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Columna destacada | protesta | derechos | Argentina

Defender los derechos

Elogio de la protesta en Argentina

Ninguna arquitectura político-nacional puede ser más relevante y por tanto tener más derechos que los de los ciudadanos a los que contiene.

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Mientras las calles de Buenos Aires aún susurran algo de los cálidos cantos que le imprimieron los centenares de miles de gargantas en defensa de las universidades públicas, los campus universitarios norteamericanos experimentan un histórico movimiento de solidaridad internacional cuya extensión, particularmente hacia Canadá y México, se encuentra abierta, aunque también lo está su definitiva clausura violenta.

En la misma semana, las arterias de Estambul o París se encontraron con miles de manifestantes celebrando el día del trabajo y de sus ejecutores. Los tres ejemplos no tendrían demasiado en común si no fuera porque resultaron la excusa para una nueva escalada del azote bestialista. Cuando manifestantes intentaron superar la valla de la emblemática plaza Taksim, el aire se densificó con gases lacrimógenos mientras el aguijón engrosado de las balas de goma dispersaba a quienes lograron zafar de las detenciones, a diferencia de 210 desafortunados (Al Jazeera).

En París, donde decenas de miles de movilizados se expresaron retomando la oposición a las políticas previsionales de Macron, entre otras consignas, encontraron la amargura de la respuesta retaliativa con un saldo de 54 arrestados (Violence Erupts in May Day Protests in Paris). Sin concluir aún con precisión la cantidad de detenidos en Estados Unidos, se estima que más de 2.500 alientos de dignidad fueron apresados, con posibles consecuencias inclusive para sus carreras académicas. Tanto Amnesty como Human Right Watch han denunciado detalladamente las violaciones a la libertad de expresión y el consecuente derecho a la protesta en estos casos.

Si la magnitud de las acciones de arrasamiento represivo no fuera elocuente, un sorprendente artículo de Serge Schmemann en el New York Times tal vez refleje la significación del movimiento universitario que se está gestando. El autor, miembro del staff directivo del diario, cursó su primer año de carrera de grado en Columbia durante el movimiento contra la guerra de Vietnam en 1968 cuando “los estudiantes -según expresa- estaban divididos entre los rebeldes de pelo largo y los conservadores de pelo corto, con muchos indecisos en el medio”, mientras cree que hoy opone a “estudiantes judíos y estudiantes árabes” denunciando no solo a las fuerzas represivas sino a las administraciones universitarias (en ese sistema no existe el cogobierno) que las convocan. Aunque me resulta ingenua y mecanicista la asimilación de sionistas proisraelíes con judíos, tanto como la resistencia con árabes, no dejo de valorar el infrecuente liberalismo crítico que su pluma exhibe desde el influyente periódico conservador. “Las protestas estudiantiles, incluso en su versión más disruptiva, son en el fondo una extensión de la educación por otros medios, parafraseando la famosa definición de guerra de Carl von Clausewitz” (Student Protest Is an Essential Part of Education). La conclusión que Schmemann extrae luego de relatar con detalle la conformación de aquel movimiento pacifista que logró cuestionar la bélica política exterior de su país fue que aún con heridos físicos por las represiones se instalaba la certeza de que un grupo de estudiantes podían hacer algo contra las aberraciones del mundo o al menos intentarlo. Consideró al fervor como constitutivo de la esencia universitaria. Aquel mismo año -agrego- en que tuvo lugar la primavera antiestalinista en Praga o el mayo en Francia.

Avisado de la posible tentación por magnificar la importancia de los hechos que alientan mis propias convicciones y orientaciones ideológicas, creo no obstante ver en el malestar en el seno de la estructura universitaria estadounidense no solo un despertar humanista, sino de posible incidencia en la política exterior cómplice del genocidio en curso y de transferencia tecnológica armamentista de la masacre que las ocupaciones de los campus denuncian. No pueden hacerlo los estudiantes gazatíes porque sus instituciones fueron arrasadas. Las universidades de Gaza fueron destruidas. Solo para ilustrar, la Universidad Al-Israa fue literalmente implosionada con 315 minas el 17 de enero de 2024. Como enfatiza Júlio da Silveira Moreira en la excelente publicación digital brasileña “A Terra é Redonda” (aterraeredonda.com.br), la continuidad pedagógica en todos los niveles está completamente comprometida no solo por la destrucción física sino por la dispersión forzada de profesores y estudiantes. “Ya en enero de 2024, el Ministerio de Educación de Palestina informaba que 280 escuelas gubernamentales y 65 escuelas administradas por la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA) habían sido destruidas o dañadas por el asalto israelí. Varias de ellas (como Al Fakhoura, Al-Buraq y Shadia Abu Ghazala) fueron atacadas mientras servían de refugio para personas que ya habían perdido sus hogares”. ¿Por qué no considerar también inspiradores los acampes de los campus para el movimiento universitario argentino, ante la política alineamiento automático con EEUU e Israel de Milei?

Michel Foucault analiza brillantemente los cambios del sistema penal desde el suplicio, tan generalizado hasta fines del siglo XVIII, al más moderno, sofisticado y difuso de vigilancia y disciplina, como en las prisiones actuales, entendidas como mecanismos más sutiles y penetrantes de control social. Sin embargo, encuentro cierta pervivencia de la espectacularización docilizadora del dispositivo represivo y el alarmante incremento que trato de subrayar aquí, en el mundo en general y en Argentina en particular. Porque si bien la dinámica actual no llega a los niveles de monstruosidad como el difundido ejemplo de la ejecución de Damiens que describió Foucault, por suplicio debe entenderse el castigo físico del cuerpo junto con la exhibición que infunda terror en los espectadores, de ahí su carácter público. En efecto, la disciplina no solo castiga sino que además normaliza regulando comportamientos.

En Buenos Aires, las prácticas represivas vienen exhibiendo también una escalada aterrorizante. Tomemos un par de casos que creo ilustrativos de lo que acabo de sintetizar. Las amenazas de cierres de instituciones, despidos de trabajadores y desguaces de instituciones culturales se sucedieron desde los primeros pasos del gobierno de Milei. El que aglutinó de algún modo cierta globalidad de la actividad cultural del Estado es el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), llamando a congregarse en el Cine Gaumont, frente a la Plaza del Congreso. A la finalización de una de esas pacíficas protestas, las fuerzas represivas avanzaron violentamente sobre los manifestantes con una finalidad atemorizante y provocativa. Como quedó documentado en la agencia informativa oficial Télam (hoy cerrada por el propio Gobierno), además de registros fílmicos y fotográficos de varios participantes, el abogado Mario de Almeida, quien solo sostenía una bandera de la agrupación a la que pertenece, fue tomado por la espalda, arrojado al piso, sostenido en esa posición esposado, hasta recalar en una comisaría. Sin que se le leyeran los derechos, se le imputa falsamente el delito de lesiones agravadas y resistencia a la autoridad, procesándolo. Para transcurrir el proceso penal en libertad, la fiscal interviniente le impuso la ridícula y demencial prohibición de circular por la zona de detención a 1 km a la redonda. ¿Cómo dejaría de pensar, tanto quien sufre tal mortificación cuanto cualquier observador, en el sonado caso de Geroge Floyd, asesinado por asfixia mediante la rodilla policial en su cuello y espalda? Otro abogado, Matías Darabos, curiosamente integrante de la “Asociación contra la Violencia Institucional”, algo descompuesto, mientras tomaba aire junto a un árbol de plaza en la desconcentración de la marcha universitaria, fue abordado por tres policías que luego de preguntarle si venía de la marcha e insultarlo, lo arrojaron al piso y lo molieron a patadas hasta desfigurarle la cara. A diferencia del primero, fue esposado en el banco de la plaza y dejado allí toda la noche. Cuando en su carácter de experto en responsabilidades institucionales describió la oficina donde sumariar a los agresores policiales Coria, Cantero y Martínez, le abrieron la mochila y le introdujeron algo que los risueños agentes llamaron “florcitas”. La causa cambió de la inveterada “resistencia a la autoridad” a “tenencia de estupefacientes”. La oportuna edición de la Editorial de la Universidad de Buenos Aires (Eudeba) del libro colectivo sobre judicialización de conflictos sociales en Argentina, “La otra Ventanilla”, espero contribuya a alertar sobre estas aberraciones que atormentan no sólo a las víctimas directas como estos dos casos, sino a la sociedad toda en su más elemental derecho expresivo.

Hace un tiempo, en una entrevista, me preguntaron si no creía que el Estado de Israel tenía derecho a la existencia. Respondí que lo único que tiene derecho a la existencia es algo más concreto: la humanidad, y, de este modo, cada uno de los sujetos que la componemos. Tanto el concepto de Estado nación cuanto su concreción práctica es en escala histórica tan reciente e insignificante, y a la vez tan dinámica, que las cartografías que pretenden hipostasiarla están en permanente tensión y rediseño. Lejos de ser natural, perenne o ahistórica, es expresión de una correlación de fuerzas correspondiente a un determinado momento de la historia, o, en otros términos, necesariamente efímera, aunque nos sobreviva. Hasta que las fronteras puedan ser demolidas e inutilizadas y niveles superiores de fraternidad alcanzados, estaremos atravesados por los Estados nación y sus formas de circunscribir la habitabilidad, las ciudadanías. Pero ninguna arquitectura político-nacional puede ser más relevante y por tanto tener más derechos que los de los ciudadanos a los que contiene. Aunque grite goles de Messi o Cavani, no me anima ningún sentimiento patriótico por encima de un derecho humano.

En el ejercicio de la crítica y la protesta no solo se logra visibilidad, sino que a la vez se aporta sentido a la propia existencia.

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