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Mundo

El engaño de Trump: El fracaso de la baja de impuestos

El 20 de diciembre de 2017 el Senado de Estados Unidos (EEUU) aprobó “el mayor proyecto de ley de reducción de impuestos y reforma fiscal de la historia”, según el propio tuit de Trump. La mayoría fue estrecha, con 51 votos a favor y 49 en contra.

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Caras y Caretas Diario

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Por Víctor Carrato

El impuesto a las sociedades cayó del 35% al 21%, el tramo máximo para las mayores rentas disminuyó del 39% al 37% y, para los trabajadores, casi duplicó el mínimo exento (de US$ 6.500 a US$ 12.000 y el doble para parejas) y mejoró las ayudas por hijo, gastos médicos y estudios.

Menos impuestos, menos regulación, en definitiva menos Estado, es la receta de Trump. “Hemos cortado cientos y cientos de regulaciones”, dijo el presidente el mismo día de la aprobación de la reforma. “Al reducir los impuestos y reformar el sistema roto, ahora estamos vertiendo combustible de cohetes en el motor de nuestra economía. EEUU ha vuelto a ganar, y estamos creciendo como nunca antes”, destacó.

A pesar de que Trump sostuvo, durante la campaña electoral, que la reforma ayudaría sobre todo a la clase media y trabajadora estadounidense, los cambios favorecen especialmente a los más ricos (incluido Trump) y no significan ninguna mejora para los más pobres.

Según los cálculos del Tax Policy Center, un think tank independiente en Washington, el volumen de recorte para las clases medias debería sumar unos US$ 61.000 millones en el ejercicio 2019, la misma cifra absoluta que las rentas más altas, con el detalle que estos últimos constituyen el 1% de la población.

En total, el paquete de recortes y deducciones suman un monto de US$ 1,5 billones que dejan de entrar en las arcas públicas. El argumento republicano consiste en que, cuanto más baja la presión fiscal, más se dinamiza la economía porque los consumidores tienen más dinero para gastar y las empresas para invertir, y, al acelerarse el crecimiento, aumenta el tamaño de la torta y el fisco acaba recaudando lo mismo pese a que los impuestos bajen. Es decir, que el mayor dinamismo compensa el recorte impositivo y la reforma fiscal, de alguna forma, se paga sola.

 

Millonarios patrióticos

Los impuestos a los ricos han sido siempre sensiblemente inferiores a los de otras economías desarrolladas en EEUU. Pero el debate siempre está presente en ese país. Ahora el debate dio un giro y está de moda la idea de subir los impuestos a las clases más altas.

Un individuo con mucho dinero, al que se le bajan los impuestos, puede que se plantee invertir más (o no), pero lo que casi seguro que no hace es comprarse un segundo helicóptero, un segundo yate o una segunda mansión.

No son los más ricos los que suelen gastar más, porque ya tienen de todo. Particularmente, en tiempos de crisis, son los más pobres los que gastan más si se bajan los impuestos. Son los más pobres que tienden a comprarse los championes más caros o el celular de última generación, o el televisor con pantalla plana que antes no podían tener. La  psicología social lo ha estudiado. Para reactivar una economía que decae, lo más efectivo es recortar impuestos a los que más limitaciones tienen.

La recuperación en EEUU ha sido muy desigual. Actualmente, la desigualdad es similar a la de los años 20 del siglo XX, cuando hacia el final llegó la gran crisis.

El Washington Post ha publicado un nuevo estudio que revela cómo en aquel país la concentración de la riqueza está en máximos desde los años 20, que desembocaron en la mortífera Segunda Guerra Mundial. Los 400 estadounidenses más ricos (que representan tan sólo el 0,00025 de la población adulta) poseen tanta riqueza nacional como los 150 millones menos pudientes (60% de la población adulta). Esos 400 afortunados triplicaron lo que tenían en los años 80. Sin embargo, hay ricos que piden a gritos pagar más impuestos en pos de la sostenibilidad socioeconómica. Son los llamados “millonarios patrióticos”. Alrededor de doscientos millonarios pidieron, ya en 2015, a los legisladores del estado de Nueva York que les aumenten sus impuestos y un aumento urgente del salario mínimo, para que se puedan poner en marcha proyectos de educación, infraestructuras y similares. Como bien dicen, sus bolsillos no lo iban a notar.

“Puedes pensar que somos radicales, pero no somos comunistas. Somos gente que ha tenido éxito en el sistema capitalista. El capitalismo es un excelente sistema, pero no es un sistema perfecto”, dijo a la agencia Efe, Eric Schoenberg, otro millonario patriótico que preside la junta de la firma tecnológica CampusWorks, Inc.

Unos 47 millones de personas (el 14,8% de la población) eran pobres en 2014.

Con el fin de revertir esta situación, el grupo busca subir los impuestos al 1% más rico, que actualmente paga la mitad en tasas locales y estatales que el 20% de los hogares más pobres de EEUU, según un estudio del año 2015 de la organización independiente Instituto de Políticas Económicas y de Impuestos (ITEP).

Una reciente publicación de una encuesta reveló que un 74% de los votantes estadounidenses es partidario de imponer un nuevo impuesto sobre el patrimonio de un 2% para los contribuyentes con activos por valor de más de US$ 50 millones, y de hasta un 3% para los que superen los 1.000 millones. El apoyo a la medida era claro y contundente en todos los rangos de edad, en todos los estados, y para todos los grupos raciales, y de ambos lados del espectro político. Además, un 65% de los propios republicanos apoya la medida, cifra que se eleva hasta el 86% en el caso de los demócratas.

 

Trump: ¿el nuevo Reagan?

La guerra comercial entre EEUU y China no solo es una guerra económica, sino también una guerra tecnológica.

En su campaña electoral de 1980, Reagan predicaba los principios de la economía de libre empresa, vigentes antes de la gran depresión de 1929. Atrajo a seguidores del movimiento de economía de la oferta, opositores a la política keynesiana de estímulos a la demanda. Este movimiento produjo algunos de los partidarios más fuertes para las políticas de Reagan.

Inspirados en  la Curva de Laffer, por Arthur Laffer, el economista que la popularizó, quienes apoyaron a Reagan sostenían que los impuestos excesivos reducen la recaudación fiscal, provocando un descenso del incentivo a la producción. La desgravación fiscal para los ricos les permitiría gastar e invertir más. Este nuevo gasto estimularía la economía y crearía nuevos empleos. Reagan creía que una reducción de impuestos de esta naturaleza en última instancia generaría incluso más ingresos para el gobierno federal. La idea era que la carga tributaria se rebaja aceleradamente a las grandes corporaciones y los ricos y se coloca el costo impositivo sobre la clase media, al mismo tiempo que se les dice a los trabajadores y a la clase media que con la rebaja de impuestos van a tener más dinero para gastar. Es la misma receta de Trump y de otros también en nuestro país y adyacencias.

Inicialmente, la Junta de la Reserva Federal creía que la reducción de impuestos volvería a encender la inflación y elevaría las tasas de interés. Esto provocó una profunda recesión en 1981 y 1982. Las altas tasas de interés hicieron que el valor del dólar subiera en el mercado cambiario internacional, logrando que los productos estadounidenses fueran más caros en el exterior. Como resultado, las exportaciones disminuyeron mientras que las importaciones aumentaron. El aumento del gasto en defensa de Ronald Reagan y los recortes de impuestos que lo acompañaron resultaron en dramáticos déficits presupuestarios durante los años ochenta. Los recortes de impuestos costarían al gobierno federal billones de dólares. Reagan abogó por pagar estos gastos recortando programas gubernamentales.

El resultado fue que la situación de los grupos de renta baja se vio perjudicada por la reducción del gasto social. También aumentó la desigualdad. La participación en el ingreso total del 5% de los hogares de mayores ingresos pasó del 16,5% en 1980 al 18,3% en 1988 y la del quinto de mayores ingresos pasó del 44,2% al 46,3% en los mismos años. Mientras, los quintiles más pobres redujeron su participación en el ingreso total.

EEUU, en 1982, era el mayor acreedor del mundo. En 1985 se convirtió en el mayor deudor. Ya en 1987, su deuda externa excedía a la de toda Latinoamérica, y para 1990 su deuda era mayor que la de todo el tercer mundo.

La desregulación llevó a los bancos y corredores de bolsa a ser menos cautos y tomar riesgos cada vez mayores, abandonando las inversiones seguras por inversiones a corto plazo y favoreciendo la especulación financiera, bursátil e hipotecaria, lo que para 1986/1987 produjo la crisis de Crisis de ahorros y préstamos. El costo final de la crisis se estima que ha supuesto alrededor de US$ 160.000 millones, cerca de US$ 124.600 millones de los cuales fueron entregados directamente por el gobierno de los EEUU a través de un rescate financiero, a partir de 1986. En 1987 se produjo el lunes negro, el mayor derrumbe porcentual sucedido en un mismo día en la historia de los mercados de valores. En el crack de 1987, el índice bursátil de Wall Street perdió un 22% en un día, lo que llevó a un pánico financiero que desató una corrida bancaria a nivel internacional y llevó al quiebre de decenas de firmas inversoras estadounidenses.

También es probable que Trump piense que aplicando a China la misma presión que Reagan aplicó sobre la URSS, podría doblegarla. Con la “Guerra de las Galaxias”, Reagan forzó a la ex URSS a un gasto desmesurado en defensa y aeroespacio, agravando sus dificultades económicas. Luego vino la “perestroika” o reestructuración económica y la “glasnost” (transparencia), desatando el proceso político que condujo a la desaparición de la URSS, la caída del Muro de Berlín y la desaparición de las economías socialistas de Europa Oriental agrupadas en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME).

Uno de los principales asesores económicos de Trump también lo fue de Reagan: Robert Emmet Lightizer, hoy jefe de la Oficina del Representante de Comercio de los Estados Unidos  (USTR, por su sigla en inglés). Trabajó con Reagan en el conflicto comercial de los 80 con Japón.

Reagan lo hizo a costa de elevar su deuda y su déficit público. El conflicto se agudizó, pero en ese momento Reagan estaba apoyado por Margaret Thatcher y por el Papa de la época, Juan Pablo II, quien jugó un rol destacado en el desmonte del socialismo en Polonia. Hoy no está ninguno de los tres.

Además, hay otras muchas diferencias. La principal es que el poderío económico, financiero y tecnológico de China es considerablemente superior al relativo de la URSS de la época. De hecho, hoy China es el principal exportador mundial de bienes, el principal importador, el principal productor manufacturero y el principal detentor de papeles del Tesoro norteamericano, entre otros récords. La URSS de la época estaba demasiado lejos de eso.

Otra diferencia es que cuando Trump intenta castigar exportaciones chinas, está castigando exportaciones de varios países asiáticos, europeos e incluso de empresas norteamericanas, tanto radicadas en EEUU como en China.

 

Trump falla

La brusca reducción de la tributación empresarial llevó a una drástica caída de la recaudación fiscal, del orden de US$ 140.000 millones el año pasado, señaló Paul Krugman en julio pasado.

La estrategia de Trump busca como escenario ideal golpear con intensidad en el cortísimo plazo, propinándole tal impacto a la economía china que la obligue a negociar y a ceder al grueso de las exigencias de Trump.

Como las elecciones de medio término en noviembre próximo son tan vitales para la reelección de Trump, es claro que este escenario de derrota de China debiera ser evidente antes de noviembre próximo. Ello tiene una muy baja probabilidad. La obvia posición china es reaccionar proporcionalmente a las medidas de Trump, buscando afectar las posibilidades de reelección. Lo más probable que el conflicto se prolongue más allá de las elecciones y Trump se conforme comunicacionalmente con logros menores, como los acuerdos que había conseguido con China, antes de que él mismo volviera a implantar aranceles adicionales.

A mediados de mayo 2018, China se había comprometido a elevar sus compras, particularmente agrícolas y energéticas desde USA, por un monto de hasta US$ 200.000 millones, si bien no se especificó en qué plazo. La imposición adicional de un gasto arancelario por US$ 200.000 millones a las exportaciones chinas en virtud de temas de propiedad intelectual hizo que China declarase que ese acuerdo quedaba nulo.

La Reserva Federal de USA ya advierte demoras en la inversión doméstica. Si las nuevas amenazas de Trump se concretasen y los países involucrados reaccionaran con medidas parecidas, el Banco Mundial alerta sobre un escenario de recesión mundial y de caída en el comercio internacional en torno al 9%, cifra similar a la acaecida con la crisis internacional 2008-2009.

El éxito de la estrategia de Trump está en golpear fuerte a China en el corto plazo, haciéndole un daño perceptible pero nunca tanto como para afectar las proyecciones de crecimiento de la economía y el comercio mundiales.

La estrategia económica de Trump falla. Los aranceles que ha impuesto a las importaciones de China y otros países, según él, representan miles de millones en beneficios para EEUU. “Sin embargo, esta afirmación es falsa. Normalmente, los aranceles los pagan los consumidores del país importador, no los exportadores. Y podemos confirmar que esto es lo que está ocurriendo con los aranceles de Trump: los precios de los productos sujetos a esos impuestos han aumentado drásticamente, más o menos en línea con los aumentos de los aranceles, mientras que los precios de los productos no sujetos a los nuevos impuestos no han subido. De modo que los aranceles de Trump no son un impuesto para los extranjeros, independientemente de lo que él piense. Por otro lado, sus otras políticas han dado a determinados extranjeros un gran respiro fiscal”. Tal es la conclusión de Paul Krugman.