Cuando leí por primera vez Elogio de la locura o Encomio de la estulticia, de Erasmo de Rotterdam, me quedé horrorizada. Tenía catorce años y el título de ese librito delgado, que descansaba sobre el escritorio de mi padre, me sedujo. Lo leí y llegué a la conclusión, con no poca ingenuidad, de que en tiempos del filósofo -quien nació en 1466 y publicó esa obra en 1511- habrían ocurrido ciertos hechos insólitos, nunca vistos por la humanidad.
Hacete socio para acceder a este contenido
Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.
ASOCIARMECaras y Caretas Diario
En tu email todos los días
Mientras dejaba nuevamente el libro sobre el escritorio y me iba al patio mordiendo un durazno (vivíamos por entonces en una chacra), me reafirmé en mi idea. El pobre Erasmo había padecido el infortunio de vivir en una época particularmente desgraciada, llena de gente loca (ya veremos a qué llama locura el autor) que hacía cosas terribles y provocaba en consecuencia todos los males imaginables; y que, ante tamaña monstruosidad, después de mucho lamentarse, desesperarse e indignarse, y aún a riesgo de ser quemado en la hoguera de algún inquisidor de esos que nunca faltan, Erasmo se había sentido en el deber de plasmar por escrito sus reflexiones.
Pasaron los años, mi terca ingenuidad comenzó a mostrar una que otra fisura causada por los golpes de la vida, y entonces empecé a darme cuenta. Todas las épocas son las épocas de Erasmo. La estulticia (estupidez, locura, necedad) se repite una y otra vez, a cada segundo que transcurre, se multiplica en el corazón humano, adquiere formas más o menos escandalosas, porque la locura y la estulticia jamás aprenden de sus propios errores. Y si no que lo diga el infeliz Galileo quien, en 1633, tuvo que abjurar de su teoría heliocéntrica del mundo ante el Tribunal de la Inquisición para salvarse de la muerte, instante en el cual dicen que dijo: “Eppur si muove”.
Me veo obligada a realizar esta larga introducción a propósito de las discusiones que se están desatando en estos días con motivo de la o las fechas de fundación de la ciudad de Montevideo. No se trata de discusiones históricas (pues si lo fueran, bienvenidas serían) sino de pura mezquindad política, de esa política mendaz, manipuladora y artera, que ya ni siquiera guarda la apariencia de la más elemental dignidad, a la que para nuestra mala suerte nos estamos acostumbrando.
Me entero por la prensa de que, hace pocos días, cierto diputado de la coalición elevó a la Intendencia de Montevideo un pedido de informes para conocer “en qué se basa la Comuna para celebrar los 300 años de la ciudad este 2024”. Sin entrar todavía en el fondo del asunto, creo importante destacar el absurdo de semejante solicitud, más propia de una humorada de Carnaval que de un trámite parlamentario. Se pone en entredicho el año 1724, en una extraña y laberíntica interpretación histórica en la que -Dios nos libre- no habremos de incursionar.
Diremos solamente que lo lindo, lo peculiar y hasta lo maravilloso de ese esforzado y accidentado proceso fundacional es que tenemos fiesta para rato. Podemos celebrar y tirar la casa por la ventana, y de hecho deberíamos empezar a hacerlo ya mismo -por las razones que se explicitarán- y continuar haciéndolo de acá al 2026, porque estamos ante un acontecimiento sostenido en el tiempo, y compuesto por sucesivos sucesos (valga la redundancia), que se relacionan los unos con los otros. Es un proceso. Esto puede entenderlo un niño de pocos años. Por lo tanto, la verdadera intención de quienes, con furibundo acento y puño en alto, claman por los consabidos informes, no se inscribe en la platónica búsqueda de la verdad, sino que obedece a la peor de las prácticas políticas, que es la de la manipulación y la obstrucción.
Poco importan a dichos efectos todas y cada una de las peripecias históricas, basadas -les guste o no les guste a nuestros modernos inquisidores- en la más auténtica realidad, o en la cruda rotundidad de los hechos, que están ahí como otros tantos mojones de verdad. La cuestión es poner el palo en la rueda, y si para eso es necesario entreverar la baraja y confundir a la gente, mejor que mejor. Para usar los términos de Erasmo, la pretensión de negar la validez del año 1724 en relación al proceso fundacional de Montevideo, equivale a negar la pura y dura realidad. Y negarla equivale a ignorancia, temeridad, obcecación, ceguera, escasa comprensión, insensatez y necedad. Por eso, bien se ha dicho que Elogio de la locura es un ejercicio de inteligencia lúdica, en la que el filósofo -acaso para no reventar de desesperación- recurre a la sátira, el sarcasmo y la ironía, y se ríe de cosas frente a las que, de otro modo, tendría que echarse a llorar.
En efecto, como expresa ya en el inicio: “Así como no hay nada más tonto que tratar en broma las cosas serias, tampoco lo hay más divertido que disertar sobre las necedades, de tal modo que a nadie le parezca que lo sean”. ¿Y puede haber una necedad mayor que la de negar el propio devenir histórico, a los solos efectos de una gambeteada política?
Pero continúo. Doña Insensatez (protagonista de la obra) exclama, al asomarse a contemplar el mundo: “Si pudiese contemplar desde la Luna el tumulto inmenso del género humano, creería estar viendo un enjambre de moscas y de mosquitos peleando entre sí, luchando, tendiéndose acechanzas, robándose, burlándose unos de otros… Nadie podría imaginar el bullicio y las tragedias de que es capaz un animalito de tan corta vida, pues en una batalla o en una peste se aniquilan y desaparecen en un instante, millares de seres”. Nos dice más adelante el mismo personaje que “desde los tiempos de Gorgias, los sofistas demostraban su ingenio y habilidad asumiendo la defensa de causas imposibles, o pavoneándose de ser capaces de convertir en buena una causa mala”.
En el presente caso, sin embargo, no habrá suerte. Ni el sofista más genial de este mundo será capaz de aguar la fiesta, echar arena en los ojos de los que tienen derecho a saber, esconder los libros y los documentos bajo siete llaves, adormecer a las campanas, acallar los cantos, silenciar los aplausos, enterrar la memoria, ensombrecer y confundir los sucesos históricos, y mucho menos demostrar que en el año 1724 no se inició un humildísimo y sufrido proceso fundacional que habría de desembocar, después de unas cuantas peripecias, en la creación de una ciudad no menos humilde y estoica, a la que se llamará Montevideo. Pero eso es otra historia, de la que nos ocuparemos en futuros artículos.
Te puede interesar
-
- Las nubes pasan y el azul queda
-