De las decenas de contactos telefónicos y videollamadas que se sucedieron entre los líderes de los principales países del mundo desde que estallara la guerra de Ucrania, debería haber sido la primera.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
Finalmente el viernes 18 de marzo, la “diplomacia telefónica” tuvo su momento más esperado cuando los presidentes Joseph Biden y Xi Jinping mantuvieron una cumbre virtual ante la expectativa de todas las cancillerías del mundo y de cuyos resultados dependería parte importante de la suerte del conflicto y también de los equilibrios geoestratégicos una vez terminada.
El encuentro de 108 minutos entre los mandatarios de las dos potencias más importantes e influyentes del planeta estaba pendiente desde que ambos celebraron una cumbre (también virtual) en noviembre, pero esta vez, como se encargó de subrayar el lado chino, fue Biden quién pidió la reunión a su homólogo para discutir la crisis ucraniana.
La conferencia telemática tuvo lugar en el momento más conflictivo desde que ambos países reanudaron sus relaciones y han empeorado notoriamente desde el comienzo del gobierno de Biden, quien no ha cesado de atacar a Beijing por su política respecto a Taiwán, Tíbet, las minorías étnicas musulmanas en la región de Xinjiang y a los opositores al gobierno en Hong Kong.
Las declaraciones de Washington a la vigilia de la llamada tampoco ayudaron a limar las rispideces entre ambas partes.
24 horas antes, la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, declaró que Biden cuestionaría a Xi sobre el “apoyo retórico” de Beijing a Putin y la “ausencia de denuncia” de la invasión de Rusia. Y el propio presidente subió la apuesta y acusó a Xi Jinping de no creer «que las democracias puedan sostenerse en el siglo XXI”.
El mismo día, el secretario de Estado, Anthony Blinken, declaró que su país sigue preocupado por que China esté considerando proporcionar equipo militar a Rusia. Y anticipó, en un tono amenazante, que Biden le dejaría claro a Xi “que China asumirá la responsabilidad de cualquier acción que tome para apoyar la agresión de Rusia, y no dudaremos en hacerle pagar un alto precio”. “China debe decidir de qué parte está, y no nos parece que esté marchando en la dirección correcta”, agregó.
Hasta el momento no está claro cual sería “el alto precio” que Washington piensa hacerle pagar a China. Lo que sí esta claro es que la aprobación de sanciones contra la segunda economía del mundo podría tener graves efectos para la economía mundial y también para Estados Unidos que, a pesar de la guerra de aranceles que mantienen desde 2018, la relación comercial entre los dos países sigue siendo la mayor del mundo.
Beijing, desde que fueron impuestas, ha considerado “ilegales” las sanciones económicas a Rusia por no haber sido aprobadas las Naciones Unidas y además porque “solo hacen sufrir a la gente y desencadenan graves espirales para la economía globalizada”.
Según informara el Departamento de Estado a sus aliados europeos y asiáticos los servicios de inteligencia estadounidenses habían detectado la intención China de brindar apoyo militar a Rusia para la campaña en Ucrania y respaldo financiero para amortiguar el impacto de las severas sanciones implementadas por Occidente.
China ha negado tajantemente las acusaciones de Estados Unidos sobre sus aspiraciones de asistir militarmente a Rusia, que ha calificado de “completamente falsa» y “desinformación perversa”, fabricada por EEUU para coaccionar y presionar a China a tomar partido entre Washington y Moscú en lugar de mantenerse neutral. “Si Washington se atreve a imponer las supuestas consecuencias a China, debe calcular cuidadosamente las represalias de China”, declaró al Global Times una fuente de gobierno apenas unas horas antes de la llamada telefónica entre los presidentes.
Desde hace muchos años son tres los pilares, sólidos e innegociables, que sostienen a la política exterior de la República Popular: integridad territorial, no injerencia en los asuntos internos y la soberanía y seguridad nacionales. Esos son la “línea roja” trazada por la diplomacia china y valen tanto para posicionarse sobre Ucrania, Afganistán, Sudán, Venezuela o Myanmar y también para cuando se le cuestiona por Taiwán, Hong Kong, Xinjiang o Tíbet.
Fueron esos principios los que invocó Xi Jinping en su conversación con Biden y que son los mismos que ha sostenido para encontrar una solución a la crisis ucraniana desde antes de que estallara la guerra.
«Todas las partes tienen derecho a expresar sus preocupaciones y las preocupaciones razonables de Rusia deben ser respetadas y tenidas en cuenta por igual», había declarado el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, durante su comparecencia telemática en la segunda jornada de la Conferencia de Seguridad en Múnich, una semana antes de la invasión rusa. Acto seguido enfatizó el apoyo de su gobierno a la «salvaguarda de la soberanía, la independencia y la integridad territorial de cada país» y «Ucrania no es una excepción”.
“Jie líng hái xu xì líng rén» fue una de las sutiles frases utilizadas por Xi Jinping en su coloquio con Biden que traducida libremente al castellano significa “Quien le ató el cascabel al tigre que lo desate”. El proverbio es del poeta Hui Hong de la dinastía song, que gobernó China entre los años 960 y 1279, y sintetiza perfectamente, en lenguaje literario, la posición político diplomática del gigante asiático: el tigre sería Vladimir Putin; el cascabel fue la expansión de la OTAN hacia el este que habría socavado la seguridad rusa; el autor de la arriesgada hazaña, Estados Unidos.
Deflactada de citaciones literarias (a las cuales suele recurrir), en opinión del líder chino, la solución de la crisis pasa por las negociaciones directas entre la OTAN y Estados Unidos de un lado y Rusia de otro, “para resolver el origen de la crisis ucrania y atajar las preocupaciones de seguridad” tanto de Moscú como de Kiev.
Fuerte y claro: China está dispuesta a mediar, pero son los responsables de haber precipitado la crisis los que tienen la obligación de resolverla.
Desde el principio, el dragón ha evitado condenar a Rusia, manteniendo lo que sus críticos llaman “neutralidad sesgada” y los chinos, “neutralidad benévola” y ha responsabilizado a Washington y a la alianza atlántica del conflicto. En este contexto Xi le recordó a Biden que una de las condiciones para solucionar el conflicto es “mostrar un respeto mutuo entre las grandes potencias, abandonar la mentalidad de la Guerra Fría, evitar la confrontación y construir gradualmente una arquitectura de seguridad regional y global que sea equilibrada, efectiva y sostenible”.
Benévola o sesgada, lo cierto es que la neutralidad comporta para China un difícil equilibrio diplomático.
Por un lado -como reflejó el comunicado firmado por Xi y Putin el 4 de febrero-, las relaciones entre ambos países atraviesan el nivel más elevado desde la fundación de la República Popular hace más de 70 años. Para China, sus vínculos con el Kremlin son “sólidos como un roca” e “inquebrantables” y son “sin límites” las perspectivas de cooperación bilateral. Por otro, China debe preservar sus relaciones con Europa -comercialmente mucho más importantes que con Rusia- y evitar que esta se pliegue incondicionalmente a la cruzada de EEUU para aislarla y recuperar la hegemonía mundial perdida.
En Norteamérica hay quienes sostienen, como la influyente revista Foreign Affairs, que la guerra de Ucrania puede representar para los EEUU de Biden lo que fue la Guerra de Corea en 1950 para los Estados Unidos de Harry Truman: una oportunidad inesperada para recomponer y fortalecer las alianzas occidentales y ejecutar una nueva estrategia de contención de China y Rusia, como lo fue la política que ganó la Guerra Fría contra el bloque soviético y sentó las bases de la Pax americana, un nuevo orden mundial unipolar dominado por Washington. La misma tesis que sostiene Beijing cuando considera que Ucrania es solo una parte del enfrentamiento global y “lo que la OTAN, liderada por Estados Unidos, ha hecho es lo que gradualmente ha llevado al conflicto entre Rusia y Ucrania al límite”
No hay duda de que la Pax americana que se intenta restaurar no es a la que apuesta China, cuando Xi recordó a su interlocutor que “la paz y la seguridad son lo que más debe atesorar la comunidad internacional” y que “los países no deben llegar al punto de encontrarse en el campo de batalla. El conflicto y la confrontación no benefician a nadie”.
El excepcionalmente breve comunicado de la Casa Blanca enfatiza que el presidente “describió las implicaciones y consecuencias si China brinda apoyo material a Rusia mientras realiza ataques brutales contra ciudades y civiles ucranianos”. Por su parte, Biden adelantó a sus colegas de Francia, Reino Unido, Alemania e Italia que “hay poco que esperar de China” y su secretario de Estado siguió insistiendo que “China debe situarse del lado correcto de la historia y respetar las sanciones que se han impuesto a Rusia”.
Contrario sensu, el ministro de Relaciones Exteriores de Ucrania, Dmytro Kuleba, una vez finalizada la reunión, exhortó a China para que, “como potencia mundial, desempeñe un papel importante en el esfuerzo” por poner fin al conflicto en Ucrania con una “solución política”.
“Durante décadas las relaciones entre China y Ucrania se han basado en el respeto, la comprensión y el beneficio mutuos”. “Compartimos la posición de Beijing sobre la necesidad de encontrar una solución política a la guerra contra Ucrania”, concluyó el ministro.
Para Kiev ese debe ser el “lado correcto” que le corresponde a China en la historia de esta tragedia.