El año 83 fue el año de la esperanza. Los que vivimos buena parte de la larga noche de 12 años desde el exilio, había veces que nos preguntábamos si algún día volveríamos. Los presos se preguntarían si quedarían libres, los clandestinos si un día dejarían de tener que serlo, y la gente que se movía en la estrechez de los márgenes de lo legal también. Pero en el 83, los exiliados empezamos a preparar las maletas. Y amigos que vivieron la lucha desde adentro me cuentan que acá pasaba lo mismo.
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Nada ocurre de repente y por casualidad. Más allá del encaprichamiento de algunos reinventores de la Historia, la dictadura cayó. Cayó porque la volteó el pueblo. Y el 83, como todo logro popular, “creció desde el pie”. En el año 80, la gente se expresó contra el plebiscito, en el 82 y el 83 la gente empezó a perder miedo, la dictadura veía agotado y sin salida su proyecto. Aparece forzando hasta los límites en la materia el PIT, para ocupar el lugar representando a la proscrita CNT. La Asceep y la ilegalizada FEUU.
Exilio, presos, luchadores sociales, partidos en la legalidad y partidos proscritos redoblan sus esfuerzos. Hoy se quiere reducir a una explicación injusta y mentirosa: “Los exiliados eran unos románticos, que estorbaban un poco, los presos: delincuentes. La lucha popular no existió. Pero había un político, que jugaba al ajedrez con los militares hasta que les hizo un jaque mate”. Esta versión la empiezan a hacer pública luego de muerto Wilson a quien, no obstante todo, no lo trataban de inútil sino que le agradecían la gobernabilidad dada al partido electo a partir de su prisión.
El año 83 comenzó con el acto del primero de mayo. Fue un año de mucha lucha y muchas conquistas. Y la gente defiende más y con más sacrificio lo que conquista que lo que le dan. Ahíto, hago mi ingreso secreto al Uruguay. Luego de intensas conversaciones simplemente para cubrirme de las críticas esperadas. Wilson me escribe el 4 de octubre de ese año:
“El Partido Nacional está decidido a concertar su acción de lucha con todas las fuerzas políticas y sociales que quieran acordar el indispensable esfuerzo común”. (se verá que no hace esa distinción que se ha puesto de moda por algunos entre “en el exilio una política y dentro del país otra”, lo que hubiera implicado una falta de ética tremenda.
“Quienes invocando razones formales se nieguen a ello asumirán su responsabilidad (…) pero “no podrán impedir que la tarea unitaria se cumpla de cualquier manera”. Finaliza: “Sobre estas bases, te agradezco de antemano los contactos que tomes con los representantes de PIT, Asceep u otras fuerzas sociales, y para ello te pido que invoques mi nombre y representación”.
El sentimiento unitario crecía y se dieron las condiciones para la realización de la proclama del Obelisco. No había sector político o social que fuera excluido de aquel estrado que presidió el río humano de libertad frente al Obelisco.
El martes pasado no se podía hablar de otra cosa que de su conmemoración. Las radios pasaban la inconfundible e insustituible voz de Alberto Candeau, cuya imagen quedó en bronce allí donde leyó la proclama. Con muchos amigos que estaban acá recodábamos distintas experiencias de ese día. Todos los que estuvieron y los que, con emoción incontenible, debimos recurrir a la onda corta, al teléfono, luego a los pocos días a la llegada de los primeros cassettes, esta vez desde dentro hacia el exilio, así como las primeras fotos.
A partir de este año, tendremos dos cosas que recordar: el Río de Libertad y el modo que los jóvenes de los partidos políticos uruguayos lo celebraron. Reviviendo aquel espíritu unitario, convocaron en forma conjunta a la celebración. A preservar ese día en la memoria colectiva.
Gran lección para sus dirigentes que parecen estar enfrentando la campaña electoral más confrontativa donde al argumento se le sustituye por la descalificación, el insulto y la agresión al distinto.
Los jóvenes nos enseñaron que siempre es más lo que nos une que lo que nos divide. Y nos recuerdan el vozarrón con sonido de viento libertario de Candeau: “Compatriotas: proclamemos bien alto y todos juntos, para que nuestro grito rasgue el firmamento y resuene de un confín a otro del terruño, de modo que ningún sordo de esos que no quieren oír diga que no lo escuchó: ¡Viva la patria! ¡Viva la libertad! ¡Viva la República! ¡Viva la democracia!».
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