Tiene menos gracia, lector, pero para los que no entendieron la ironía de esas conocidas expresiones en inglés, digamos que a la expresión ‘el modo de vida americano’ lo transformamos en ‘el modo de muerte americano’ y al ‘sueño americano’ lo cambiamos en el ‘infierno americano’. Las dos ironías aluden al modo tan exclusivamente norteamericano de vivir/morir en un infierno (más que sueño) en que las masacres autoinfligidas hacen muchísimas más víctimas que en cualquier otro lugar del mundo, lo cual convierte al cotidiano en un infierno de competitividad desenfrenada con sus daños colaterales, de multi-discriminación, de miedo a tener que participar en conflictos bélicos que produzcan multi-mutilados y suicidógenos veteranos de guerra arrepentidos de su incursión militar, de miedo a que Rusia decida usar su superioridad nuclear, de miedo a ataques terroristas exógenos, de miedo a las masacres endógenas.
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Todo esto viene muy a cuento para reflexionar sobre las causas profundas de masacres que se producen hace muchos años crecientemente, lo cual ha dado lugar a un debate, excesivamente partidizado, entre gente que no se anima a enfrentar las causas, raíces y motivos profundos de las masacres endógenas. Empezaremos por considerar las medidas que están en el tapete político, importantes aunque no toquen las causas; ya hay parlamentarios que han dicho, -abandonando su papel de avestruces con su cabeza bajo tierra que deciden ignorar el peligro inminente por la vía de su negativa- , que hasta que no se averigue el ‘porqué’ (why) no se estará en el camino de las verdaderas soluciones; porque, como en toda la problemática de la ‘seguridad’, sin un diagnóstico profundo, las llamadas soluciones no serán más que palazos de ciego.
Armas, salud mental, seguridad educativa, crisis moral
Esos son los 4 temas alrededor de los cuales se ha caído, tanto para intentar explicar las masacres y su inmensa superabundancia en EEUU, así como en el recetario de soluciones. Debate que queda en la superficie y con la lógica técnica avasallada por la partidización de medidas y argumentos.
Armas y salud mental. Es casi obvio que, cualquiera fuera la problemática profunda que desata la tentación de resolución violenta de conflictos individuales o colectivos, sin el acceso legal a la compra de armas de ataque bélicas o a su transformación en tales, con su tenencia y uso ofensivo legitimado por un derecho constitucional a la defensa, ninguna patología o conflicto terminaría en las masacres vistas. Ya es un lugar común, producto de la investigación reiterada, que las armas supuestamente adquiridas para la defensa personal o colectiva terminan siendo usadas (en 9 de cada 10 casos) por sujetos inesperados, mal preparados o con motivaciones de ataque o suicidio.
Y la salud mental, como veremos, no es peor en EEUU que en otros países, pero la frecuencia de las masacres sí lo es, por lo que la salud mental de los agresores no es una diferencia específica que pueda explicar la mayor frecuencia de los ataques en EUU; aunque sí podría serlo la disponibilidad de armas bélicas masivas, orgulloso patrimonio de una nación de cowboys y soldados dentro y fuera de fronteras; que ahora, para evitar la opinión pública afectada por las ‘bajas’ de guerra y el peligro de sus veteranos mutilados, psicotizados y arrepentidos, agreden por intermedio de otros, victimizados y sacrificados, a sus enemigos: es el modelo del conflicto de Ucrania, cordero sacrificial de una guerra de EEUU-OTAN-UE contra Rusia, con mensaje de advertencia a China. En EEUU no hay índices de salud mental patológico-agresiva mayores que en otros países, pero sí hay mucho mayores índices de agresividad, y letal.
Pero tampoco las armas se compran, acondicionan ni disparan agresiva y masivamente solas; las masacres por armas de fuego como causa material, objetiva, requieren causalidades subjetivas también: intencionales, motivacionales, de causalidad eficiente y final. Ni la salud mental sola ni las armas solas, factores necesarios, son suficientes como para dar lugar a las abundantes masacres conocidas. Los demócratas se concentran casi solamente en la causa armas, los republicanos en la salud mental; ninguno conseguirá reducir las masacres, con esa simplificación obtusa, militante y electorera.
Alguna razón tienen quienes argumentan que en una nación de 350 millones de habitantes no se les puede conculcar el derecho constitucional a la defensa armada a casi todos por las acciones psicóticas de unos pocos, por más que produzcan algunos cientos de víctimas; habría que mejorar la salud mental, la vigilancia policial, la moralidad colectiva; y quizás armar a los docentes y a los salones de clase (esto último es un disparate práctico: ningún docente estará preparado puntualmente como para defenderse frente a un agresor preparado; ni las armas podrían estar tan a mano como que su uso para otros fines ofensivos no fuera un peligro mayor que sus supuestas ventajas defensivas).
También es cierto que la recomendada mayor vigilancia en los centros educativos no sería tan necesaria como sobreabundante, quizás solo bastaría que no fuera tan pusilánime y pésima como en la última masacre tejana, donde había 19 policías inactivos durante la masacre perpetrada por un solo sujeto. La propuesta de Trump de revisiones con detectores de metales en todos los muchos miles de establecimientos educativos, una locura de costo y tiempo perdido para gente que puede acceder por múltiples lugares (salvo que se convirtieran en fortines militares, excesivo para la frecuencia relativa de las masacres, en un país enorme geográficamente y con 350 millones de residentes).
Las causas profundas del infierno cotidiano yanqui
Puede ser cierto que las psicosis agresivas capaces de desencadenar masacres, con armas y vigilancia fallida, no sean más abundantes en EEUU que en otros lugares que no sufren tantas masacres. Entonces, si la disponibilidad material, objetiva, desencadenante, de armas de ataque masivas no fuera condición necesaria y suficiente como para provocarlas, y se necesitaran factores subjetivos necesarios sumables a los materiales, y si la salud mental no lo fuera el factor subjetivo diferencial, ¿qué factores podrían explicarlas?
¿Qué factores que les cuesta tanto descubrir, o más bien reconocer, factores que son objeto de una explicable ‘negación colectiva, porque su reconocimiento casi implicaría un estruendoso fracaso de su tan idealizado como exportado ‘modo de vida americano’, anclado en la accesibilidad del ‘sueño americano’?
Este es el punto al que apuntamos ahora: al cruento fracaso del sueño americano y de su modo de vida, que lleva a la agresión militar exógena como modo de exorcizar la pérdida de sus liderazgos globales; y al también cruento fracaso de su satisfacción vital cotidiana que, a través de fracasos, desilusiones, envidias y resentimientos económicos, sumados a carencias de reconocimiento socio-cultural, suscitan esos niveles de miedo y odio tan agresivos que terminan en agresiones exógenas en el mundo y en autoagresiones endógenas locales.
Quiera imaginar, lector, la experiencia de los combatientes que creen que dan su vida por ideales de democracia, libertades y derechos, y que, una vez en el combate real se encuentran con espionajes, sobornos, torturas, masacres, abusos, destrucción de democracias, defensa de autocracias, la guerra como negocio del lobby industrial armamentista, como hipocresía político-ideológica, cínicamente alardeado en la confidencialidad íntima del cotidiano cruento. Y por esas razones reales, tan diversas de las cacareadas y creídas por los jóvenes recluta, se abandonan estudios y familias, se pierden amigos o pedazos de cuerpo en combate, se hacen cosas inescrupulosas e ilevantables en el fragor bélico. ¿Cómo vuelven a casa? ¿Cómo no van a volver psicotizadas y suicidas, si tienen vergüenza de comunicar verdades duras en medio de un entorno que idealiza a quienes dudosamente se sienten ya héroes de una nación heroica, idealista y desinteresada?
Un poco más complicado es entender cómo desfavorecidos étnicos, religiosos, nacionales, raciales, fracasan en su intento de vivir el sueño a través de un cotidiano, de un modo de vida de calidad, al contrario de lo que vivían en un medio natural. Los inmigrantes y, en especial, las generaciones posinmigrantes deben enfrentar inconvenientes que no eran parte de la propaganda del sueño y del modo de vida americanos.
Por ejemplo, imagine usted a un inmigrante que piensa mejorar su vida emigrando: piensa que ‘es’ alguien, con su pertenencias y sus referencias socioculturales sólidas y perennes, pero a quien el falta ‘tener’ más, emigra para sumarle a su ‘ser’ un ‘tener’ que le parece inaccesible en su lugar de origen, y sí factible en el de destino. Pero esta adición del ser con el tener no se cumple, porque para tener sacrifica su ser, y eso no lo esperaba: ahora ‘tiene’ más, sí, pero ‘es’ menos; es secundarizado y discriminado por lo que es; compra auto lavando baños y eso lo hace tener más pero ser menos, comparado con el resto de la sociedad; en su lugar de origen tenía menos, pero era más; ahora tiene más, pero es menos. Y muchos sienten muy duramente este inesperado revés de aquellos que creían que era solo cuestión de emigrar para sumarle bienes y servicios a su ser sociocultural. No pasa eso: el sueño americano, consumista-capitalista, jerarquiza por el tener, pero también por el ser; el inmigrante está más deprivado relativamente que en su lugar de origen: ahora está desigualado por su tener y por su ser: vale menos, por lo que tiene diferencialmente menos, y por lo que es, que lo enorgullecía y ahora lo avergüenza; doble discriminación negativa ahora, por su ser cualitativo y por su tener cuantitativo. Este derrumbe del sueño a través de un cotidiano doblemente discriminado, en que pierde el orgullo de su ser sociocultural y se siente secundarizado frente al mayor tener de otros, puede ser una fuente, como decía Durkheim, de una culpabilización propia o de una culpabilización externa por el insuceso. Axel Honneth, brillante 3ª generación de la Escuela de Fráncfort, estudia muy hegelianamente la ‘lucha por el reconocimiento’ cualitativo simbólico, sociocultural, como tan o más importante que la igualación cuantitativa material socioeconómica. Sería una larga descripción, pero intuible, cómo se generan envidias y resentimientos, que pueden derivar en autolesiones psíquicas, o en lesiones a otros, encarnaciones puntuales de un culpable genérico a quien castigar o de quien vengarse. Imagine el lector, el trauma (muy bien estudiado en los inmigrantes árabes de las excolonias norafricanas francesas) de un joven hijo de inmigrantes que secundariza (y conflictivamente) el patrimonio sociocultural de sus padres porque debe adaptarse a un nuevo medio en el que deberá vivir y que no lo valoriza. Se juega por los valores del nuevo medio, choca con sus padres, pero tampoco será considerado un igual por los locales; se siente mal frente a su ascendencia, que lo considera un renegado cuando ellos se refugian en sus tradiciones, y también por los nuevos actores locales, para quienes tampoco ‘es’ igual. Una solución perversa es la de postularse como líderes de bandas criminales o semicriminales para ganar estatus de algún modo.
El sueño americano les miente sobre la posibilidad de igualarse por el esfuerzo; no es cierto, porque tendrán ‘más’ en absoluto pero estarán más relativamente deprivados (lo que es más criminógeno que la deprivación absoluta, según abundante criminología); y ‘serán’ menos, tan disminuyente como el tener menos, según el gran estudio de Honneth. No acceden al sueño americano y se sumergen un cotidiano que es más infernal que soñado. Si se analizan las pertenencias étnicas y culturales de los autores de las masacres, seguramente serán parte de algún gueto, porque la asimilación de inmigrantes no es en EEUU como la uruguaya, con ciertas diferencias, pero integrables. En EEUU las expectativas son altas, pero no se vive el sueño soñado y se sufre en un modo de vida cotidiano que acumula las diferencias de ser, cualitativas, y de tener, cuantitativas, en multi-crisol de psicosis y complejos, además frustrados, que como decía Durkheim, se pueden autoculpabilizar del fracaso, culpabilizar a otros. Puede haber ejemplares mixtos, con una fuerte dosis de daños psíquicos pero que los intenta lavar agrediendo inocentes y en masa, porque no ubica responsables individualizables, no entiende bien lo que le pasó y pasa; el ataque indiscriminado lo muestra. En EEUU tampoco entienden esto, o no lo quieren entender a aceptar; es demasiado fracaso de todo un marketing y propaganda masivas. La decadencia del liderazgo global lo metabolizan produciendo oculta agresividad; la decadencia de sus eslóganes socioculturales también, solo en sus extremos pero con suficiente letalidad, la resuelven agresivamente. No son psicóticos clásicos, son psicóticos socioculturales, más novedosos. Y más peligrosos, y en auge, porque están sometidos a causas más fuertes: a sueños fracasados y a un cotidiano infernal, enmascarados en la misma propaganda desde la mitad del siglo XX.