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Columna destacada | lecciones | VAR | Cavani

Mundial

Primeras lecciones de Qatar: VAR, psicosis, grupos       

Todavía no ha terminado el Mundial y ya hay varias lecciones a aprender.

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Caras y Caretas Diario

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Uno, de la ignorancia que hay sobre la reglamentación del VAR y sobre su influencia en resultados y arbitrajes.

Dos, de algunos jugadores uruguayos que han tenido reacciones destempladas y contraproducentes que atestiguan, o bien su baja sanidad psíquica individual actual, o bien la baja sanidad colectiva, influidas por quién sabe cuántos factores mutuamente potenciados.

Tres, de la necesidad de cambiar el formato futuro del torneo, sin grupos que dan cualquier resultado clasificatorio, tan influido por los rendimientos como por los avatares del fixture que tocó en suerte.

Uno. El VAR no cobra, asiste a los árbitros, que sí deciden

Cuando circularon por el mundo las vergonzosas imágenes de Cavani derribando el aparato del VAR en el regreso al vestuario, luego de la eliminación en el grupo H por diferencia de goles a manos de Corea, nuevamente tuvimos indicios de que el equilibrio psíquico de los jugadores uruguayos deja mucho que desear, y de que quizás merecerían terapias individuales y colectivas. Ya Valverde, Bentancur y Giménez, al menos, habían mostrado reacciones psicóticas y contraproducentes en varios momentos de los tres partidos disputados. Mientras escribimos esto, aparece el asunto de los insultos y codazo de Giménez a un oficial de Fifa, nuevos insultos de Cavani, y se agregan de Muslera y de Godín. Sigue la jauría desbocada y desmadrada en su regreso pos-Tabárez, que lo había superado. Pero que Cavani, más experimentado y en general más mesurado, haya cometido ese doble error, de concepto y de equilibrio psíquico, refuerza la pésima impresión que ya teníamos sobre el estado psicosocial del plantel deportivo y del grupo humano uruguayos, recargados no solo por desmesuradas expectativas deportivas sobre sus hombros, sino también soportando la pesada carga de las ejemplares derrotas de Artigas, los ejemplares triunfos de Nasazzi, Obdulio y el Tito, el sobretodo de Batlle, el poncho de Aparicio y las barbas verde oliva cubanas. O no están tan bien continentados como están en sus clubes o bien no están tan contenidos como estuvieron en la era Tabárez, que se preocupaba especialmente por eso; al mundial juvenil de Malasia, Víctor Púa llevó, exitosamente, un psicólogo deportivo para contener esa desbocada agresividad de los tan incitados jugadores azuzados por mil factores, actuales e históricos acumulados.

Error enorme de concepto en Cavani, y que induce a error a muchos que sigan su ejemplo; porque el VAR no cobra ni decide: son los árbitros los que lo hacen, antes de la intervención del VAR y después de ella. Si Cavani tenía algo que objetar al arbitraje, y tenía motivos para reclamar del penal que podrían haberle cometido sobre el fin, nada tiene que ver el VAR con esa decisión tan discutible y que podría haberlo ofendido y perjudicado tanto, individual y colectivamente.

Por las dudas y de entrada, aunque no focalizaremos eso en esta columna, digamos que son perfectamente reclamables la sanción del penal a Rochet y la no sanción del penal a Cavani; podría sostenerse que Uruguay resultó perjudicado; pero no que fuera robado, porque el penal de Rochet podría haber sido tal, y el hecho a Cavani podría defenderse como un puro choque de juego sin intención de nadie u otras hipótesis. Lo que es seguro es que no se puede afirmar como ‘robo’ ni tampoco reaccionar del modo cómo lo hicieron, que no resultaría en nada, salvo en más perjuicios para los jugadores, la celeste e inclusive para los clubes extranjeros donde juegan. Jauría de perros cimarrones rabiosos decíamos en la columna anterior, hablando del partido con Portugal. Confirmado, por todo lo sucedido después contra Ghana. Pese a reconocer que cualquiera puede sentir esos fallos arbitrales como adversos y posibles responsables de la eliminación de Uruguay, no veo ni las razones ni la motivación por la cual FIFA podría querer que Ghana o Corea clasificaran en lugar de Uruguay, que tiene ‘nombres’ mucho más comercializables para el torneo. Uruguay pudo haber sido perjudicado, pero no entiendo la posibilidad de su intencionalidad. Y mucho menos que fuera producto del VAR. En fin… sigamos con el tema iniciado: la equivocada responsabilización del VAR en los fallos arbitrales.

El VAR puede intervenir: a. a iniciativa propia con motivo de goles, expulsiones y penales; b. a solicitud del árbitro principal de campo para mejorar la seguridad de sus decisiones, solicitud que a su vez la pueden haber hecho los jugadores al juez. Pero, en ninguna de las dos hipótesis, el VAR ‘cobra’ ni ‘decide’ el fallo arbitral; la decisión siempre es del juez principal de campo, tanto del fallo inicial al que el VAR contribuye después, como de la decisión final tomada luego de la intervención del VAR. Como su nombre (VAR) lo indica, es un ‘asistente de video del referato’, con intervenciones automáticas en los casos de goles, expulsiones y penales, y con intervenciones a solicitud del referato en otras incidencias.

En todos los casos, el Var proporciona acceso a una descripción visual del juego que es infinitamente mejor que la que da la mera óptica de los árbitros de campo; el VAR hace en fútbol lo que las fotos (photo-finish) de las llegadas en atletismo, los sensores de contacto del borde de las piletas y las cámaras subacuáticas en natación, el VAR en tenis, los sensores en la vestimenta de la esgrima, etc. La humanidad ha conseguido mejorar tecnológicamente su percepción sensorial mediante los lentes para los más distintos fines, así como telescopios para los macromundos y los microscopios para los micromundos; tiene aparatos para sordos y para quienes precisan oír sonidos naturalmente inaccesibles; guantes para evitar quemaduras y cortes, etc. Ninguna de estas tecnologías altera la esencia humana; al contrario, esa capacidad de mejorar su equipamiento sensorial natural ‘es’ parte de su esencia, y de su superioridad, en algunos aspectos, respecto de otras especies vivas que no pueden trascender ni su ambiente dado ni sus equipamientos dados para adaptarse a él. Esa superación de los medios aptos para cumplir con una necesidad (i.e. de definir un ganador) o para reconocer el grado de cumplimiento de una condición (i.e. si esa pelota entró o no, si ese jugador golpeó o no) es específicamente humana y distintiva respecto de todos los otros seres vivos. Los árbitros reconocen, como corresponde a cualquiera que piense en eso, que el VAR ve mejor el partido y sus incidencias que su mera visión individual, sin aparatos, en movimiento, y tapado por jugadores; por eso mismo los árbitros que no son megalómanos, cuando el VAR interviene o se le pide que lo haga, si perciben discrepancia entre su visión pre-VAR y la del VAR, eligen la de este, no porque este se la imponga, sino porque él elige, como debe ser, la visión de una multitud de cámaras fijas por sobre su visión individual única, en caliente y perturbada.

Bueno sería que un juez de llegada en atletismo dijera: “a mí qué me importa lo que me muestra el video; yo soy el juez, vi ganar a fulano y lo declaro ganador; el photo-finish es inhumano, altera la esencia del deporte”. Más o menos ese absurdo cometería el árbitro que descartara las imágenes del VAR, múltiples, que puede utilizar y manejar, repitiendo, deteniendo, aumentando, en desmedro de las que tuvo fugazmente en su retina. Quien diga que el VAR viola la esencia de algún deporte y que minimiza la decisión del árbitro niega la tecnología humana que ha mejorado sus sentidos, niega sus contribuciones a la mejor precisión, objetividad, neutralidad y justicia de los fallos, niega que los jueces puedan fundar mejor sus decisiones, que puedan ayudarse del VAR para cobrar mejor y aliviar la responsabilidad por sus decisiones. Es un inmenso progreso, específicamente humano, al que hay que adaptarse y que, claro, puede equivocarse y conducir a errores, sí, pero mucho menos que lo que sucedería sin él. A lo que hay que dedicarse es a perfeccionar su uso, no a negarlo por sus perfectibles imperfecciones, y sacralizar así la tan inhumana conformidad con el equipamiento sensorial original y natural, negando la capacidad humana para mejorar su equipamiento, lo que es ‘naturalmente’ parte específica de la naturaleza humana. Un ser humano que negara por inhumana la mejoría tecnológica de sus capacidades y habilidades sensoriales sería un oxímoron viviente, una contradicción viva, alguien que niega su esencia afirmando que la protege y venera. Un mamarracho viviente, irracional, ignorante, irreflexivo.

Pero este es solo un primer aspecto del error de Cavani al derribar el aparato volviendo al vestuario. Hay otro error muy importante que desarrollaremos en el próximo subtítulo: el del absurdo estado psíquico de al menos algunos jugadores uruguayos, que merece explicación y eliminación a futuro; por intrínsecamente indigno, por deportivamente contraproducente y por nacionalmente tóxico. Pero, antes que eso, déjeme agregar que la FIFA haría muy bien en multar a Cavani y/o a Uruguay por esa salvajada; son aparatos tecnológicos de última generación, probablemente muy costosos, y no se debe permitir que el lujo atractivo de los objetos de los estadios sea atacado por desorbitados salvajes cuando les va mal en las canchas.

Al menos Valverde, Bentancur, Giménez y Cavani ‘como locos’

Le voy a mencionar solamente los episodios más espectaculares en los que me baso para decir lo que diré, aunque cometieron más al final del partido con Ghana: uno, la continua búsqueda de los tobillos rivales por Rodrigo Bentancur contra Portugal, sin la menor necesidad, quizás con la intención de intimidar a los adversarios, como en el campito, con lo que pierde concentración en sus grandes condiciones creativas, lo que lo llevó a la tarjeta amarilla que lo condicionó en adelante y que motivó su exclusión en el segundo tiempo contra Ghana para reservarlo para el encuentro siguiente, que parecía muy probable entonces; dos, en una jugada inocua en un lateral de la cancha, José M. Giménez trancó y revoleó por el aire a su compañero del Atlético de Madrid João Félix, y no fue expulsado inexplicablemente (para que no se diga que los árbitros y el VAR nos perjudican). Tres y cuatro. Valverde, en otra jugada inocua, cerca del final del partido con Corea, quitó la pelota de un coreano en el césped y gritó histéricamente la jugada, de modo tan injustificadamente furioso, que el coreano, normalmente poco expresivo, se rio del exabrupto catártico del uruguayo. Contra Ghana, Valverde le gritó los goles uruguayos prolongadamente en la cara al juez a pocos centímetros, muy probablemente como desubicada ‘venganza’ por el penal que había cobrado y que Rochet detuvo (de nuevo, el juez, se sorprendió tanto del absurdo que ni lo amonestó ni expulsó, como debió hacer con él, con Giménez y quizás con Bentancur). Y para peor, mientas empezábamos a escribir esto, aparecen las sanciones, sumadas a esas cuatro ‘locuras’, a Cavani, Giménez, Godín y Muslera por otros exabruptos patoteros patrioteros.

Pues bien, sumémosle a estas jugadas lamentables todas las declaraciones de jugadores que, previamente al partido con Ghana, afirmaban que el grupo, otra vez más, iba a superar los pronósticos adversos; aunque después no los superaron como prometieron. Y entonces, otra vez también, tuvimos que oír el verso siguiente, de que ‘estamos tranquilos porque dejamos todo’.

Esa sucesión de un discurso resentido de víctima que superará todo, seguido, cuando no se supera, del segundo mantra del dejar todo, personalmente, me tiene ‘podrido’. El fútbol se trata de un juego al que hay que jugar bien, disfrutar y ganar, como en todo juego deportivo; no es un juego con termómetro de sacrificio moral, no gana el que deja todo ni se debe apuntar a eso; ni se debe subrayar eso porque implica que los otros no dejan todo y que no se puede ganar, y en cambio refugiarse en el mérito moral. El fútbol uruguayo, lo que debe tender a hacer, de una vez por todas, es jugar ‘bien’, ‘disfrutar’ del juego, y ‘ganar’ como resultado de jugar bien y disfrutarlo. Porque actualmente ni juegan bien ni disfrutan, sino que luchan y ‘sufren’ la tensión y las desmesuradas expectativas que concitan; y tampoco ganan como querrían y como se les ‘exige’ tóxicamente. En lugar de jugar, disfrutar y ganar, luchamos, nos estresamos y no ganamos, por lo cual tenemos que pegar y ‘ganar de boquilla’.

Deseo fervientemente no oír más el discurso de que les vamos a ganar ‘pa’ los contras’ y después, cuando no ganamos, que ‘estamos tranquilos porque dejamos todo’ (siendo obvio que no se quedaron tranquilos, para nada). Este discurso llorón, resentido y perdedor es psicosocialmente despreciable; peor aun si ‘dejar todo’ significa agredir sin motivo a los adversarios, agarrársela con el juez en la cancha (solo llevamos las de perder con la motivación del juez a futuro, y amonestación o expulsión posibles) y con el aparato del VAR afuera. Todo esto le hace mal a la imagen del país en el exterior, tanto o más que el pasaporte de Marset y los negociados de Astesiano. Y prolonga la animadversión de FIFA contra aquel Uruguay de los 90 que tenía fama de salvajismo en las canchas, lo que fue revertido paciente y explícitamente por Tabárez; las sanciones a Suárez atestiguan que la inquina de FIFA contra Uruguay no se pudo extinguir; y ahora resucitará con mayor fuerza con las sanciones que se nos vienen. Se puede ‘meter’ sin agredir (muchos países lo hacen y Uruguay lo ha hecho también), y no hay por qué tener que revertir siempre la mala imagen que se tiene de nosotros. Vamos a dejarnos de jugar para los contras (más bien busquemos no tenerlos), de dejar todo sin ganar, y tratemos, en cambio, de jugar y ganar de modo lícito y de fijarnos en los medios usados para hacerlo, aunque más no fuera por conveniencia, mejor si fuera por convicción.

Pero, ¡ojo! Con esto no nos estamos pronunciando sobre los penales ni sobre las posibles sanciones de la FIFA, extremos que ameritan una columna especial; solo estamos proporcionando el marco psicosocial y cultural para entender buena parte de esas conductas uruguayas, más allá del grado de razón que les asista en cada caso concreto, que existen en grado variable. Uruguay puede haber sido perjudicado, aunque no robado, y sobresancionado injustamente, aunque no injustamente sancionado, como ya ocurrió con Suárez (estuvo bien castigarlo, pero no tanto ni de esa manera)

Ahora bien, ¿por qué pasa todo eso? En columnas anteriores de Caras y Caretas hemos enumerado dos razones: una, la historia del país, cuyo orgullo identitario fue recayendo paulatinamente en los triunfos deportivos, en especial los futbolísticos, lo que coloca el listón muy alto para obtener el elogio, y una vara muy baja para temer la crítica; entonces, es más fácil procurar evitar la crítica (pa’ los contras, dejamos todo) que conseguir el elogio, y jugar para evitarlo (técnicos y jugadores); el resultado es jugar con un complejo de inferioridad que la capacidad de los jugadores no parece justificar; dos, además de la altura diferente del listón a superar para ser elogiado o criticado, la importancia del triunfo deportivo para el orgullo identitario carga las espaldas de los jugadores con las derrotas moralizantes de Artigas (base legitimante de los discursos pa’ los contras y de dejar todo), con los triunfos liderados por Nasazzi, Obdulio y el Tito, y con los símbolos del sobretodo de Batlle, del poncho de Aparicio y la barbada boina del Che.

Los jugadores uruguayos necesitan lograr más que ningún otro para conseguir autoestima y aprobación de sus grupos de pertenencia y masivos (Brasil y Argentina tienen en parte este problema también). Ningún otro jugador del mundo carga con tantos pesos y demandas que perjudican su rendimiento en lugar de incentivarlo; el constante recuerdo de sus ancestros gloriosos y de las expectativas depositadas en ellos es claramente paralizante e irritante, promotor de ilicitudes y desilusiones, no es para nada inspirador como se pretende; el llanto y conceptos vertidos por Suárez luego del partido con Ghana son paradigmáticos de esa sobredramatización del fútbol que cultiva Uruguay (especialmente la prensa) y que paraliza o excita excesivamente a los jugadores, perjudicando su rendimiento de modo general. Esa tensión obsesiva y ansiosa (psíquicamente desbocada) lleva a la violencia física y a la imprecisión técnica; y a declaraciones de telenovela melodramática para compensar desazones. Una de las tareas a futuro para mejorar rendimientos será ‘desdramatizar’ el fútbol, tarea que ya hemos focalizado como prioritaria junto con el maestro Tabárez desde hace más de 20 años; aunque sea una tarea para Hércules porque, para la prensa y para la gente, ser cuartos en el deporte más importante del mundo siendo un país pequeño ha sido asombrosamente despreciado como fracaso, notablemente en los mundiales de 1954 y de 1970; solo ser finalista satisface, siempre que se encuentre chivo expiatorio si se perdiera; y así es muy difícil jugar bien, cultivar autoestima y recibir prestigio. Porque si hay sobrerreacción de los jugadores es porque hay sobredemanda y sobreautoexigencia sobre ellos. Y eso perjudica hasta el juego mismo. Si me permite decirlo técnicamente: porque desmejora la psicomotricidad fina, con el efecto de disminuir la precisión técnica y el autocontrol emocional.

Si un país, sus barrios y sus familiares dependen, para su felicidad, de lo que sus familiares futbolistas, sus colegas de barrio jugadores, sus compatriotas futbolistas consiguen, a imagen y semejanza de sus míticos ancestros sobredimensionados, estamos fritos, y condenados casi que a la infelicidad fuera de las canchas, y a la histeria permanente dentro de las canchas; esa cabeza hay que cambiarla; de lo contrario, habrá que tener psicólogos del deporte permanentes, que fue una de las cosas que permitió a los juveniles de Malasia conjurar esos demonios y fantasmas y ser vicecampeones mundiales juveniles.

Y para cumplir lo prometido, y breve, porque el espacio se termina.

No hay que jugar más con grupos eliminatorios de pocos

El fútbol tiene dos modalidades básicas de enfrentamiento: uno es el enfrentamiento mano a mano, frente a frente, uno contra otro, eliminativo, que en caso de empate define ganador o clasificado por un alargue y/ penales; el otro es poner a los diversos equipos en series en que juegan todos contra todos, en campos neutrales o alternadamente como local y visitante, dar 0, 1 o 3 puntos por juego, y campeona el que sume más al final de la serie de partidos. En muchos países hay un torneo de eliminación y otro en grupos, por ejemplo en Brasil y en Inglaterra; el Brasileirão se disputa en grupos y por puntos; la Copa do Brasil es eliminativa de a dos, uno contra uno (‘mata-mata’); en Inglaterra el eliminativo fue el inicial, y aquel por series posterior; en Brasil fue cronológicamente al revés. En Brasil, hay una Supercopa, partido que juegan los ganadores del Brasileirão y el de la Copa do Brasil por el título máximo de 2022 (en enero de 2023 lo juegan Flamengo y Palmeiras).

Hay equipos mejor dotados para uno u otro tipo de competencia; los uruguayos son mejores para los partidos eliminatorios que para las disputas en largos grupos. Pero la competencia en grupos tiene sentido cuando son muchos los participantes de los grupos, de modo que quien acumula más puntos a través de la multitud de partidos entre diversos equipos y en diversas canchas acredita ser el mejor en esas condiciones. Cuando los grupos están integrados por pocos equipos, como en los mundiales en que son cuatro (o sea que cada uno disputa tres partidos y disputa 9 puntos), el desarrollo premia tanto la suerte que tuvo en el sorteo del orden de los partidos como su capacidad deportiva. ¿Por qué? Veamos, con el ejemplo de los grupos de 4 equipos de este mundial, que acaban de terminar.

Uno. El primer partido, porque puede producir ansiedad por puntos, se juega en general muy prudentemente, con poco ataque, conservadoramente, resultando muy aburrido.

Dos. Porque el último partido, el tercero, muchas veces desvirtúa completamente el resultado del grupo como índice de la valía de los equipos. Porque si hay un equipo ya clasificado, por ejemplo si ganó los dos primeros, entonces descansa sus mejores jugadores, o los que están tarjeteados, con el efecto de que hay equipos que se benefician porque juegan contra conjuntos debilitados que reservan jugadores y juegan con suplentes que nunca han jugado como equipo. Y se perjudican los que jugaron contra titulares de ese mismo equipo que ahora reserva jugadores, mientras jugaron con titulares contra los otros dos. El resultado puede beneficiar a los que les tocó jugar contra el mejor cuando juega con suplentes, al punto de que puede variar la clasificación del grupo, ya que alguno enfrentó al mejor contra sus mejores jugadores y con juego de equipo, y otro contra suplentes sin juego conjunto. Si no se conforman grupos con más equipos, estaremos condenados a primeros partidos aburridos y a últimos partidos que pueden fabricar una injusticia y una clasificación injusta por beneficiar a aquellos que juegan ante suplentes en comparación con aquellos que enfrentaron a titulares. Hay que eliminar los grupos de cuatro países que han provocado en cada torneo, tanto aburrimiento e injusticia.

La seguiremos con los exabruptos de los jugadores y las sanciones FIFA, lector.