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China y el Covid-19

¿Chernóbil o Stalingrado?

Por Daniel Barrios.

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Escribo el día numero 122, del primero del año de la tercera década del tercer milenio, cuando las autoridades chinas comunicaron oficialmente a la Organización Mundial de la Salud (OMS) que en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, se habían registrado casos de neumonía cuyas causas se desconocían.

Ese mismo primero de enero -mientras todo el planeta festejaba el inicio de un nuevo año-, nadie podía imaginarse que estaba muriendo un mundo y nacía otro, radicalmente distinto. Nunca la humanidad, en tan poco tiempo, vivió un cambio tan radical, un punto de inflexión en su historia.

Escribo en la semana que los contagiados en el mundo por la pandemia son 2.500.000 y los muertos más de 175.000; el día que Estados Unidos, la superpotencia económica, militar y tecnológica registra 45.000 muertos y pasa ocupar el primer lugar (trágico America First del presidente Trump) en la triste lista de fallecidos (cientos enterrados en fosas comunes) y ya son más de 3.000 millones los hombres y mujeres enclaustrados en sus casas en todo el mundo.

También la semana que China registra su primer día sin muertos por coronavirus desde inicio de la crisis, detecta menos contagios que Uruguay y levanta el bloqueo de Wuhan, el primer epicentro del “chinavirus”, como agresivamente supo bautizarlo Trump para endosarle toda la responsabilidad a China.

La misma semana que el Fondo Monetario Internacional (FMI) confirma que este año viviremos la peor recesión económica desde la gran depresión de 1929. Una contracción del 3% para la economía global (apenas en enero, el FMI proyectaba una expansión global del 3,3%) con una caída del 11% en los volúmenes de comercio de bienes y servicios,  superando ampliamente las caídas durante la crisis financiera global de 2008.

Mientras escribo, el presidente de EEUU -en plena emergencia sanitaria mundial- anuncia la congelación de su contribución a la OMS, rea de “encubrir” la propagación del coronavirus para favorecer a China.

Mientras la inmunología y virología se baten para combatir la pandemia y encontrar un antídoto, psicólogos y sociólogos diseñan futuros probables, escenarios individuales y sociales para el día después, al tiempo que los ecologistas nos recuerdan que somos nosotros quienes hemos devastado el hábitat y roto los equilibrios naturales sin preocuparnos por las consecuencias; la ciencia política y la economía comienzan a sacar conclusiones sobre las formas de gobierno nacionales, el rol del Estado y del libre mercado  y sus respectivas  capacidades  de reacción y respuesta a esta catástrofe histórica.

En tiempos de incertidumbres, una certeza se impone: un virus de 0,0004 milímetros de diámetro aceleró con una velocidad inaudita el desmoronamiento del orden mundial establecido al final de la Segunda Guerra Mundial, atacó sus instituciones, desafió las doctrinas y teorías que lo sustentaron, embistió contra el equilibrio geopolítico y precipitó el proceso de cambios en las posiciones de poder en las relaciones internacionales.

A medida que se extendía la epidemia, muchos se preguntaron (¿auguraron?) si para China el nuevo patógeno no sería su propio Chernóbil y, como le ocurriera a la Unión Soviética, significaría el principio del fin, el réquiem de su sistema y su modelo de gobierno.

Mikhail Gorbachev, el último secretario general del Partido Comunista Soviético, escribió en 2006 que el accidente de Chernóbil “incluso más que mi lanzamiento de la Perestroika, fue quizás la verdadera causa del colapso de la Unión Soviética cinco años después”.

Según esta corriente, el Partido Comunista de China (PCCh), como lo hiciera su similar soviético, ocultó  la información -el primero, el brote, y el segundo, el peor desastre nuclear de la historia- para preservar su estabilidad política y social en desmedro de la salud y seguridad de sus propios países y del resto del mundo. Aun reconociendo que el cierre hermético de la provincia de Hubei y la paralización total de la  economía del país enlenteció la propagación del virus y se ganó tiempo para que el mundo se preparara, sostienen que la pandemia podría haberse evitado de no haber mediado la opacidad del régimen chino y el tiempo perdido antes de reconocer su existencia.

Beijing acusó el golpe, y no solo rechazó las acusaciones (de ser ciertas, serían absolutamente condenables y repudiables), sino que desató una ofensiva propagandística a nivel nacional y mundial para demostrar que los éxitos obtenidos en su campaña contra la epidemia, a diferencia de lo ocurrido en otros países, se explican por su forma de gobierno, la conformación de su Estado y la fortaleza de su Partido Comunista.

“Los resultados de la labor de prevención y control han vuelto a demostrar las notables ventajas de la dirección del Partido Comunista y el sistema socialista de características chinas”, enfatizó  Xi Jinping ante casi 200.000 funcionarios y cuadros del partido reunidos por videoconferencia en plena emergencia sanitaria.

Lo cierto es que, en pocas semanas, la República Popular dejó de ser el origen y el responsable de una desconocida enfermedad para exaltar sus victorias contra el nuevo patógeno, justificarlas por las acciones de su régimen de partido único y presentarlas al mundo como un modelo a seguir en esta guerra sanitaria y, al contrario del “sálvese quien pueda” de muchos, ofrecer ayuda a todos los continentes.

Las imágenes de aviones chinos transportando material médico a Europa mientras los socios de la Unión Europea cerraban sus propias fronteras y la de oficiales de EEUU requisando en la aduana de Tailandia 200.000 mascarillas del fabricante 3M destinadas a Alemania son ejemplos emblemáticos;  como lo son los hospitales de campaña improvisados en el Central Park de Manhattan comparados con los dos nosocomios construidos en menos de 10 días en Wuhan.

La denominada “diplomacia de las mascarillas” se tradujo en el envío de personal sanitario, de 4.000 millones de tapabocas, miles de toneladas (entre ventas y donaciones) de guantes, respiradores, trajes de protección, kits para diagnóstico y toda clase de equipamiento médico a decenas de países y, en particular, a los más desarrollados, como EEUU, Italia, Francia, España y Alemania.

El mismísimo Andrew Como, gobernador del estado de Nueva York , al tiempo que condenaba las vacilaciones y contradicciones de la Casa Blanca en la gestión de la emergencia, agradeció a China y a su presidente por el envío de mil respiradores.

Del otro lado del Atlántico, le hacía eco el presidente de Serbia, Alexander Vucic, denunciando que “la solidaridad internacional no existe. La solidaridad europea no existe, es puro cuento” y reconocía que “los únicos que nos ayudan son nuestros amigos de la República China”. Todos los países de América Latina, a excepción del Brasil del “negacionista”  Bolsonaro, agradecieron la contribución del gigante asiático para superar la crisis sanitaria.

No solo “diplomacia médica”. Hay quienes dentro y fuera de China comienzan a hablar de una Ruta de la Seda Sanitaria que se sumaría al megaproyecto de infraestructura y comunicaciones intercontinental del presidente Xi Jinping para atender los nuevos problemas de la salud con las soluciones tecnológicas, científicas y logísticas aplicadas por China en su combate contra la epidemia.

Tanto los detractores como sus sostenedores reconocen que el objetivo de Beijing de promocionar su sistema de gobierno y acelerar la reestructura de la gobernanza mundial fue favorecido por la inacción y contradicciones de EEUU y las principales democracias occidentales en la gestión de esta  catástrofe sanitaria.

Jean-Yves Le Drian, el  jefe de la diplomacia francesa -parafraseando la celebre definición de la guerra del prusiano Carl von Clausewitz-, en una reciente entrevista a Le Monde, sostuvo que “la pandemia es la continuación, por otros medios, de la lucha entre las potencias”.

Efectivamente, lejos de atenuarla, la epidemia planetaria exacerbó la confrontación política e ideológica entre EEUU y China.

El ideograma en mandarín  para la palabra “crisis” es exactamente el mismo que se usa para decir “oportunidad”. El gobierno y el Partido Comunista la aprovecharon para demostrarse como el adalid de la cooperación internacional y promover su soft power en todos los rincones del mundo.

La guerra contra el Covid-19, muy al contrario de Chernóbil, podría significar para la República Popular lo que fue la batalla de Stalingrado para la Unión Soviética; la victoria del Ejercito Rojo frente a la Wehrmacht alemana no solo selló la suerte del nazifascismo, sino que proyectó al primer país comunista como un protagonista ineludible del mundo que nacía después de la Segunda Guerra Mundial.

 

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