En ese espiral de frenesí retórico, una sociedad sucumbe en favor de la exaltación del odio. La provocación esconde la carencia de ideas y propuestas y la renuncia, o al menos la renuencia, a elaborarlas y someterlas al escrutinio público. Pero aunque parezca una acción individual o de un pequeño grupo, se integra a una estrategia mayor funcional a una élite.
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El odio de las nuevas derechas
Según Bianca Cecchini Murúa, en su texto "Los discursos del odio como estrategia de las nuevas derechas", publicado en el Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos de la Universidad Nacional de San Martín, Argentina, estos discursos no son "un fenómeno aislado sino como un problema social propio de nuestra época" y, por lo tanto, son fenómenos sociales que producen sentido. Y agrega que tienen que ver con un nuevo entorno comunicacional propiciado por el desarrollo de las redes sociales en tanto modelo de negocio (economía de plataformas) consolidado durante la pandemia de covid-19 y la digitalización de la cotidianidad".
En ese sentido, siguiendo los aportes de Silvio Waisbord, con su ponencia en la Universidad George Washington de EEUU, titulada: "Más que infodemia: pandemia, posverdad y el peligro del irracionalismo"; recuerda que una de las características de este nuevo entorno comunicacional "es la competencia por la conquista de la atención del público. Desaparece así la promesa racionalista del debate y la discusión pública y, junto con ella, la verdad como aspiración de construcción colectiva. Ese propósito ha sido reemplazado por una lucha feroz por la producción del espectáculo y la captura de la atención de las personas que aparecen como públicos segmentados".
Tensión y atención
En este nuevo entorno emergen exponentes que solo pueden escalar si se instala la premisa del ataque y se veneran sus actitudes como acciones valientes, aunque exaltan el rencor.
El mecanismo se potencia por la autoestima del que no sabe que su ignorancia refuerza su certeza, a diferencia de quienes son capaces de dudar y confrontan con otras ideas y con la realidad. Esa gestualidad afincada en un orgullo personal del guerrero agresivo engarza con el estado de ánimo tribal que disfraza una vulnerabilidad vergonzante mimetizada en audacia e incorrección, en una rebeldía superficial que la derecha adopta para liberar su agresividad latente e imponer su orden.
Suele suceder cuando se exhibe el rictus feroz de una clase acostumbrada al ordeno y mando pero frustrada ante cualquier desobediencia, revés o avance en los derechos para quienes no los poseían. Su visión sigue siendo tan conservadora que no admite los cambios y pretende restaurar viejos parámetros de un pasado que suele referir a paraísos, aunque para otros fuera un infierno.
Al contrario que anteriores narrativas obligadas a tejer un manto que disimula las complejas formas de dominación mediante un estado de las cosas impuesto como natural y divino, las nuevas narrativas de una derecha desbocada no se esconden. Por el contrario, exaltan su acción de aplastar porque necesita una épica que la glorifique. No hay que olvidar que Hitler tituló su opúsculo "Mi lucha" y las tropas de asalto nazis o los camisas negras de Mussolini ejecutaban un terrorismo, primero paramilitar y después de Estado, a la vista de todos. La violencia en forma de discursos de odio y luego de acción brutal, necesitaba ser puesta en escena para que el miedo pesara más y el verdadero terror pasara más desapercibido.
El cancerbero
En la actual política uruguaya hay un exponente que se mueve con alardes entre la apariencia y lo oculto. El retroceso conservador le entronó en medio de la escena mediática aupado por viejas estructuras partidarias. Cuando un partido político deja que su proscenio sea ocupado por personajes tan limitados, es síntoma de que algo se atrofia. Entonces, lo que prima es el poder del perro, una suerte de degradación en la que se imponen los comportamientos de manada.
La jauría alienta a mostrar los colmillos para agradar al macho alfa que oficia de líder y deja hacer a sus flancos como táctica que refuerza su poder y se reduce su desgaste. Por eso, lanza sus ladridos intimidatorios y avanza con gruñidos amenazantes a cambio de esa protección del que manda y le sojuzga pero premia. Transmutado en elenco de bancada, representa la gestualidad del matón que necesita agrandar su figura con disfraz de omnipotencia corporal o el grosero insulto soez como recurso ante su escaso talento retórico.
Tal deriva orgánica reduce aportes y estrecha posibilidades políticas, pues la defensa de los intereses que se representan queda acotada. Incapaz de ampliar la conquista de un electorado distante, sustituye el esfuerzo por el refuerzo del apoyo de sus propias barras bravas. Crecen adentro pero frenan el crecimiento afuera.
La resistible ascensión
Claro que su arrogancia les lleva a vanagloriarse de pisar fuerte y cantar las 40, lo que les aportó un ascenso sectorial justo cuando el capital se hallaba en fase expansiva gracias a oportunas conexiones ganaderas afincadas en el redituable negocio rural terrateniente. Así se acumulo poder personal a costa de una historia patricia devenida en modus operandi.
En el Uruguay, más de una vez, los ciclos de la economía y de la política coincidieron en auges meteóricos basados en la poderosa estructura latifundista que propulsó histriónicos personajes con léxico popular, arrastrando masas desposeídas del campo y la ciudad detrás de símbolos ruralistas reboleados con un chicotazo furtivo. Hay quienes aún lo añoran y fantasean con ser un epigonal chicote.
Por eso necesita recurrir a esos rituales de cofradía patriarcal con algo de patota. Así, compite en esa ostentación simbólica de estereotipos arraigados en la lógica restauradora de su mundo rural plagado de caudillos con derecho de pernada y clientelismo estatal, mientras una justicia chueca pierde pruebas camino de la impunidad.
Así se exhiben, cada tanto, un conjunto de fetiches gauchescos con cinto y facón, poncho de casimir y sombrero de ala ancha, ornamentos folklóricos que parecen el adorno de una bijouterie de fantasía urbana, propia de su vivir cotidiano en barrio privado o proas selectas a un verde golf, más que de campo traviesa.
En la película El poder del perro (2021) dirigida por Jane Campion, basada en la novela de Thomas Savage publicada en 1967, los personajes de ese curioso western metamorfoseado tienen una apariencia que no refleja lo que realmente son. Viven ocultando un verdadero ser para, según una lógica perversa, sobrevivir en un mundo hostil marcado a fuego por el culto a distintas formas de violencia que ayudan a enmascarar lo que pretenden esconder.
Pero en la vida política de la sociedad, semejante disociación no es solo un problema de trauma individual, termina siendo un síntoma de los condicionamientos de la clase dominante en la defensa de sus intereses, ya sean negocios propios, afanes aspiracionales de algún grupo económico que pugna por ganancias extras o imaginarios sociales que expresan el deseo de conservar privilegios en detrimento de la mayoría, cuando no el delirio de un mundo para unos pocos a su imagen y semejanza.
A contramano de cualquier política, en el sentido terapéutico con que una sociedad puede sanarse a través de exponer conflictos del pasado, para no repetirlos en sus mismas lógicas e intereses en pugna sino en favor de un bien común; lo que se practica es lo opuesto. El futuro se convierte en un deseo, en una pulsión de revancha y venganza ante el supuesto paraíso perdido, siempre en función de restaurar una matriz conservadora.
Perros de paja
En un análisis sobre la película publicado en la web Criticismo, Isabel Sánchez dice que es interesante la construcción que realiza la directora Jane Campion "de un western psicológico e íntimo" porque "a pesar de ser un género relacionado siempre con la masculinidad y actitudes conservadoras, se puede hacer una lectura reveladora de las películas del Oeste". Y aclara su mirada alternativa recordando que al reeditarse la novela de Savage, ya a inicios del siglo XXI, Annie Proulx escribió un interesante prólogo.
El detalle importante que recuerda es que Proulx fue la autora de un relato corto llevado a las pantallas de cine y que daría un vuelco al género western: Brokeback Mountain (2005), conocida aquí como Secreto en la montaña. "El poder del perro es el lado más oculto y oscuro de Brokeback Mountain", afirma Sánchez con particular puntería, desnudando también ese éxodo moral que a veces huye de un agobiante y traumático patrón de masculinidad; así como otras veces se refugia en él para ser admitido en el grupo, en esa jauría desbocada que condiciona la pertenencia mediante una escenificación y disociación constantes. El poder del perro nos recuerda que estos personajes oscuros representan comportamientos que el sistema necesita para la reproducción del orden dominante.
La caída de los dioses
Ante un poder de apariencia omnipotente, como el que hoy exhiben personajes esperpénticos y siniestros que destrozan el frágil orden internacional en favor de su pillaje de recursos y sus juegos de guerra, tan adorados por sus aduladores locales, vale recordar que el mitológico cancerbero, aquel otro monstruo de tres cabezas, indomable y poderoso, fue vencido por Hércules en las puertas del inframundo.
Y también vale saber que, ante este tipo de monstruosidades que apelan al odio como estrategia y remedan al nazifascismo como "la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero",como lo definió Georgui Dimitrov, más que el protagonismo de un héroe mítico individual, es imprescindible construir pacientemente la fuerza social acumulada, un colectivo capaz de enfrentar el odio y erigirse en pos de una sociedad mejor, a pesar de sus propios perros que nunca faltan.