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Algunas cuitas (blues) del carnaval electoral

Por Rafael Bayce.

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La palabra blues, en inglés, más bien en American English, y más precisamente acotada, en la jerga musicológica masiva de la música afronorteamericana, significa ‘cuitas’: emociones, sentimientos, conceptos y valores íntimos específicos del cotidiano de los negros en contextos de dominación y hegemonía blanca. Estas emociones íntimas del cotidiano, más bien en tono de queja amarga y resignada que de denuncia –casi tanguera o de baguala-, expresan mejor que la mayoría de las otras manifestaciones esa dura realidad interracial, cuya variación histórica estará marcada por la aparición de otras músicas de raíz negra posteriores que expresarán otras nuevas realidades y subjetividades.

Sirva esta introducción para dejar bien claro que las reflexiones que siguen no son exactamente académicas -aunque tampoco carentes de un marco teórico desde las ciencias sociales- de eventos electorales en su desarrollo cotidiano, básicamente desde la campaña hasta los días de las votaciones. Seguirá entonces una breve y no exhaustiva lista de ‘cuitas’ relativas a las campañas y jornadas electorales básicamente uruguayas y en contexto capitalino. Aunque suenen a quejas manifiestas, y aunque puedan suponer denuncias implícitas, de todos modos el letrista no se olvida de autoritarismos que suspendieron la democracia partidaria electoral, que conculcaron libertades, garantías, derechos y rutinas que, aun criticadas y criticables, se añoraron frente a males mayores encarnados por su ausencia.

 

La forma: el carnaval electoral

En primer lugar, el ‘carnaval’ que estamos viviendo tiene un financiamiento a nuestro juicio criticable, aunque puede ser mínimamente necesario, como toda la publicidad y propagandas comerciales en una sociedad de consumo que precisa orientación dentro del fárrago de la variedad y las dudas sobre la novedad. Creemos que debería haber un financiamiento mucho menor de las campañas y eventos electorales desde arcas públicas.

Es muy probable -por ejemplo- que la gente aprobara un plebiscito/referéndum en que se planteara la reducción drástica del monto de los aportes de los contribuyentes que pudiera ser destinado a campañas y eventos electorales; sin duda que serían asignados a educación, inversión productiva con empleo, seguridad, deportes, obras públicas y un largo etcétera. Quizás serían aprobados los gastos de planeamiento, instrucción, organización y ejecución de los actos comiciales, desde la preparación de locales, listas y funcionamiento hasta detalles de solución de problemas. Y, además, creo que serían rechazados los gastos de financiación de publicidad y propaganda de partidos, fracciones y listas, que deberían hacer los propios partidos, fracciones, listas y candidatos, casi sin asistencia de fondos públicos originados en recaudación fiscal.

Es cierto que algunos de esos fondos les permiten a candidatos, listas, fracciones y lemas minoritarios estar en el mercado electoral junto a los histórica o actualmente mayoritarios, poseedores de mayores recursos, que tienen un carácter de algún modo redistributivo y de ofrenda de oportunidades políticas. Pero las tandas publicitarias de los canales de aire o cable, las radios, la prensa escrita, los servidores informáticos, las redes sociales, están atiborrados de una contaminación multisensorial abrumadora, redundante, empalagosa, acumuladamente fastidiosa, que lleva inevitablemente a sospechar del altruismo de quienes se empeñan tanto y gastan tanto para ‘servir a la sociedad’. Mención relevante deberían tener las caras y ‘fachas’, tan retocadas como intrínsecamente poco agradables, que una enorme mayoría de candidatos le impone a la inerme ciudadanía: una verdadera polución multisensorial y estética, con invasión de espacios normativamente vedados a la propaganda de lo que sea -este año afortunadamente menor-. Y muchos altoparlantes tan estridentes como carentes de sonoridad agradable.

En segundo lugar, sumada a esa obligatoria e inconsulta financiación popular de candidatos y campañas, hay contribuciones privadas, personales, familiares y corporativas, que suman a esa porción pública de la financiación. Está claro que dichas contribuciones hacen nacer más sospechas sobre el altruismo y ecuanimidad de las gestiones públicas posteriores, en la medida que las contribuciones pueden ser vistas también como inversiones que esperan por su rentabilidad y favorable balance costo-beneficio durante la gestión futura de los beneficiarios de las contribuciones.

 

Los contenidos de la publicidad

El ‘carnaval electoral’ es un show retórico y poético, de diversa y dudosa calidad en sus contenidos, además de sus formas. Porque -espantosa herencia de la propaganda electoral yanqui, neocomercial- todos los candidatos son sonrientes, siempre rodeados de entornos idealizados de familia, de entusiastas partidarios o de ‘pueblo’ saludado efusivamente o ‘consultado’ como soberano depositario de lo comunitario. Es claro que solo aparecen en familia, o bañados de ‘pueblo’, en las proximidades de los comicios; en el resto de los quinquenios solo aparecen en contextos parlamentarios, ministeriales o en eventos públicos de acceso restringido y elitario.

A medida que se aproximan los comicios, las duchas de familia y pueblo se multiplican significativamente. Proliferan eslóganes, muletillas preparadas para salir bien parados en intervenciones breves -cada vez más abundantes frente a las extensas-, tanto mejores estas que aquellas para comunicar ideas, argumentos y planes. Coexisten acusaciones y defensas de gestiones agresivas y llenas de fake news con falacias de razonamiento, que constituyen una verdadera fuente de faltas éticas, de coexistencia de insultos con abrazos; una verdadera escuela informal de falsedad, de actuación propagandística cuasi comercial y de simplificación intencional e interesada del mundo cultural-social, especialmente desde la realidad económico-política.

Como elemento o ingrediente de formación ética y política, campañas electorales y eventos comiciales son factores negativos de conformación de cultura política y malos aportes a la formación ciudadana. La cultura política nunca retrocede y se vicia tanto como en las campañas y eventos electorales.

 

Las coberturas electorales

Las transmisiones deportivas, especialmente cuando hacen las coberturas de las ‘previas’ a los partidos significativos por la tradición, magnitud de las hinchadas y triunfos en juego, al menos tienen sabor folclórico, personajes fanáticos y colorido sabroso y de fácil recolección. En su lugar, las ‘previas’ comiciales son solemnes, altisonantes, redundantes, repetitivas de voluntaristas afirmaciones tales como que es una fiesta cívica, en la que la soberanía popular se ejerce en toda su radiante grandeza. No es que no lo sean -de hecho, se añoran cuando no se pueden llevar a cabo, como durante interregnos golpistas, autoritarios o dictatoriales-.

Si se conociera la pobreza de razones y el egoísmo individual o colectivo que motivan el voto, los elogios de las ‘previas’ comiciales se pondrían en duda y en baño maría. Si se hurgara en esos motivos y razones -y me maravillo de que las encuestadoras no lo hayan hecho-, nuestro entusiasmo por la democracia política y por las instancias electorales disminuiría claramente. La ‘razón cuantitativa’ de las mayorías no resistiría la prueba de la ‘razón cualitativa’, se nos caería el entusiasmo por la democracia, las elecciones, su cobertura mediática y su manifestación de cultura política. Repito, siempre será mejor, dentro de los regímenes conocidos desde la primera tipología aristotélica, la democracia a otras alternativas; pero sin entusiasmos por todo lo magnificado y por las carencias formales y de contenido en campañas, elecciones, y en su cobertura mediática y en redes sociales. Más que algo sublime y cercano a utopías, es más que nada un mal menor, próximo a ucronías. Feliz comicio, lector.

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