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Sociedad cruzada | orientales |

La filosofía de los 33 Orientales

La Cruzada Libertadora o la necesaria afirmación del sujeto histórico

“Libertad o muerte” no fue solo un grito de guerra, sino una filosofía de liberación. Un lema que simbolizó la ruptura con la opresión y la autodeterminación.

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Libertad o muerte”. El lema de los Treinta y Tres Orientales, que ondeaba en la bandera azul, blanca y roja de aquel puñado de cruzados, parece ser una frase poderosa, de las que no admiten grados ni vacilaciones. Sin embargo, a la hora de interpretar ese mensaje, las visiones de la historiografía difieren.

En primer lugar, resulta notorio el contraste de la frase con la actitud moderada de los comerciantes y hacendados orientales, radicados principalmente en Montevideo, que oscilaron entre la apatía y la complicidad con el invasor luso-brasileño, hasta el momento mismo de la Cruzada Libertadora. En segundo término, contrasta con la prudencia y reserva del Gobierno de Buenos Aires, temeroso de una guerra con el Brasil, que por lo mismo no propiciaba acciones bélicas de entidad. En tercer lugar, tal acción bélica, en caso de realizarse, necesitaría de muchos centenares de hombres, “esos descamisados que marchan con el pie desnudo”, lo que aparejaba el temor al empoderamiento de las turbas, con el consiguiente desorden social y desborde de los “bárbaros”.

Por otro lado, la referencia a los “argentinos orientales”, formulada en la proclama de la Cruzada, remitía a una situación que era, por lo menos, compleja y ambigua: en efecto, existían múltiples identidades políticas en la gran región del antiguo virreinato rioplatense, contrapuestas en las ya conocidas visiones centralistas y federalistas, lo que viene a arrojar luz sobre las características de la Cruzada de 1825 en el sentido de que, aunque las banderas hayan sido artiguistas, la consigna y acaso el espíritu general no lo fue.

"Libertad o muerte" como grito de esperanza

Con el paso del tiempo y la consolidación de los símbolos patrios de la nación uruguaya, la frase “Libertad o muerte” ha pasado a constituir un ritual cívico, cuyo significado más profundo se nos pierde o resulta objeto de duras críticas, pero en el que nos inician ya desde nuestros tiernos años escolares. No transitaremos en este artículo por los ya conocidos y consabidos tópicos referentes al desembarco de los cruzados, un 19 de abril de 1825, en la playa de la Agraciada o Graseada, ni a su número exacto o probable, ni a sus preparativos ni al bordado de su bandera. En su lugar, intentaremos realizar una mínima exploración hermenéutica en su más profunda simbología, encerrada en su lema y en su proclama, en relación con la historia de las ideas y más precisamente a la filosofía de la liberación latinoamericana.

Libertad o muerte” era un grito de esperanza no demasiado potente ni mucho menos multitudinario. Por el contrario. Lejos está de la entidad popular de la primera revolución artiguista, aunque constituya un paso más en comparación con los tímidos intentos liberadores de 1822 y 1823. Pero tampoco puede olvidarse el hecho de que ese puñado de hombres se ha lanzado a la aventura en una tierra que sienten propia y que, sin embargo, les ha sido arrebatada por un imperio rapaz, impuesto por la fuerza de las armas y extraño a su cultura y a su derrotero histórico.

En tal sentido, y a pesar de la notoria humildad de la empresa en sus inicios, la frase debió resonar en aquel momento con otros ecos, cargados de decisión, arrojo y sacrificio. Las tres palabras, concisas y concluyentes, expresaban esas y otras muchas cosas, pero acaso, por encima de todo, el lema refería al triunfo de la voluntad, cuando se propone luchar hasta las últimas consecuencias contra la opresión y la injusticia que conlleva cualquier sumisión. En el marco del liberalismo político de la época, era muy claro el espíritu de oposición al régimen de la Cisplatina, expresado en declaraciones relativas a los derechos individuales y comunitarios, y su avasallamiento por parte del invasor.

Así, en el “Manifiesto del Cabildo Representante de Montevideo a los pueblos de la Provincia Oriental”, formulado en enero de 1823, se declara que: “Nada hay más común en la historia de los siglos que el desprecio de los inalienables derechos del hombre, y el ver conducir los pueblos al capricho de los tiranos, precipitándolos en una degradación absoluta, haciéndolos servir de instrumentos para completar la ruina de sí mismos, y aun olvidar, que (estos) tienen facultades intelectuales para pensar en su propia felicidad”.

La mención a las facultades inherentes al ser humano remite a los conceptos de autodeterminación y de racionalidad difundidos en el marco de las Nuevas Ideas por pensadores como Rousseau y Voltaire. Kant fue uno de los principales exponentes de ese llamado a hacer uso de la razón individual, en su opúsculo “¿Qué es la Ilustración?”, en el que afirma:

La ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!”.

El grito de acción

Libertad o muerte” es, así, no solamente un grito de guerra, sino también de voluntad puesta en acción, orientada a la praxis y enmarcada en una ética de liberación. La libertad se había erigido desde mucho antes en el derecho por antonomasia, enarbolado en el marco de las revoluciones liberales, ya desde la Revolución Gloriosa de 1688 en Inglaterra, hasta la Revolución Francesa de 1789, pasando por la de las colonias de Inglaterra en el Nuevo Mundo, en 1776. Pero el término, que admite un amplio abanico de dimensiones o de ámbitos de aplicación, no solamente fue usado en referencia a un proceso de liberación política y ciudadana.

Durante el régimen colonial en América se utilizó profusamente para referirse a la libertad comercial y mercantil en el Río de la Plata, desde fines del siglo XVIII. También se mencionaban las libertades civiles, al enunciar el derecho a participar en los asuntos públicos, disponer de los bienes propios, e incluso obtener la “carta de libertad” por parte de un esclavo. Pero será a partir del estallido revolucionario de 1810 cuando la palabra se extienda, sin cortapisas, al ámbito político, en referencia a la revolución y la lucha contra el despotismo, la soberanía particular de los pueblos, la independencia (ya no específica sino plena, al menos en el discurso artiguista) y el reclamo de un nuevo pacto social, cuyas vías principales serán las asambleas y los congresos de ciudades y villas, además de la conformación de grandes entidades políticas como La Liga Federal de los Pueblos Libres de José Artigas y las Provincias Unidas del Río de la Plata. Estas últimas continuarán existiendo después de la crisis del año XX, a diferencia de la primera entidad, que fracasó en su formulación originaria, aunque extenderá profundas e imbatibles raíces de influencia política en la futura Argentina.

Es en ese contexto donde se inscribe el significado más profundo del lema “Libertad o muerte”, erigido en la expresión de un segundo ciclo revolucionario, cuyo primer antecedente fue la revolución oriental de 1811. Hay en esta Cruzada, sin embargo, importantes diferencias con aquel primigenio movimiento, así como en su doble apelación a la libertad: una como ruptura con el dominio imperial de Brasil, y otra como incorporación a las “Provincias Argentinas a que siempre perteneció” esta tierra. En efecto, la proclama decía: “Argentinos orientales: (…) la gran nación Argentina de la que sois parte tiene gran interés en que seáis libres, y el Congreso que rige sus propios destinos no trepidará en asegurar los vuestros (…) Aspiramos a constituir la provincia bajo el sistema representativo republicano, en uniformidad a las demás de la antigua unión”.

El marco de “la gran nación argentina” no era otro que el de la facción centralista de viejo cuño, defendida por Buenos Aires, antigua capital del virreinato del Río de la Plata. Para dar al territorio una estructura política coherente, bajo el signo republicano, y dotarlo de una constitución nacional, acababa de formarse en esa ciudad el Congreso General de las Provincias Unidas del Río de la Plata, en diciembre de 1824. Es a ese poder que se remite el movimiento de los Treinta y Tres, uniendo a la provincia oriental al amplio concierto de las restantes provincias allende el río Uruguay.

La primera gran idea de la proclama no es, sin embargo, la de unión, sino la de ruptura con un orden opresor: “Llegó el momento de redimir vuestra amada Patria de la ignominiosa esclavitud con que ha gemido tantos años, y elevarla con nuestro esfuerzo al puesto eminente (…) entre los pueblos libres del Nuevo Mundo”. Al respecto, dice el filósofo argentino Arturo A. Roig que la denominada “experiencia de ruptura” encierra actitudes y sentimientos de frustración, decepción, destierro, desarraigo, exilio y expatriación, todos los cuales se hallan presentes, indudablemente, en el espíritu de estos revolucionarios.

También refiere al permanente esfuerzo por “encontrar nuestra propia identidad cultural y, en relación con ello, nuestra especificidad frente a otros pueblos, en este caso mediante la determinación de una forma de originalidad negativa”. Esto será particularmente relevante en el proceso de conformación de la nación oriental, a pesar del inicial llamado a la integración con las Provincias Unidas.

El fenómeno de la conciencia de ruptura remitirá pues, en poco tiempo, a una doble dimensión: por un lado, a terminar con la sujeción al opresor brasileño, y por el otro, a desterrar los objetivos anexionistas formulados en el contexto de la “Patria Grande”. Así, y con la cautela que este tipo de análisis exige, podría hablarse de una conciencia de ruptura “en cuanto estado de ánimo interiorizado y generalizado”, que se irá plasmando en la configuración del estado republicano, ya desde 1828, relacionado con el “a priori antropológico” del que habla Roig, es decir, el acto de un sujeto empírico para el cual su historicidad consiste en “la forma que hemos de darnos para organizar la vida”, para crear la experiencia de vida y para realizar los actos concomitantes en base a determinados intereses y móviles. Se produce así “la necesaria afirmación del sujeto, su autovaloración”, la cual “constituye un sistema de códigos de origen social-histórico, que se pone de manifiesto en la estructura axiológica de todo discurso posible”.

En el caso de los Treinta y Tres Orientales, la conciencia histórica de su praxis se revela en la decisión fundante de proceder a la ruptura con un orden y a la inauguración de otro; y esa decisión se fundamenta en la apelación a determinados valores, entre los que se hallan la idea de libertad, de patria, de nación y de reconfiguración de la dignidad humana, valores que se encarnan en diversas experiencias históricas pero que siguen y seguirán siendo universales.