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Balotajes: Más sobre ese error sociopolítico

Por Rafael Bayce.

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En esta primera columna de 2022 ampliamos lo dicho en la última de 2021 sobre la gruesa inconveniencia psico-socio-política de la institución electoral del ‘balotaje’, adoptada en Uruguay recién para las elecciones de 1999. Las razones y motivos para ello fueron los tan poco respetables intereses de los partidos tradicionales de impedir, o al menos retrasar y dificultar, el inexorable paso de la izquierda en su acceso al poder por los caminos de la democracia político-partidaria, comprobadas las paulatinas dificultades de acceder por diversos ‘medios revolucionarios’, como lo postulaban y esperaban los teóricos de la izquierda desde fines del siglo XVIII hasta avanzado el XX (anarquismo y diversos ‘marxismos’). Llamó entonces la atención, y lo sigue haciendo, la aprobación que Seregni y Astori le dieron entonces a tal reforma, cuyo primer resultado inmediato fue el triunfo de Jorge Batlle en segunda vuelta, cuando la mayoría en la primera vuelta había sido frentista, lo que significaba el triunfo electoral.

 

Las apariciones históricas, reificadas, de elecciones

Ya vimos que, originariamente, el poder, o bien era autocrático con argumentos dinásticos, religiosos o de mero resultado bélico para ello, o bien era producto de un debate argumental que resultaba no solo en un consenso entre partes sino también en una mejoría dialéctica polifónica respecto del tema que fuere. Para ello se decía que se mejoraba la reflexión a varias voces, que se acercaban las opiniones contrastantes, y que (más tarde) se representaba mejor la variedad del demos soberano en los debates y en las decisiones. Y que limitaba la cruel discrecionalidad de las autocracias totalitarias dinásticas, religiosas o posbélicas.

Este casi utópico desiderátum polifónico y dialéctico, planteado desde los primitivos teóricos políticos griegos (Sócrates, Platón, Aristóteles), empieza a mostrar sus dificultades por dos razones supervinientes: uno, que el crecimiento demográfico y la dispersión territorial hacían crecientemente imposible la congregación presencial deliberativa y decisoria del demos (Aristóteles dixit); dos, que la evolución científica y técnica volvía improbable la información puntual sobre todos los temas, y que se volvía desigual la formación para acceder a ella. Tres, dificultado así el ejercicio de la democracia deliberativa y decisoria directas, empiezan a pergeñar diversos modos de representación indirecta en debates y decisiones, que se van articulando en torno a roles y funciones de tres poderes de los estados y gobiernos: ejecutivo, legislativo y judicial, concretados a través de una tupida y creciente maraña institucional y normativa.

Sean cuales fueren las variadas alternativas aparecidas de democracia representativa indirecta, hay un inconveniente común a las distintas soluciones no autocrático-totalitarias: ¿cómo se decide si el tan deseado debate no llega a consenso, y los asuntos son percibidos como de urgencia, emergencia o importancia inmediata?

Surge entonces un medio instrumental para ello: es la suma de votos favorables a cada una de las alternativas, para definir de modo, ya no directo ni consensual sino indirecto y pactual, cuál solución dar a algo urgente, emergencial o importante sobre lo que no se llega a consenso.

Obsérvese que la votación decisoria, a falta de consenso deliberativo, es un recurso subsidiario y residual, que sigue manteniendo la idealidad del consenso deliberativo para la solución decisoria, que debería intentarse siempre y sustantivamente antes, debiendo ser la votación un mero recurso pragmático, procedimental, para decidir, pero solo a falta de consenso puntual previo y si este efectivamente se intentó.

Entonces, desde una democracia directa, deliberativa y consensual, vamos, por necesidades varias, a democracias indirectas, más o menos representativas y deliberativas, pero crecientemente decisorias por la vía de votaciones mayoritarias puntuales urgidas, y no de consensos logrados discursiva y dialécticamente.

Pero, tanto la representación indirecta en los debates como la decisión por votos a falta de consenso, se reifican con el paso del tiempo y la rutinización de debates y decisiones. La representatividad se fuerza mucho más de lo que se busca, y se logra mediante investigación de tendencias y de marketing avanzado. La representación, más que una expresión del demos o una convicción generada por élites mejor formadas e informadas, se vuelve una construcción manipulada de invención de opiniones públicas y sentidos comunes, mediante progresivamente sofisticados sistemas de sondeo inducido y de conducción persuasiva. Las votaciones, por su parte, sea por la proliferación de las urgencias y su predominio sobre las importancias, sea por la convicción creciente en la esterilidad de debates que no cambiarían a priori, en realidad recurre más primaria que subsidiariamente a las votaciones, inicialmente solo puntuales y subsidiarias de las búsquedas de consenso.

La realidad parlamentaria indica, abrumadoramente, que las decisiones están tomadas a priori, que están tomadas pre-debate, que no serán modificadas por el debate, que se vuelve sustantivamente superfluo como mecanismo sustantivo de debate y decisión, que ya vimos era también cada vez menos auténticamente representativo, en una instancia necesariamente indirecta.

El ‘debate legislativo’ no es tal sustantivamente, desde el ángulo de la constitución deliberativa plural de las decisiones. Solo es real retóricamente, consensos reificados. Los legisladores hacen shows multimedia que no convencen ni ya lo intentan, sabiendo que sus contrapartes jamás se dejarán convencer, equipados de chalecos auditiva y visualmente anti-argumentales; jamás se deberá aceptar que el enemigo haya hecho algo bien gubernativamente, ni que los propios hayan hecho algo mal; tampoco, claro, que hay alguna virtud en la propuesta ajena o algún defecto en la propia.

La verdad y la realidad son difuntos que ni siquiera están siendo velados porque se los invoca como existentes, aunque claramente vulnerados e ignorados, salvo para agitar sus fantasmas retóricamente. Hace poco me dijeron algo así como: “mi tarea es mostrar que la gestión actual es mala y la anterior buena, hayan sido lo que fueren, y aunque las instituciones que ambos rigieran sean de una insoportable actuación específica (i.e. policía)”. Desde nuestros tiempos estudiantiles sabemos que las votaciones no reflejan ni al demos a priori ni el debate sustantivo, sino, más que nada, la capacidad y tenacidad distintivas para lograr que se vote cuando las condiciones sean favorables, por ejemplo extendiendo un insustancial debate, para en realidad ignorarlo, hasta que una votación manipulada deba decidir de modo supuestamente subsidiario al debate, aunque en realidad es el modo de decisión esperado y buscado: votación construida, mala simulación de debate representativo.

El debate legislativo es poco más que una instancia retórica de legitimación discursiva de aprioris, de show de deberes cumplidos y difusión de argumentos para la circulación pública no decisoria, y que no dicidieron en el debate. Pero son decisiones que se simularán como logradas posdebate, aunque en realidad hayan sido establecidas sustantivamente predebate, simplemente con una mediación retórica flacamente legitimante en medio.

 

Los balotajes, una reificación más en esta entropía política

Si las representaciones indirectas son cada vez más construcciones, cooptaciones y alienaciones de un supuesto demos soberano, y las votaciones cada vez más simulaciones retóricas de decisiones discursivamente logradas- aunque en realidad retóricamente fingidas a partir de la mera simulación como posdebate de correlaciones de fuerza predebate-, ¿qué podemos pensar de esta exasperación del voto, como modo formal de decisión de debates estériles e inconclusivos, que son los balotajes? It’s just another brick in the wall, nos diría Pink Floyd (‘es solo un ladrillo más en la pared’).

Concretamente, por qué se piensa que es mejor que Lacalle Pou gobernara con el 50% + 1 posvotación de balotaje, que con el 40% anterior al balotaje, prebalotaje, posprimera vuelta. El argumento, tan flojo como su simpleza formal sería: un 50% en segunda vuelta lo legitima mejor como representante del demos popular soberano que el 40% de la primera vuelta. Paupérrimo psico-socio-políticamente, en realidad. Más allá del inmenso costo de la segunda vuelta, ¿realmente valen más esos 50% que los anteriores 40%? Tengamos en cuenta que ese plus de 10% es un triunfo pírrico, ya que: uno, se consigue al alto precio de una insana competencia por la pasteurización de las propuestas de la primera vuelta de modo que luzcan como más atractivas carnadas masivas del anzuelo; el Boric que ganó en el balotaje no ofrece lo mismo que el que fue segundo en primera vuelta; cambió mejor la carnada que Kast; ¿cuál gobernará, el Boric militante estudiantil, el Boric partidario y legislador, el Boric candidato en primera vuelta, el Boric de segunda vuelta, qué mezcla de ellos, u otro más, aún no público? Los balotajes solo aumentan la incertidumbre sobre los futuros contenidos reales de las decisiones políticas, el péndulo yendo de la razón al carisma y a la emoción como criterios básicos; porque un balotaje, cuando decide lo que la primera votación no hizo, lo hace por empatías y ascos diferenciales. Si las propuestas de Boric y Kast tenían tan parejo atractivo electoral en ese contexto, ¿qué significa ese 10% que consiguió la carnada triunfadora, desde el ángulo del poder real, de las mayorías legislativas, de las probabilidades en un balance incierto y móvil entre decisiones ideológicamente diferenciadas en políticas públicas?

Los balotajes son un nuevo y carísimo simulacro de legitimidad político-ideológica que multiplica la incertidumbre sobre el contenido de las decisiones que tiendan a ser tomadas, que complica un camino de óptimos crecientemente arduos de perseguir, que construye formalmente lo que no puede sustantivamente, y que simula haber resuelto, mediante ese pase mágico formal, lo que está lejos de resolverse discursiva y fácticamente, y que seguirá en la ‘caja negra’ del sistema, que se finge transparente en su opacidad profunda. Salvo que creamos en la legitimidad procedimental de los debates y las decisiones, dentro de una democracia radical, trans-republicana, como la que nos propone Jurgen Habermas desde hace más de 20 años. Pero no es eso lo que nos proponen los balotajistas, en realidad más de la misma reificada entropía democrática: no qué propongo sustantivamente por mejor alternativa, o cómo represento mejor al demos soberano, sino cómo preparo el anzuelo y la carnada para pescar, con la apariencia, al elegirme y al gobernar, de que maximizo, u optimizo, el bien; y que lo implemento discursivamente, más que retóricamente, no clonando instancias a priori de poder en un baño de discursividad legislativa para incautos.

 

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