento puntual en el cual se ejerce, sino que es un proceso”, advirtió. “La reeducación con los trabajos que venimos haciendo tienen buenos resultados, generan cambio en las personas”, aseguró.
En primera instancia “cuando el hombre ejerce violencia, sabe que lo está haciendo y eso no es poca cosa”, advirtió. En segundo lugar “se lleva herramientas para poder manejar el enojo que genera la frustración de estar perdiendo el privilegio, o de que sea cuestionado”, relató. “Al privilegio, le llamamos autoridad” y los talleres le permiten a la persona “reparar o generar otro tipo de vínculos que de otra manera no serían posible”, aseguró. “A las pocas clases los varones ya están reflexionando que si hubieran tenido estas herramientas probablemente habrían cosas que no le hubieran sucedido”, resaltó.
“Buscamos trabajar con la autoridad del individuo, que es una creencia de superioridad”, informó. “El varón comete violencia cuando no se reconoce su autoridad o no se le dan los servicios que él espera”, valoró. “Un ejemplo claro se da cuando el hombre llega de trabajar cansado y espera que la mujer lo reciba con la comida caliente y las pantuflas”, comentó. Apela a “la imagen que tiene de su propia masculinidad y de cómo debería funcionar el mundo a su alrededor”, complementó.
Los problemas ocurren “cuando las cosas no suceden como él espera que sucedan y cuando faltan procesos de comunicación adecuados” por lo tanto “aprender a comunicarnos, a compartir, a generar acuerdos en la convivencia es un tema central”, admitió. La metodología implica “confrontar al individuo, pero también contener y para ello no juzgamos, no damos consejos, ni interpretamos el relato del individuo”, sino que “confrontamos con todas las justificaciones”, expresó.
“Una de las lecciones que he aprehendido, de esas enseñanzas que se hacen carne en nuestras vidas, es que muchos varones cometen violencia creyendo que es una forma de amor”, reconoció. “Poder cuestionar que aprendieron a amar mal, les permite no solo revisar lo que hicieron, sino poder proyectarse hacia adelante de otra manera”, sostuvo.
En las clases de los grupos “se comienza trabajando en ronda y se utilizan ejemplos de la vida real de las personas para entender los conceptos”, describió. En la segunda parte “se hace un testimonio y un hombre toma un relato de violencia y todos lo evalúan en base a los conceptos”, profundizó. En la parte final del testimonio “se analizan los impactos de la violencia, que a veces son inmediatos” y a veces perduran en el tiempo “en las personas que estuvieron implicadas”, señaló.
En ese ejercicio “hay un movimiento muy importante de la emocionalidad” que aparece en diversas formas “y es un momento muy profundo”, admitió. Al compartir “sentimientos de dolor entre varones se genera una escena que no estamos acostumbrados a ver” en la medida que se observa a otro varón llorar “por las consecuencias de acciones similares a las que los demás hicieron”, explicó.
“Se genera un clima donde más de un usuario comparte lágrimas, emociones” y se cerra el encuentro “con la emoción a flor de piel”, concluyó.