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Columna destacada | eutanasia |

Uruguay

Camino a la eutanasia legal

La eutanasia ya se ha despenalizado desde 1942 en Suiza y desde 1994 en los Países Bajos, y espera reglamentación legal en varios países más.

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Por fin en el Uruguay se está en camino para despenalizar la eutanasia. Entre nosotros, hay 3 iniciativas que presagian una pronta reglamentación de la eutanasia en diversas formas despenalizadas: a) En 2020, un proyecto de Ope Pasquet y 4 legisladores colorados más, de 7 artículos, centrado más bien en la despenalización del involucramiento médico en esos casos; b) En 2022, uno de Daniel Caggiani y 22 legisladores frentistas más, de 12 artículos, centrado en los derechos del paciente a terminar con su vida, y en las implicancias de esto; c) Una declaración del Comité Ejecutivo del Casmu del 1/6/2022, que cree importante que se regule el tema, de acuerdo con la naturaleza laica del Estado uruguayo, y según la autonomía del paciente como principio bioético fundamental.

¿Autonomía decisoria del paciente o heteronomía histórica?

En las diversas respuestas a esta interrogante reside el núcleo de la discusión que se ha dado y se da en el mundo y en el Uruguay sobre la eutanasia. Porque una sucinta revisión histórica muestra grandes diferencias a través del tiempo y en los espacios geográficos entre modos de concebir la vida y la muerte, y en la legitimidad de las distintas decisiones que pacientes, médicos y otros involucrados podrían tomar en diversos momentos de un continuum vida-enfermedad-muerte.

La humanidad, desde al menos 25 siglos y por lo menos hasta el siglo XIX, asumía a la muerte como un corte en un continuo vital que se componía de una fracción previa a la muerte física, pre-mortem, y de otra posterior a ella, post-mortem. En la medida que la fracción post-mortem era eterna y su estatus en ella dependía en buena parte de la más efímera conducta pre-mortem, lo que se hiciera cuando la muerte, si estaba legislado trascendentemente, influía en esa ventura perenne futura. Entonces, el valor y derecho a las decisiones mortales no estaban autónomamente en manos del moribundo y de los suyos, sino de lo dictado heterónomamente por una supuesta legislación divina revelada. Sucede que las 3 terribles religiones monoteístas fundamentales (cristianismo, judaísmo, islam) consideran que la divinidad es dueña de la vida y la muerte de las personas, que no deben hacer nada por alterar el supuesto determinismo divino sobre el cuándo y cómo de la enfermedad, pasión y muerte. Hasta el mismo sufrimiento es elaborado como un mérito salvífico de aceptación del destino, de aceptación de la heteronomía radical de la vida y de la muerte, de subyugación de los egoístas impulsos autónomos y complacientes a los dictados de la revelación y la inescrutable pero santa voluntad divina sobre el cuándo y cómo de ese corte en continuum premortem-postmortem. Me ha tocado vivir increíblemente largas enfermedades con terribles agonías, hasta de los familiares involucrados, en que creyentes devotos y corajudos persistían en aceptar una muerte sin siquiera paliativos para obedecer la voluntad divina, por lo demás una buena inversión en méritos salvíficos, con una tasa de retorno eterna a cambio de un sufrimiento limitado por más extenso que fuera. Montevideo está lleno de anécdotas de gente que muere gritando a pleno pulmón a oídos de familiares, vecinos y amigos.

Siento la tentación de explicar antropológicamente la prohibición de la eutanasia como una de las varias formas, legitimadas como revelación religiosa trascendente, de determinadas prohibiciones-tabú, de las que la eutanasia es parte. Muy brevemente, conductas estigmatizadas como la eutanasia, el suicidio, la masturbación, el onanismo, la homosexualidad, el aborto, son típicas de momentos históricos en que era básico el mantenimiento del número de habitantes, como garantía primitiva de sobrevida del grupo frente a las amenazas de otros grupos, de animales, de plagas y catástrofes climáticas. Los combates, por ejemplo, eran cuerpo a cuerpo y, cuando aún no existían armas masivas, el número hacía la diferencia inicial que luego destrezas cultivadas y armas consolidarán. Pues bien, esas conductas que amenazaban la integridad grupal se legitimaban como divinamente reveladas, ya que esas eran las creencias más respetables. Imagínense que, para proteger el número, en momentos de alta mortalidad en partos e infantil, se hacían necesarias tasas de fecundidad y de fertilización altísimas, a las que el onanismo, la masturbación y la homosexualidad, así como el suicidio y la eutanasia, atentaban. Todo eso tenía una lógica histórica acotada, que fue perdiendo necesidad, pero que fue sobreviviendo porque para legitimarlas se arguyó que hacían parte de una normatividad divina heterónoma y eternamente sabia. Por eso, aunque se viva en momentos en que esos tabúes ya no son más necesarios bio-demográficamente, se mantienen, anclados en su heteronomía divina y su eternidad normativa; al punto que hasta hoy habrá grupos que se opondrán por esas obsoletas razones a la eutanasia. Veremos a los grupos católicos y a los conservadores neo-católicos, como herreristas, cabildistas y democristianos, y a médicos minoritarios, oponerse, por estas milenarias razones anacrónicas, no solo a la eutanasia sino a todas las conductas listadas más arriba y constituidas en tabú desde tiempos ancestrales. Porque, por ejemplo, el Libro del Levítico, parte de la Torá judía y del Antiguo Testamento cristiano -y respetado por el islam-, que es como un manual de salud pública de hace 25 siglos, tiene disposiciones aún vigentes entre sus fieles, amparados en su heteronomía divina inviolable y eterna, que tuvo su lógica sociocultural de necesidad y aplicabilidad funcionales, aunque ya perimida hace mucho.

Aquí y ahora: autonomía y despenalización médica y personal

Paulatinamente, la definición de la muerte y el significado de sus sufrimientos previos van pasando, como parte del proceso de secularización, de la religión a la ciencia; y su consideración es parte de la autonomía inherente a los derechos humanos, que son parte también del pasaje de la heteronomía trascendente a una mayor autonomía trascendental -en el sentido kantiano de legitimante pero ‘humano’, no ya ‘divino’-

Más concretamente, y en directa relación con el proceso de debate de la eutanasia, importa subrayar el alcance que el principio de autonomía de la conducta personal, como base bioética, tendría; así como la necesidad de que esa autonomía permita que se excluya la responsabilidad médica por los diagnósticos y consejos, dado que una correcta aplicación del principio bioético de la autonomía de las decisiones personales de vida y muerte, implicaría que el sistema médico y sus operadores profesionales no decidiría la eutanasia, sino que solo ofrecería un diagnóstico científico del estado de situación sanitario, y del menú de alternativas que tiene a su frente el paciente avanzado. Así, no cabría su responsabilización penal y también se verían librados de culpabilización social, como suelen serlo luego de errores técnicos, o luego de casos a veces mal interpretados como errores o inacciones letales. El sistema médico-mutual solo proporcionaría un diagnóstico técnico de situación y un menú de alternativas explicadas abiertas en ese estado de situación, quedando en libertad de conciencia de involucrarse más si el paciente autónomamente así lo solicita; no decidiría por sí o por no sobre la eutanasia pasiva o activa que podría operarse, aunque podría involucrarse a petición, y de acuerdo a su apreciación técnica y moral. Para lo cual sería necesario revisar, quizás derogándolo, el molesto art. 46 del Código de Ética Médica, tan absurdamente transformado en ley en 2014, que declara contrario a la ética de la profesión a la eutanasia activa, definida como cualquier acción u omisión que acelera o causa la muerte; subrayando, en cambio, lo sostenido por el art. 49 del mismo código, que declara que el médico debe respetar la voluntad del paciente si este rechaza informadamente los tratamientos indicados.

Espero que los dos proyectos, el colorado, que tiende a proteger la responsabilidad médica cuando se involucre en procesos de eutanasia, confluya con el frentista que asegura la autonomía decisoria del paciente, y con la prioridad bioética que el SMU y la Academia Nacional de Medicina han marcado. Por oposición, espero que los sobrevivientes de las formas religiosas de concebir la vida y la muerte sean sobrepasados por los modos laicos de hacerlo en los intercambios previos a la legislación.

Hacia una autonomía radical: suicidio racional preventivo

De todos modos, aunque ha habido un cambio cultural y civilizatorio muy grande en favor de algunas formas de eutanasia, aun entre los médicos más cientificistas y laicicistas hay una huella perceptible de la concepción de las grandes religiones sobre esa eventualidad. Porque siempre se considera que los médicos deben ofrecer primeramente paliativos, antes de siquiera considerarse eutanasias pasiva o activa, o suicidios asistidos; en ambos casos, sea prohibiendo algunas modalidades como jerarquizándolas, se está limitando la autonomía decisoria del individuo, aunque haya progresos al interior de los contenidos de las prohibiciones y jerarquías.

Un individuo, si es realmente autónomo en sus decisiones, no tiene por qué seguir esa jerarquía de alternativas exigibles para los médicos, aunque es muy probable que las siga aproximadamente. Una persona puede no querer pasar por las humillaciones, esperas, rapacidades y voracidades ni calesita de análisis, tickets, médicos, gastos, inversiones de tiempo y deterioro psíquico o hipocondría inducida que son avatares y productos normales del sistema en su actualidad.

Sociológica y antropológicamente, los suicidios han sido clasificados de varios modos, pero todos como formas extremas de reducción de sufrimientos extremos y frustraciones, en su modo de resolución endo-punitiva, en lugar y además de resoluciones exo-punitivas de las mismas, como el delito. También Durkheim ha considerado una forma de ‘suicidio altruista’, por oposición a las otras, por la cual alguien, sintiéndose relativamente incapacitado de contribuir al grupo y de obtener satisfacción en su cotidianidad, decide quitarse la vida, de modos varios dentro de sociedades primitivas. Pero esos suicidios altruistas, que al parecer solo se dan en sociedades primitivas, con mayor sentido de los deberes subjetivos hacia el colectivo que en nuestras sociedades individualistas ancladas en la protección de derechos subjetivos por el colectivo, podrían servir de base para la instauración entre nosotros de un nuevo tipo de suicidio, que cumpliría con todos los requisitos de la autonomía moral de la voluntad de los individuos, al mismo tiempo que libraría a los médicos de toda responsabilidad por el cumplimiento de esa voluntad.

Yo crearía un nuevo tipo de suicidio, voluntariamente autónomo, al que llamaría ‘suicidio racional preventivo’: por él, alguien que considera que no puede ni podrá más disfrutar la vida como hasta entonces, ni contribuir a sus colectivos de pertenencia en la magnitud normal, decide no vivir más, luego de debatirlo con sus familiares y allegados, contactando a los profesionales que fuera necesario para la regularización de la vida de los semejantes y patrimonio que deja; de ese modo, sin desesperación, con serena racionalidad informada, decide prevenir todos los sufrimientos, humillaciones, gastos que ni disfruta o provocaría, que los finales de vida normalmente acarrean. Sería la plasmación plena de la autonomía de la voluntad de libre disposición sobre su cuerpo, su vida y su muerte, indudablemente un derecho humano más y fundamental en esta época de trascendentalidad adquirida como non plus ultra de la moralidad por los derechos humanos. No necesita recurrir antes a paliativos (de hecho eso ya puede hacerlo en virtud de la Ley 18.473) como manda o recomienda la ética médica. Y los médicos, también en esta nueva hipótesis suicida, no deberían tener la menor responsabilidad en la ocurrencia; solo informan profesionalmente del estado de salud y de las alternativas abiertas al paciente a partir de ese estado de situación; el paciente elegirá entonces, y podrá recurrir a un médico para determinadas cosas; éste podrá libremente, según su conciencia moral, su religiosidad o su fidelidad a una ética médica históricamente variable, acompañar o no, o en diverso grado, al paciente en la ejecución de su decisión autónoma, sin prescripciones ni proscripciones a su proceder. Yo soy ferviente partidario de este suicidio racional preventivo, plenamente autónomo y protector de la responsabilidad médica.

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