Hacete socio para acceder a este contenido

Para continuar, hacete socio de Caras y Caretas. Si ya formas parte de la comunidad, inicia sesión.

ASOCIARME
Columna destacada | Redes | tecnofilia | adicción

Cuestión de likes

La adicción a opinar en las redes

Algunos expertos que analizan las conductas humanas frente a las redes ya hablan de “tecnofilia”.

Suscribite

Caras y Caretas Diario

En tu email todos los días

Las redes te ofrecen un tablado gratuito en donde tú expones tus afanes de notoriedad. No es necesario ser un experto o poseer un doctorado en La Sorbonne. Se opina sabiendo y sin saber. Las redes explotan el acentuado individualismo de esta era y lo potencian hasta límites insólitos.

Los inventores de Facebook o Twitter (ahora X) se dieron cuenta de esta pulsión vital alojada en las entrañas del ser humano y en los primeros años de este siglo desarrollaron las plataformas para que todos seamos “más libres”. “Se democratiza la información”, dice un pope de las redes con afán de trascender. “¡Somos más libres!”, exclama otro.

Twitter dice en tu cuenta: “¡¿Qué está pasando!?”, y Facebook te provoca: “¿Qué estás pensando (fulano)?”. Los usuarios ya casi no le damos bolilla a esas invitaciones, pero ellas son el eje de esta historia de búsqueda de reafirmaciones, de no sentirse solos, de que uno pertenece a una tribu que comparte las mismas emociones y que, además, repudia a otra tribu con otras emociones y sensibilidades.

La nueva droga y las tribus

Una adicción puede caracterizarse como “dependencia de sustancias o actividades nocivas para la salud o el equilibrio psíquico. Una adicción es una enfermedad crónica y recurrente del cerebro. Se basa en la búsqueda del alivio a través del consumo o uso de sustancias u otras conductas similares”.

Parece interesante que las redes te invitan a un consumo que puede resultar dañino en tanto tu alma o estado de ánimo depende de la cantidad de horas que interactúas en la pantalla de un celular.

Definamos con mayor precisión las consecuencias de la adicción: el “desarrollo de esta conducta implica para la persona adicta la incapacidad de controlarlo, dificultad para abstenerse, deseo del consumo, disminución del reconocimiento de los problemas derivados de la adicción y en las relaciones interpersonales, así como una respuesta emocional disfuncional. Esto crea problemas en la vida de la persona adicta, mermando su calidad de vida”. Como fumar, como el alcohol, la cocaína o el trabajo (workaholic).

Algunos expertos que analizan las conductas humanas frente a las redes ya hablan de “tecnofilia”. Cuando en el año 2012, el español Manuel Castells, experto en comunicación, escribió su libro “Redes de indignación y esperanza”, para nada percibió la conducta adictiva. Estaba seducido –razones tenía– con la idea de que las redes iban a permitir la emancipación de los “nadies” en un marco de crisis económica y de representatividad. Sin embargo, dice: “El ser humano construye significados al interactuar con su entorno natural y social, interconectando sus redes neuronales con las redes de la naturaleza y las redes sociales. Esta interconexión funciona mediante el acto de comunicar”. Y agrega: “El proceso de construcción de significado se caracteriza por una gran diversidad”.

La realidad y la no realidad

Hay quienes sostienen que la “tecnofilia” produce un divorcio del individuo con la realidad. O sea: su mundo es una pantallita y no hay otro mundo. No parece ser una buena observación en tanto yo construyo –como antes, sin redes– mi propio mundo desde mi subjetividad. Todo en base a un conjunto de elementos que antes también existían: contexto, información obtenida, confianza, fe, creencia, sensibilidad. Ricardo Nieves, experto dominicano, ha dicho: “Rotas las amarras, viento a su favor, el individuo moderno cruzó el umbral de la postmodernidad y, eufórico, transita desde entonces al amparo de nuevas subjetividades, emociones, elecciones, consumos y preferencias. Bajo la provisión endulzante de la mayor revolución tecnológica de la historia conocida”.

Otros entienden –con razón– que las redes permiten “ser escuchados” o “aceptados” socialmente. Por lo tanto, las redes permiten que el ser humano escuche y desarrolle sus antecedentes –sus pulsiones más primitivas– y “ser querido”.

Ahora bien. Nuestra circunstancia cotidiana también nos muestra la “insatisfacción” humana. Esa sensación de “vacío” frente a la única certeza que poseemos, la muerte, nos obliga, aún sin saberlo con claridad, a explorar distintas zonas para “aliviar” el camino.

Lo interesante es que los avatares de la “ansiedad” y la “insatisfacción” antes estaban limitados por una geografía determinada, tanto territorial como afectiva. Antes de las redes, estos avatares vitales circulaban en ambientes restringidos. Las redes lo elevan a un nivel público y allí el “nadie” siente que hay otro como él, ya no se siente solo y no es tan “nadie”. Su “agonía” es compartida. Pertenezco, soy de estos, me siento reconocido, me quieren.

El tablado gratuito se me ofrece como dama deseosa y allí busco tranquilidad. Los médicos te dicen que frente a cuadros de ansiedad o angustia lo mejor es el ejercicio físico, porque libera endorfinas, serotonina, dopamina y oxitocina que equilibran el organismo, como la música o el contacto con el ser amado. Eso genera placer.

En la farmacia está el Alprazolam y el Clonazepam. Y en el celular tenés todo. Sin moverte.

Adicción al odio

"La red tiene la probabilidad de empujar el sentimiento más oscuro, como es el odio", dice el experto Nieves.

¿Hay adictos al odio? Un estudio de la consultora española Llorente y Cuenca (The Hidden Drug, “La droga oculta”) analizó 601 millones de mensajes en Twitter en 12 países. A partir del informe, la consultora reveló que durante los últimos cinco años, en Iberoamérica, la polarización en determinados temas ha crecido un 40 % y la adicción a las redes sociales un 11 %.

El documento reveló que la adicción a opinar en esta red social alcanza el rango de una droga y, las endorfinas y dopaminas -que también generan placer- activan los receptores opioides, provocando comportamientos nocivos para la salud y el ambiente de la conversación digital. Así aparece otra cosa en las redes: “la conversación o comportamiento tóxico”.

“La participación en estas discusiones va despertando ciertos estímulos y sensores en el cerebro que generan un estado de ansiedad y de adicción mayor”, comentó un experto de la consultora española. “No solamente genera un falso sentimiento identitario de pertenencia a algo, sino que también atrae a otros a esa conversación y es un círculo que se va ampliando cada vez más”.

Además, hay “grupos que se van haciendo adictos al conflicto. Van participando cada vez más, de manera más violenta y más agresiva, en esas conversaciones. Por eso hablamos de que la polarización hoy día se ha instalado como la nueva droga en nuestras sociedades”, explicó un experto de Llorente y Cuenca.

El odio –y más si está oculto en un alias (los haters)– está cubierto por esa distancia física y anónima. “A menudo, las personas se sienten más cómodas detrás de una pantalla que en persona, lo que puede llevar a la falta de confianza en situaciones sociales cara a cara”, dice otro experto.

Mientras tanto, ahí está el tablado. Actuamos. Nos subimos y esperamos que nos paguen con aplausos, corazoncitos, que nos alivien la angustia de existir.

Dejá tu comentario

Forma parte de los que luchamos por la libertad de información.

Hacete socio de Caras y Caretas y ayudanos a seguir mostrando lo que nadie te muestra.

HACETE SOCIO