"Los países dependientes y periféricos no hacen la historia, la padecen", afirmaba Vivian Trías en la primera página de su libro La guerra del petróleo y la crisis internacional, publicado en Argentina por la editorial de la revista Crisis en 1975. La frase aludía a una vuelta de tuerca producida a partir de los sucesos de 1973 en que algunos países árabes, pero con protagonismo venezolano, dieron un golpe de timón abriendo una monumental crisis del petróleo. Así, las potencias centrales, acostumbradas a imponer, comenzaron a ser influenciadas por un nuevo esquema y a padecer algunas consecuencias. "Entonces, los maestros del chantaje diplomático gritan contra el chantaje árabe, y los implacables explotadores de los pueblos protestan porque los nuevos precios del crudo perjudican el desarrollo de las naciones rezagadas", comenta Trías con sorna por las altruistas potencias herederas del viejo estatuto colonial y estructuradoras, por ordeno y mando, de la división internacional del trabajo.
En ese sentido, el único freno poderoso que enfrentó y resquebrajó ese orden mundial fue la existencia de los países del socialismo real, sobre todo a partir de formar el bloque del Comecon, conocido en español como CAME por la traducción del ruso en Consejo de Ayuda Mutua Económica. Se trató de la organización formada en torno a la URSS y compuesta por los países socialistas del este de Europa que emergieron tras el triunfo contra el nazifascismo en la Segunda Guerra Mundial. Su objetivo fue fomentar sus relaciones comerciales para contrarrestar a los organismos económicos internacionales que regían la economía capitalista creando un mercado común y una complementación productiva.
Otra experiencia en el manejo de sus recursos fueron las políticas de China a partir de su revolución en 1949. Las demás experiencias socialistas posteriores, como Corea y Cuba, tuvieron mucho menos margen y dependían de la ayuda en petróleo del bloque socialista. El caso venezolano, con la experiencia chavista, volvió a poner el petróleo en el centro. De ahí la fuerte reacción del imperio norteamericano que no cejó nunca en su intento de derrocar el régimen y en eso está.
El Movimiento Nacional del Petróleo
Los intentos de hallar el preciado hidrocarburo en nuestro país son muy anteriores a lo que se suele pensar. Hagamos un racconto a partir de los diversos anuncios que se hicieron durante una larga trayectoria, algunos mostrando una ansiedad de los jerarcas gubernamentales de turno de la que bien valdría aprender.
Por ejemplo, algo bastante desconocido es que en el año 1964 se creó el Movimiento Nacional del Petróleo. Una crónica del diario La República, del 18 de setiembre de 2011, recuperaba aquella perdida historia sepultada por pesados sedimentos noticiosos. Aquel movimiento tuvo su sede en la Ciudad Vieja y se nucleaba para impulsar un proyecto de explotación de petróleo en el subsuelo uruguayo que prefiguraban como un "levántate y anda de la recuperación nacional de este Uruguay inmensamente rico". Así lo afirmaban sus principales integrantes en una sesión de la Junta Departamental de Montevideo que los recibió especialmente.
Aquel movimiento logró tener personería jurídica y conformar un Consejo Directivo presidido por Raúl Irureta Goyena. El vicepresidente era el capitán de navío Carlos Travieso Fernández. Además, contaba con una Comisión de Honor integrada por personalidades de diversos ámbitos, como la poeta Juana de Ibarbourou o el periodista René Jolivet. Un dato interesante es que también la integraban el dirigente socialista e historiador Vivian Trías, como ya hemos visto, un actor importante en la disputa política por un desarrollo nacional, y un intelectual que trabajó persistentemente el tema del petróleo y su incidencia a nivel mundial, tanto como a escala regional y nacional.
Uruguay y sus primeras búsquedas
Según aquella crónica, el presidente del Movimiento, Irureta Goyena, recordó ante los ediles que una compañía denominada Llambías de Olivares y Méndez Alcain realizó perforaciones en 1908 en el departamento de Cerro Largo, en un lugar cercano a la estancia El Águila. Además, se mostraron los estudios realizados en 1915 por el ingeniero Rolf Marstrander, un geólogo alemán contratado por el Instituto de Geología y Perforaciones para trabajar en los departamentos de Rivera, Cerro Largo, Treinta y Tres y Rocha. Tales estudios, con los resultados obtenidos, conformaron un libro publicado pero, "según informaciones de prensa, aquel material misteriosamente desapareció".
También en aquella oportunidad se refirieron los trabajos realizados entre 1918 y 1919, en que hubo nuevas investigaciones en la zona de Cañada de los Burros (Cerro Largo). “Allí el director del Instituto de Química Industrial, Latham Clarke, instaló una pequeña planta para la destilación de esquistos. El resultado, por cada tonelada examinada, fue 60.000 litros de gas, 100 kilos de agua, 50 kilos de petróleo”, detalló Irureta Goyena.
Contacto en Francia
En 1928, expertos franceses de la compañía Lelarc habían realizado estudios en varios puntos del país pero nada se supo de eso hasta 1959, gracias a una investigación de un arquitecto uruguayo llamado Gregorio Celi, quien trajo al país escritos y mapas de aquella prospección desconocida que afirmaban la existencia de posibles yacimientos bajo la cuenca del río Santa Lucía, y recomendaba perforar en un punto de Pajas Blancas.
Un suelto de página de un periódico uruguayo sin fecha da cuenta de la reunión que Irureta Goyena mantendría con el directorio de Ancap en procura de convencer al ente de realizar aquellas perforaciones recomendadas por los franceses. El dato figura en una crónica de Leonardo Haberkorn publicada en la revista Punto y Aparte en setiembre de 1990, en la que entrevistó a Irureta Goyena, y da cuenta de otras historias pintorescas, como la del diputado del Partido Nacional por Lavalleja, Gonzalo Piana Effinger, "un firme convencido de que había petróleo debajo de Poblado Colón, una localidad minuana por entonces de unos 500 habitantes perdida entre Pirarajá y Mariscala", ya que "en enero en 1960, de una modesta perforación en busca de agua que se realizaba en una vivienda de Poblado Colón, había manado un denso líquido oscuro que se prendía fuego: petróleo".
A mediados de la década de 1950, Ancap contrató al químico Pierre Beraud, quien dijo que en Lavalleja había "napas de oro negro y líquido". Presentó un informe con esos resultados pero todo quedó en nada. Según aquella comparecencia, le rescindieron el contrato y al ausentarse del país manifestó: "No entiendo a los uruguayos; ahora que he llegado a la conclusión de la existencia de petróleo, me piden que tire todo", en otro ejemplo que alimentó las sospechas de conspiración antinacional.
Aquella sesión especial de la Junta Departamental concluyó con Irureta Goyena volviendo a insistir con que las autoridades nacionales dieran la orden de hacer los pozos necesarios, en ese caso, en la sierra del Mangrullo, en la estancia El Águila, convencido de que "allí estará el basamento indestructible de la economía del país, la verdadera recuperación nacional que todos aspiramos". Aquellos intentos del Movimiento Nacional del Petróleo no fueron tenidos en cuenta "y sus actividades dejaron de figurar en las portadas de los diarios y en las conversaciones cotidianas de los uruguayos", finaliza la crónica de La República que bien podría ser la de otra muerte anunciada.
Pero también hubo otros intentos que desembocaron en otros hallazgos, algo decepcionantes para el interés petrolero nacional pero nada desdeñables para otra industria, la que no tiene chimeneas pero fue ganando peso económico, incluso en las discutibles cuentas del Producto Bruto Interno con que los economistas dicen medir el desarrollo de un país.
En la década del 40 del siglo XX, el Instituto Geológico Uruguayo buscó la cooperación con YPF de Argentina como empresa operadora de las exploraciones en la cercanía de la ciudad de Salto. No sin ironía, los argentinos adjudicaron a la vocación uruguaya por el mate el único hallazgo realizado: agua caliente. Aun así, ese fue el origen de las termas del litoral en el Arapey, a tal punto que la exigida perforación de un segundo pozo, para respetar el contrato, terminó generando las Termas del Daymán. Algo es algo.