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Columna destacada | brindis | idioma | época

Cambios

Brindis por Marcos Velázquez

Puede llevarnos algunos años de rezago superestructural, pero en la Torre de Babel vamos a brindar con traducciones instantáneas de inteligencia artificial a más de mil idiomas, deduciendo de Nabrija que las lenguas son la multipolaridad

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Las celebraciones de cambio de época siempre requirieron un cambio de idioma.

Quizás, o sin quizás, por aquello que le dijo el gramático Antonio de Nabrija a Isabel La Católica: “La lengua es el imperio”.

Y todas sus celebraciones llegaron con rezago a sus respectivos cambios de época. Según Michael Roberts, historiador inglés especializado en el período moderno temprano, el crecimiento en la Inglaterra de la Revolución Industrial despegó en 1600, 88 años antes de la llamada "revolución gloriosa" que le permitió su primer relato heroico, cuando derrocaron a Jacobo II.

Sin embargo, el primer brindis por la perspectiva universal de esa revolución burguesa se celebró tras la derrota de la llamada Grande y Felicísima Armada Española, además llamada la Armada Invencible, en el canal de La Mancha, por fuertes tormentas que terminaron destruyendo más de un tercio de los barcos que se disponían a invadir Inglaterra, porque ésta atacaba constantemente a España en sus colonias de ultramar y a sus barcos mercantes por parte del pirata John Hawkins y de su primo Sir Francis Drake, que actuaban con expediciones financiadas por la reina Isabel I de Inglaterra, pero sin perder su condición de piratas y traficantes de esclavos africanos.

En la noche del 28 de julio de 1588, Isabel de Inglaterra envió seis brulotes al interior de la flota española, organizados por Drake. Los fuertes vientos empujaron los barcos y rápidamente extendieron llamas devastadoras. Las naves inglesas se dispusieron a dar el golpe de gracia enfrente de Gravelines en la costa flamenca el 29 de julio. Los españoles rompieron la formación a pesar de solo haber perdido cuatro barcos, aunque muchos otros estaban seriamente dañados por los cañonazos y otros varios habían tenido que cortar las amarras de sus anclas para escapar de los barcos en llamas. La pérdida de esas anclas sería un serio obstáculo para la maniobrabilidad de los barcos españoles en las siguientes semanas. La Armada Grande y Felicísima después sufrió fuertes vientos del sudoeste. El jefe de la Armada Invencible, el duque de Medina Sidonia, ordenó la retirada y renunció a la invasión.

Se cuenta que Drake, luego de besarle el anillo, brindó con Isabel y le dijo alzando su copa: “Un viento sopló y se desvanecieron”, restándose importancia.

Se lo dijo, naturalmente, en inglés, el idioma que desbancaría al castellano que entonces era un imperio donde no se ponía el sol, desde América a Filipinas.

Sunak y su uranio empobrecido

El beatle amarillento Boris Johnson, primer ministro de Reino Unido hasta mediados del año pasado, quien fuera recientemente acusado por el ex primer ministro israelí Naftali Bennett de haber torpedeado las negociaciones de paz entre rusos y ucranianos, dejó para la posteridad una frase que sintetiza el declive anglosajón. “El capitalismo y la avaricia son la razón de nuestro éxito”. Recurrió a la máxima marxista “el ser social determina la conciencia”, reconoció en el capitalismo la determinante que sus anteriores primeros ministros británicos ocultaban eficazmente, en la victoria o en la derrota, con arengas "nacionalistas británicas" de nacionalismo inglés.

El Moe trágico de pelo oxigenado Boris Johnson fue nada eficaz al pretender ocultar con la palabra “éxito” su fracaso. Es curioso que el relato de Johnson se ubicase en las antípodas del relato heroico. Me recordó el presagio, un poco en broma, bastante en serio, de que Reino Unido y EEUU tienden a convertirse en eslabones débiles de la cadena imperialista.

El relato heroico exige un momento de victoria para ser esgrimido con validez y para imponerse y el “éxito” de Johnson no obtuvo ninguna victoria. Por eso la parte de sincericidio de su frase. Cuando Gran Bretaña ganaba, los antecesores de Rishi Sunak y de Johnson no hablaban del capitalismo y la avaricia, hablaban de “sangre, sudor y lágrimas” (Churchill, cuando Inglaterra todavía era “la reina de los mares”). Incluso después de perder, con la Segunda Guerra Mundial, ante EEUU, la calidad de primera potencia, se apoyaron vicariamente en su socio anglosajón, más precisamente en Hollywood y en el idioma inglés imperial, para contar su relato de heroísmo. No fue poco. Los soviéticos, con sus entre 20 y 27 millones, según qué fuentes, de mártires de la resistencia al nazismo, fueron quienes derrotaron el milenio nazi, pero no pudieron imponer su relato heroico porque no ganaron la guerra, o la ganaron al excesivo costo de dos generaciones de huérfanos, ante EEUU, que la ganó sin despeinarse y se apropió del relato heroico judío, mientras la pérfida Albión alquilaba, propiamente, estudios de Beverly Hills.

“Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos…”. Si los griegos no hubiesen ganado aquella guerra, La Ilíada la hubiesen escrito los troyanos, las musas cantarían los infinitos males causados a estos y sus cóleras heroicas. No por el simplista aforismo de que “la historia la escriben los vencedores”. También escribió la historia Miguel Hernández, pero con el relato de Miguel Hernández y con La Guerra Patria Soviética, lo único que se puede hacer es seguir luchando, hasta que caigan Hollywood y Franco, su Borbón. No se imponen los relatos imponentes de Miguel y del sitio a Leningrado y el propio de los judíos, porque no hay un triunfo potente y verdadero de semejante magnitud, ni siquiera vicario, ni siquiera Cuba, ni siquiera Vietnam, ni siquiera China por ahora, desde donde contarlos.

Aunque ya se brindó por este cambio epocal y lo hizo Vladimir Putin con Xi Jimping el martes de la semana pasada en el Kremlin. El brindis lo ofreció Putin en mandarín. Xi respondió en su lengua.

El cambio en las bases materiales que significa China hoy en el mundo, por acelerada que ande la historia en algunos aspectos, no puede desarrollar inmediatamente capacidad de relato, pero sí anticipar su celebración.

Nosotros, los uruguayos, veníamos del fútbol heroico (Pittaluga) cuando ganamos en Maracaná, por eso nos dimos el gusto de llorar ese pitazo final. Llora Schiaffino, lloran al abrazarlo sus compañeros, hasta la cámara que los filmó parece estar llorando. ¿Qué lloran… si Jules Rimet está buscando a Obdulio entre el desconcierto para entregarle la copa del mundo? Lloran lo que no pudieron llorar mientras estaban luchando y les ponían mil obstáculos y los difamaban. Llorar fue más que un gusto. Es un lujo. Los muertos no lloran. Ni sudan ni se sacrifican.

“Capitalismo y avaricia”, dijo Boris Johnson. No pudo ya darse el lujo de la flema ni de la altivez. Mucho menos del llanto ni de la cólera. El antiguo pirata entró de prepo, a cañonazo, en la portada de la historia oficial británica, sin cinismo victoriano posible y sin el que “siempre fue un burgués reaccionario y últimamente es un viejo gagá, Winston Churchill” (Che Guevara al padre de su primera novia, rosarino admirador de Churchill).

No era ya Francis Drake besándole el anillo, cual indica el protocolo, sino la mano, para empezar, a la reina fuera de la recámara, sino el primer ministro beatle amarillento reconociendo dos asertos de Marx y Engels. Que fue la relación de producción (el capitalismo) y su distribución del producto (la avaricia) los que determinaron la consciencia (aquel parlamento de la divina Helen Mirren en La reina, interpretando a Isabel II de Inglaterra: "Hemos vulnerado la causa por la cual todo el mundo nos admira").

La película revela una verdad histórica. Cuando murió Lady Di, Isabel II no quiso dar a conocer públicamente sus sentimientos. El primer ministro Tony Blair la obligó a hacerlo (en la medida de lo posible) y después de cumplir con la obligación, Isabel le dijo a Tony: "Hemos vulnerado la causa por la cual todo el mundo nos admira". Lo cual en parte es cierto. No todo el mundo los admira, pero cierta parte del mundo que los admira es por esa causa: cosas que no se dan a conocer.

Yo admiro a varios británicos, desde Shakespeare a Lennon, pasando por el quinteto de Cambridge y Chaplin, entre otros, pero la corona británica no es la institución que más admiro (ni yo, ni Rattin ni Mazurkiewicz) y el victoriano fair play, anunciado por la subsecretaria de Defensa del actual premier, Rishi Sunak, de munición cargada de uranio empobrecido para enviar a Ucrania, es de lo más deplorable de la anglósfera, que ya es decir.

El penúltimo brindis

En la secuencia culminante de la película Patton, a quien Hollywood, con encomiable, por fervorosa, tergiversación histórica, hace coincidir con Zhúkov en la llegada a Berlín, el general yanqui levanta su copa de champaña frente al ruso y le dice: “Brindemos por dos hijos de puta”. Por supuesto, en inglés, que Zhúkov acepta sin traducción.

Bueno... en gran medida de esa relación idiomática se trató la posguerra, hasta que el propio partido de Mao Zedong se encargó de darle la razón a su Gran Timonel: “El imperialismo es un tigre de papel”.

Puede llevarnos algunos años de rezago superestructural, pero en la Torre de Babel vamos a brindar con traducciones instantáneas de inteligencia artificial a más de mil idiomas, deduciendo de Nabrija que las lenguas son la multipolaridad.

Por Marquitos Velázquez, que escribió para que Zitarrosa cante: “Cuando el hombre comprende sus intereses, el planeta se achica; su idioma crece”.

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