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Qué fácil y qué difícil es ver el fútbol hoy

Por Rafael Bayce.

Para un lector veinteañero esto quizás no se entienda bien, ni se aprecie plenamente, salvo como pintoresco ejercicio de ciencia ficción retroactivo, o como interesante medio de curiosear en un pasado próximo; como quien se asombra con una foto sobre cómo era antes un lugar conocido hoy. Pero, a medida que su edad aumenta, lector/a, se entenderá mejor la sensación agridulce que nos dejan estas simultáneas mayor facilidad y mayor dificultad para ver fútbol.

 

Qué es lo cada vez más fácil y dulce

Si usted quería saber cómo le iba a Uruguay en un partido de los Juegos Olímpicos de 1924 en París -Colombes-, no se podía hacer más que esperar que una bocina de barco, desde el Puerto de Montevideo, avisara que había habido algo importante por allá, y que luego un telegrama explicara qué había pasado, lo que podía provocar un amargo lamento o un jubiloso festejo.

En 1928, Juegos Olímpicos en Ámsterdam, ya se podía esperar telegramas más frecuentes y no depender de la escucha directa o contada de la bocina portuaria, ya parte del pasado. Pero los telegramas ya se vuelven obsoletos en 1950, Mundial de Brasil, desde donde ya se pueden seguir los partidos por trasmisión oral radial, en simultáneo.

Para 1970, Mundial de México, ya se puede asistir a la transmisión audiovisual en vivo y en directo, en pantallas televisivas. Desde los años 90, no solo se puede acceder a partidos elegidos; ya se puede estar abonado a transmisiones de múltiples partidos desde diferentes países que, a veces, presentan la dificultad de la superposición de sus horarios, lo que impide disfrutarlos a todos ellos a plenitud.

Ya en el siglo XXI, esa superposición horaria eventual de partidos puede superarse mediante la grabación de unos para ser vistos más tarde; avanzado el siglo, puede accederse desde la computadora estándar y desde celulares a cualquier partido, y cambiarse de uno a otro para mejor información o mayor diversión, o por manía compulsiva de manipular tecnología y exhibir estatus vía la propiedad de aparatos de tecnología avanzada.

En este rubro de lo más fácil y dulce, tenemos que sumar, a las espectaculares mejoras en el acceso a la actividad deportiva en cantidad, las mejoras en la calidad de las emisiones y recepciones de esa profusión cuantitativa: las imágenes, el color, el sonido, las recopilaciones de partidos, jugadas, goles, reportajes y estadísticas nos llegan o podemos recibirlos con una intensidad, definición y continuidad muy superiores a las de antaño, y de un antaño nada distante, inclusive.

Un veinteañero que reclama porque no puede ver tal partido, o que es pobremente comentado, o sin HD, en su malacrianza tecnológicamente nutrida ignora todo lo que antes no hubiera podido ver u oír.

Mi padre, que era un niño recién llegado de Paysandú cuando Colombes y Ámsterdam, presente en las gradas en el Mundial de 1930 acá, y que nos llevó a la rambla a esperar la triunfal caravana pos-Maracaná de niños, luego de escuchar el relato pegados al receptor de radio, ya en 1970, solemnemente sentado y rodeado de fotos de musas deportivas, esperaba pacientemente que alguien encendiera y aprontara el televisor para asistir Uruguay-Rusia. Lúcidamente, ante reclamos por algunas fallas de calidad en la trasmisión, nos recordaba el sideral progreso que era esa imperfecta televisación, sobre la radial, la telegramática y aquellas bocinas portuarias, ya mejoras frente a olimpíadas anteriores, en las que se debía esperar a los periódicos del día siguiente para saber algo. Además, ya hace años hay dispositivos mediante los cuales se pueden grabar partidos, y tener repeticiones, imágenes congeladas, aumentadas, y desde diferentes cámaras.

De todo esto debemos ser conscientes, para poder apreciarlo y balancearlo junto a las más nuevas dificultades y amarguras que vivimos.

 

Qué es lo cada vez más difícil y amargo

Hay dos tipos de dificultades y amarguras crecientes que conviene focalizar: uno, la inmoral y agresiva invasión publicitaria, que llega a dificultar la apreciación de los partidos; dos, la complicadísima y carísima red de plataformas, canales, contratos, internet y otros modos de acceder, vergonzoso curro, en realidad ya desvergonzado, mediante el cual uno va adquiriendo la amarga convicción de que el deporte, que a uno le apasiona en sí mismo y como parte de la expresión de identidades naturales y adquiridas, es, en realidad y más allá de todo eso, cada vez más, un negocio de la sociedad del espectáculo y de la abundancia, de consumo; y que los propietarios de clubes, jugadores y medios buscan más sus intereses materiales que lo que nuestras ‘limpias’ pasiones por el juego y por las enseñas dictarían; y que las dominan.

Uno. La agresiva y progresiva invasión publicitaria. Todos comprendemos que nuestra pacífica consumición de deporte no presencial en pantallas privadas más o menos compartidas solo es posible porque sus enormes y crecientes costos de producción (aparataje, sueldos, viajes, hotelería) son financiados y atractivos para muchos frente a otras alternativas laborales y de inversión, porque hay aportes publicitarios que cubren esos costos y hacen atractivas esas alternativas. Hasta acá, y sin fundamentalismos sociales o morales, calavera no chilla.

Pero sí chilla, y mucho, con todo lo que sigue, que no solo es molesto, sino crecientemente irritante. En primer lugar, cada vez hay más tiempo oral y visual dedicado a la publicidad por sobre el tiempo dedicado al contenido deseado y prometido de la programación.

El horario de los partidos no es anticipado unívocamente y con la verdad. Distintas instancias dan diversos horarios de inicio, malintencionadamente para que uno tenga, ante la eventualidad de perderse el comienzo, que ‘comerse’ más publicidad fija en los escenarios, más tandas en la previa, y, ahora, más avisos por boca de relatores y comentaristas que publicitan más cosas aún, durante el relato mismo; y cada vez más avisos sobreimpresos encima de las imágenes mismas de la trasmisión. Hay cada vez más publicidad fija en los escenarios. Hay cada vez más tandas antes, durante y después por unidad de tiempo y como porcentaje de las imágenes y del sonido presenciados por los invadidos y violentados receptores; y las tandas son emitidas a un volumen mayor que la sustancia del programa, cosa que ni yendo al baño o a la cocina podamos librarnos de la persecución. Pero, si aunque sea se dejara presenciar libremente tanto las imágenes como los sonidos, vaya y pase. Pero tampoco. Porque, más allá de tandas, volúmenes y cartelería, durante el mismo desarrollo de los partidos, se sobreponen cada vez mayor cantidad, tamaño y frecuencia de anuncios y avisos que impiden ver completamente el partido. Pero no solo las imágenes son interferidas por publicidad y propaganda. También el sonido y las palabras de relatos y comentarios se llenan de más publicidad en boca, ya no de locutores comerciales como en las tandas sino que, como con las imágenes sobreimpresas sobre el partido, se sobreponen a relatos y comentarios en boca de relatores y comentaristas; solo falta que los jugadores entrevistados pasen propaganda (agradezcan la idea, tiburones). Cada vez podemos acceder más y mejor a los partidos, pero vemos menos partidos en el total de lo que vemos; y vemos peor los partidos pese a la mejor tecnología porque nos desmejoran imágenes, relatos y comentarios con publicidad fija, tandas, volúmenes sonoros, publicidad audiovisual superpuesta y en boca de relatores y  comentaristas.

Contramedidas: a. Minimizar la asistencia a previas, pospartidos e intervalos para no ser tan invadido por todo lo antedicho; b. bajar el volumen en todas esas instancias para frenar la invasión a la privacidad (en Venezuela está prohibido en la constitución); c. No consumir nada de los productos e instituciones que molesten gravemente la visión y audición de los partidos por medio de la publicidad sobreimpresa encima de las imágenes, y en boca de los relatores y comentaristas cooptados. Porque publicidad fija y tandas, todavía, ya que el sistema en parte es posible en su realidad y evolución gracias a esos incentivos; pero que ni siquiera dejen ver la pantalla total en los partidos por los que todos pagamos, y tengamos que oír más propaganda en boca de los que supuestamente relatan y comentan, ya es un abuso que no se debe seguir aguantando; d. Considerar costos y beneficios de usar aplicaciones que eliminan en diverso grado la recepción de publicidad en distintas instancias.

Dos. La cada vez más costosa y complicada forma de acceder a los partidos queridos. Nunca puede uno estar seguro de que, con lo que contrata, va a poder ver lo que contrató. Porque, o bien parte de lo deseado y contratado se vuelve ‘premium’, con un precio extra; o bien se vuelve parte de un paquete mayor, y, claro, más caro; o bien será beneficiado con varios canales extra, bonus track, que nada le interesan al supuesto beneficiario del aumento. Determinados partidos, súbitamente, son monopolizados por alguien que impide que los disfrutemos según el contrato original. Otras veces, lo anunciado no se emite, y no se advierte antes, ni se disculpan después. Más recientemente, el tiburón mayor del sistema, Disney, quita algunos partidos y obliga a que ya no se puedan ver mediante los contratos de cable, al emitirlos en plataformas para celulares (Star+), que deben abonarse como un nuevo premium. Como consumidores, algo tenemos que hacer, porque nos han agarrado de giles, y también a las empresas locales, que no pueden responder a lo prometido en sus contratos, pero a la vez pueden alegar fuerza mayor para su omisión.

En fin, lector/a, un infierno; el peor capitalismo salvaje en todo su siniestro esplendor.

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