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Columnas de opinión | regreso | Wilson | Buenos Aires

Jornada del Reencuentro

A 40 años del regreso

El 23 de abril del 84, Wilson comenzaba el regreso a Uruguay. Llegaba a Buenos Aires.

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Esa misma noche cenamos juntos con Alfonsín. Yo ya había estado con el entonces presidente de todos los argentinos que recuperaban el control de su destino, la noche misma de su elección. Pero entonces habíamos hablado más del pasado que del futuro: el secuestro de Zelmar y Toba… Le había hospedado en casa en una visita a Washington… Muchos recuerdos. El viejo asistió a su asunción especialmente invitado.

En aquella primera noche juntos en Buenos Aires desde el 76, cenábamos con el presidente en Olivos. Tiempos de cambio… ¿no? Esa noche, los tres, mano a mano, hablamos más del futuro. El viejo no vaciló en decirle que no quería crearle problemas pero que estaba decidido a volver. “Créame problemas, Wilson, es lo menos que te puedo pedir”, contestó Alfonsín con una sonrisa.

Cinco días después, Wilson vivía un esperado momento: habló con su gente cara a cara. Una desbordada Federación de Box alojaba el primer acto público presidido por Wilson desde que nos habíamos ido, aquel triste mayo del 76. Casi una década antes…

Ese 28 de abril empezó el proceso… Primero había que preparar a la gente. Mirando a un punto del infinito donde se retrataba cada una de las miles de atentas miradas, Wilson dijo simplemente, sobre su regreso: “Yo… voy… ”. La gente lo ovacionó. Otros gritaban “¡NOOOOO!”, pensando que era muy riesgoso, pero el rumbo de sus pasos futuros quedó marcado por aquel anuncio.

Los días por delante estuvieron cargados de eventos y emociones. El 20 de mayo fuimos discretamente a Morón, donde estaba exiliado el nunca suficientemente recordado obispo de Salto, Mons. Mendiharat. Ofició misa por el descanso de nuestros amigos, el de Barredo y Whitelaw y la pronta aparición del Dr. Manuel Liberoff.

El 12 de mayo, papá me dijo de charlar un poco… Salimos a caminar en busca de algún boliche que nunca apareció. Volvimos al hotel de madrugada tras caminar y charlar casi toda la noche. Yo tenía ilusión de volver también, pero me sonaba razonable que me dijera “vos quédate, así estás libre y podés usar los contactos acumulados para denunciar y pedir mi libertad…”. Pero no. Creo que él quería sacarme poco a poco lo que se dio cuenta que deseaba más que nada en el mundo.

Días después redactó una proclama sobre el retorno. “Volvemos el 16 ”. Cuando vi que era en plural me volvió el alma al cuerpo. Me miró con un aire cómplice y me dijo: “Firmá ahí”.

Ese mismo día nos llama el ministro del Interior Federico Storani. Nos cita en su despacho en Casa Rosada. Lo que no sabíamos, quizás él sí, es que, a poco de comenzar la reunión, se abriría la puerta y entraría el presidente. El mismísimo Raúl Ricardo Alfonsín.

Creo que Storani, de quien recibí un cálido saludo hace apenas unos días, se sorprendió tanto como nosotros cuando dijo: “Concordia tiene tres cosas que la hacen especial en la próxima fecha patria argentina (25 de mayo), es vecina de Uruguay. Tiene intendente peronista (Busti), mientras que el gobernador de la Provincia de Entre Ríos (Montiel) es radical. O sea…”, prosiguió, “el lugar apto para que vayan el 25, se le designe a Wilson orador oficial y anuncie allí su regreso…”.

¿Quiénes éramos nosotros para desdecir al presidente? Salimos como un perro con dos colas. Cada uno, ¿no?

Los militares cerraron puentes y pasos fronterizos, ¡pero la gente llegó! Años después, con el ya gobernador Busti, yo embajador en Argentina, nos sentábamos en aquel lugar para recordar el hecho.

Volvimos en un vuelo especial a las 00:00 y otra sorpresa: papá me despachaba en una gira relámpago por las democracias de la región: La Paz, Bogotá, Lima, Caracas, Panamá… y el 7 de junio ya estaba en Buenos Aires. El 12 de junio cerré mis agendas que guardaban un recuerdo documentado de todo el exilio…

Los honores decretados por Alfonsín casi ni se notaron por la multitud que opacaba todo cantando: “Vamos a volver al Uruguay para que vean que este pueblo no cambia de ideas, sigue las banderas de la libertad”.

Papá no perdía su humor. A veces era un modo de evitar que le traicionaran otras emociones. El barco demoraba en zarpar y la gente seguía cantando… Papá me mira y me dice: “Andá a fijarte, creo que se olvidaron de soltar las amarras…”.

Finalmente zarpó. Las voces se iban volviendo eco. Al pasar frente a la flota de aliscafos, los trabajadores desplegaron un enorme cartel, en silencio: “Buen viaje Wilson y Juan Raúl”. Se nos hizo un nudo en la garganta. Una voz cortó el silencio: “Que Dios te bendiga, Wilson”.

Cuando el canto se borraba en el horizonte, con mucho frio, me miró y me dijo: “Vamos pa’dentro, viejo”.

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