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Danza de millones

Fútbol: ¿Por qué los árabes invierten tanto?

En el caso de las inversiones árabes en fútbol, los retornos esperados no son, claramente, económico-financieros, sino más que nada, políticos y socioculturales

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Lector, fueron intercambios telefónicos y de mensajes digitales con Francisco Panizza en Londres los que me decidieron a escribir lo que va a leer. Quizás sumando esas ideas, de autor difícilmente discernible ahora, terminó saliendo esta columna.

La perplejidad inicial podría frasearse así: ¿por qué, en países con muy baja tradición futbolera, se invierte tanto en algo cuyo retorno económico-financiero no parece claro?

El improbable retorno económico por esas inversiones

Porque convengamos que, en primer lugar, muchos de los jugadores y cuerpos técnicos contratados tienen poco valor de reventa, dadas las edades a las que son contratados; de modo que hay una primera esperanza de retorno por la inversión que puede descartarse, y a priori, mucho antes de realizar la inversión.

Del punto de vista económico-financiero restaría especular que los retornos por ingresos de los partidos, la publicidad que pudiera acompañarlos, el merchandising que jugadores y partidos pudieran generar y los derechos de televisación podrían ser pensados como suficientes para las expectativas de los inversores; pues bien, cualquier cálculo tentativo de los ingresos posibles para responder a una estructura de gastos tan fabulosa hace difícil confiar en que entradas, publicidad, merchandising y televisación pudieran compensar el multimillonario desembolso de dinero por los pases, las primas de los contratos y los desembolsos mensuales (al menos) que luego podrían esperar amortización por medio de esos esperanzados medios. Veamos.

El retorno por entradas a los partidos es muy bajo en países muy desiguales y con poca gente con capacidad económica como para asistir presencialmente a espectáculos caros por sus costos y por el glamour a contemplar; agreguemos que tampoco existe ninguna tradición de fanatismo futbolístico que, como sucede en Occidente, pudiera mover a la gente a gastar ‘lo que no puede’ en ir a la cancha. Algún fanatismo de última hora podría hacer crecer la afición, pero no podría llegar a los márgenes de Occidente. Cualquier penca barrial de camellos competiría con ventajas. Sumemos el hecho de que los partidos, equipos y jugadores no son los mismos que en Inglaterra, Francia, Italia, España, Alemania, Países Bajos, Argentina, Brasil o México, como anzuelo.

Con el merchandising les puede ir algo mejor, aunque no tanto como cuando esos mismos jugadores juegan por clubes internacionalmente famosos y en torneos de nivel conocido por exigente y competitivo. Aunque el merchandising se ha vuelto, y crecientemente, global (ya veremos niños de cante luciendo camisetas de clubes árabes o norteamericanos), no vende lo mismo una camiseta de Messi en el Inter norteamericano que una en Argentina, en el Barcelona catalán o hasta del PSG parisino; aunque sí venda y produzca ingresos para los inversores.

Con los ingresos por publicidad y por televisación ocurre algo parecido: por más que se puedan obtener por esos rubros, ni los televisadores ni los publicistas pondrán -o no pondrán lo mismo- para partidos de las ligas norteamericanas o árabes (o chinas, o japonesas, o rusas) que para partidos y torneos en las grandes ligas del mundo, que fueron nombradas antes en esta nota. Sin contar que esos equipos árabes, norteamericanos, chinos, japoneses o rusos se abstendrán sabiamente de enfrentar a los equipos y jugadores de esas grandes ligas porque perderían y, así, perderían el embrujo creado por esos nombres y su publicidad para performances locales; ni jugadores ni técnicos podrían mantener su encanto, frente a las masas presenciales o no, si pierden reiterada y catastróficamente con los grandes del mundo del fútbol; el hechizo publicitario construido sobre la base del pasado glorioso de los contratados se vendría abajo; no pueden, entonces, tampoco, enfrentar a grandes equipos ni en grandes torneos para grandes recaudaciones; perderían más a largo plazo que lo que pudieran ganar en esos partidos por sí mismos, porque la gente vería caer a sus ídolos desde sus laboriosamente construidos pedestales. Esa torpeza de ruptura de la mágica prestidigitación no la van a cometer; pero, entonces, a esa fuente de ingresos pensable no pueden recurrir, porque no comen vidrio, ni cerca.

¿Cuál es el retorno esperado?

Pero, hilando más fino, otros retornos esperados más sutiles, pero no menos relevantes, aparecen en el horizonte simbólico; retornos esperables que hacen caer, una vez más, el obsoleto reduccionismo de la pseudo-sabia frase ‘es la economía, estúpido’. Porque, en el caso de las inversiones árabes en fútbol, los retornos esperados no son, claramente, económico-financieros, sino, más que nada, políticos y socioculturales, como veremos.

En efecto, hay un primer retorno esperado, no muy importante pero de todos modos mencionable, de legitimación política: el prestigio que esos gobernantes inversores adquieren, entre sus súbditos compatriotas y en las masas mundiales globalizadas, por el poder político y económico que ese nivel de gasto y esas contrataciones de superhéroes deportivos muestran.

Hay otro retorno vinculado, éste más bien sociocultural: el llamado ‘sportwashing’ (algo así como ‘lavado por el deporte’). La contratación de grandes ídolos y superhéroes deportivos, y el dominio de instituciones participantes en grandes torneos, con grandes masas de asociados y seguidores, ‘limpian’ simbólicamente el desprestigio que el totalitarismo, crueldad y ajenidad cultural de ciertos gobernantes y sus regímenes ha dejado en tan difusamente cuantificables como seguros grupos de personas en los más diversos ámbitos mundiales. A través del deporte, aspiran a ‘limpiarse’ algunos prestigios y currícula non sanctos; del mismo modo, aunque simbólico más que material, como se ‘limpian’ en el mercado financiero y económico dineros malhabidos en actividades ilícitas (drogas, prostitución, contrabando, tráfico de personas, órganos y armas, etc.). Hasta narcoproductores y narcotraficantes, a través de gestos humanitarios y socialmente necesarios, ‘limpian’ su imagen y se aseguran ciertos mínimos de lealtad en poblaciones donde radican sus domicilios, acopios y ejércitos (i.e. véase la historia de Pablo Escobar o el cotidiano de las favelas cariocas, sino el día a día de barrios periféricos uruguayos actuales). El sportwashing, entre los mandamás árabes, juega ese mismo papel; es el equivalente funcional en lo político y sociocultural del lavado económico-financiero del crimen organizado.

Otro retorno sociocultural quizás esperado: una especie de acción autoafirmativa, de imposición de reconocimiento simbólico, por parte de grupos no dominantes: una especie de ‘yes, we can’ por el cual individuos y grupos subordinados ventilan su éxito dentro de los códigos de distinción socioculturalmente impuestos y consolidados por otros como fuentes de construcción y reproducción de desigualdades. Un ejemplo es la acción autoafirmativa de deportistas y músicos negros. Hay dos formas básicas de reaccionar a los códigos de distinción y prestigio socialmente impuestos por grupos económica o étnicamente dominantes para construir o reproducir jerarquías: una primera es la de rechazarlos y construir códigos alternativos y propios de jerarquización que no acepten los socialmente dominantes impuestos (así son también los códigos de valores intra-carcelarios y de barrios periféricos, ya que estamos; y por eso las jergas, como el lunfardo); pero otra segunda forma es la de, en lugar de rechazar y sustituir códigos de dominación y hegemonía, aceptarlos y luchar por llegar a los primeros lugares en esas jerarquías, subvirtiendo así la instrumentalidad de códigos idealmente construidos para perpetuar su secundarización. El gran cantante y bailarín de soul James Brown, tope en ránkings y multimillonario, se vestía de blanco y andaba en limousines Cadillac blancas; ‘viste, yo te gano hasta en lo tuyo; yes, we can’.

Un último retorno político y sociocultural sutil que puede ser contemplado como lucro por los inversores árabes, probablemente sea un nuevo modo de reaccionar a la hegemonía del Occidente judeocristiano y capitalista-democrático, que quizás esté sucediendo al panarabismo, al neoconservadurismo religioso sunnita y a las jihad islámicas dictadas por fatwas religiosos, modos anteriores de hacerlo. En efecto, desde el primer tercio del siglo XX, el arabismo, y luego el panarabismo, son esfuerzos para reivindicar especificidades etnoreligiosas que no están siendo respetadas en las nuevas divisiones del mundo que ocurren con el cambio del siglo XIX al XX y con la sucesión de imperios que abarcan a Europa y al Medio Oriente en ese entonces. El siglo XXI sustituye esa prioridad por una recurrencia a nacionalismos religiosamente radicados en neoconservadurismos (que rivalizan al reformismo chiita y a quienes aceptan alguna secularización de influencia occidental: Siria, Iraq, Libia); si no hay más remedio que adaptarse a la modernización técnica y tecnológica de Occidente, por lo menos resignifiquémosla desde un ángulo nacional-islámico de resistencia etnoreligiosa. Barrington Moore la llamaría, muy correctamente, ‘modernización conservadora’.

Pues bien, es posible que ninguna de estas dos vías de legitimación y de reconocimiento intentadas haya dado o esté dando los resultados apetecidos. Este nuevo intento, entonces, de mostrar el poder de competir con la hegemonía etno-político-económica del capitalismo y de la modernización globalizante occidentales en su propia salsa, es un nuevo modo de gritar fuerte ‘Yes, we can’, diferente de los arabismos y de los nacionalismos neoconservadores intentados antes para mitigar la secundarización del Islam y de los árabes por parte de las hegemonías occidentales, capitalistas, judeocristianas, democráticas.

¿Que el fútbol es nada más que un juego, que no hay trascendentalizarlo? Usted dirá, lector. A mí no me parece.

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