En cuanto a la justicia social y a la igualdad, expresa (en curiosa analogía con lo que, medio siglo más tarde entenderá el filósofo norteamericano John Rawls como los “bienes de la vida buena”) que: “No habría mayor injusticia que tratar igualmente a los seres desiguales. Pensamos que hay una suma mínima de bien que debe corresponder a todos: la alimentación sana, agradable y abundante; el abrigo que baste; la habitación higiénica; una suma de instrucción que dé a todos una especie de sentido común científico moderno; el descanso necesario para conservar la robustez de la salud, la frescura de los sentimientos, la claridad de la inteligencia para luchar en condiciones iguales por una posición mejor. Dentro de un orden social en que todos pudieran desarrollar sus actividades en igualdad de condiciones, y en el que todos estuvieran garantidos contra la miseria, las diferencias de situación originadas por la mayor previsión, empeño, inteligencia y aún suerte de cada uno, no podrían ser objeto de malevolencias ni protestas” (cita de M. Vanger, 1989).
Se pronunció también respecto a la organización sindical y sus medidas de lucha, en 1918, en momentos en que la cuestión social se encontraba en uno de sus puntos más álgidos. Así, expresó en Diario El Día, tres años después de haber finalizado su segundo mandato, con una claridad y una contundencia que no se atreven a adoptar la mayor parte de los políticos de la actualidad: “Simpatizamos con las huelgas. Cuando una se produce, y se produce bien, de una manera reflexiva, con probabilidades de éxito, con elementos de resistencia que ponen verdaderamente en jaque a los patrones, nos decimos: he ahí los débiles que se hacen fuertes y que, después de haber implorado justicia, la exigen”.
Socialismo, igualdad, justicia social, organización sindical, preocupación explícita por los más vulnerables, garantía efectiva contra la miseria, simpatía con las huelgas, son términos utilizados profusamente por Batlle y Ordóñez a lo largo de sus discursos políticos y artículos periodísticos publicados en el Diario El Día.
En cuanto a Luis Batlle Berres, se propuso continuar el legado de su tío, retomando las grandes ideas rectoras del primer batllismo (1903-1933). Eran otros los tiempos, pero tan acuciantes como siempre los problemas derivados de la dependencia económica del país con respecto a los mercados extranjeros, y más vigentes que nunca las altas aspiraciones del estado de bienestar. En un discurso pronunciado en el Congreso de parlamentarios americanos en Chile, el 14 de abril de 1944, expresó, en clara alusión a los frenos conservadores del ayer y de su propio presente: “No debemos olvidar que la democracia no es sólo libertad y que los pueblos están reclamando algo más. […] La democracia no tiene por qué suponer, necesariamente, evolución lenta en su marcha y discusión prolongada para atreverse a dar un paso por el progreso y la justicia social. El hombre del pueblo que sufre hambre no puede esperar que, a través de la justicia evolutiva, recién coma su nieto”.
Las instituciones democráticas son, para Batlle Berres, aquellas “en las que gobiernan las mayorías, pero son libres y respetados los derechos de las minorías.” Y agrega que “la paz puede ser alterada por la injusticia y por la opresión”. Pues aún en democracia pueden ocurrir graves inequidades, que terminan por perturbar la paz. Así ocurre con todas las formas de opresión (palabra que utiliza expresamente), situación que urge cambiar, pues “los pueblos deben palpar los beneficios de la existencia de la democracia: los poderosos gozando de la libertad y de la justicia y los necesitados, de la libertad, igualmente, pero también de la justicia, que ha de llegar hasta ellos sin demora, dando alimento al necesitado y trabajo al obrero y tierras al hombre del campo y bienestar a todos”.
Al asumir la presidencia de la república, el 14 de agosto de 1947, a la muerte de Tomás Berreta, explicita la verdadera urgencia de que el Gobierno asuma acciones en materia de justicia social. “No es posible desatender el hecho de que la humanidad está viviendo una violenta revolución social y política que convulsiona a todos los pueblos. Nadie puede pretender que nos pongamos al margen de ese movimiento para abominarlo o apedrearlo; sino que, lo que la hora exige es entrar a formar parte de esa inmensa columna para orientar el movimiento, para dirigir las fuerzas, aunque para ello sea necesario acelerar la evolución”. Y en referencia al “avancismo”, que para él es una cuestión de la mayor importancia, señala: “Nosotros, que fuimos formados en los últimos aleteos de la filosofía liberal del siglo pasado y dimos los primeros pasos hacia la socialización de ciertas actividades del organismo social, comprendemos que tenemos que continuar ese ritmo para encauzarlo por las vías normales. Apresurarse a ser justo es asegurar la tranquilidad, es brindarle al ciudadano los elementos principales y básicos para que tenga para vivir y hasta él lleguen los beneficios del progreso y de la riqueza. Apresurarse a ser justo es luchar por el orden y es asegurar el orden (…) lo sabio es continuar por ese camino saliéndole al encuentro a los justos reclamos que haga el pueblo para darles solución a través de la ley conscientemente estudiada, sin esperar reacciones violentas de quienes se sientan desatendidos u olvidados”.
En suma, Batlle Berres no hace hincapié únicamente en la libertad, como quiere el discurso neoliberal (que ha suprimido toda referencia a la igualdad, la que ha pasado al index de los términos prohibidos), y mucho menos en el Estado mínimo, o juez y gendarme. Por el contrario, se complace en utilizar esa pléyade de palabras que hoy levantan ampollas en la sensibilidad de algunos, y entiende que el Estado es, más que nunca, “el escudo de los débiles”. Enfatiza una y otra vez el papel de las instituciones a la hora de “brindarle al ciudadano los elementos principales y básicos para que tenga para vivir y hasta él lleguen los beneficios del progreso y de la riqueza”. La extensión de los beneficios a los trabajadores, hoy demonizada, era entendida como una cuestión de justicia, de la que el estado debía asumir la dirección reguladora, pues los trabajadores eran una parte indispensable y sustancial del proceso de producción.
En un discurso pronunciado en la Casa del Partido Colorado, el 9 de mayo de 1946, hizo referencia a la ley por la que se crearon los Consejos de Salarios, expresando que es “una ley revolucionaria que ha traído para la gente de trabajo, obreros y empleados, aumentos de salarios en más de 26 millones de pesos, sin necesidad de recurrir a ninguna huelga”. Y finalmente, en nueva alusión a los conceptos tantas veces reiterados, expresa que es preciso hacer “justicia. ¿Y justicia qué es? Asegurar un mayor bienestar y una mejor paga al trabajador, porque la riqueza la hacen todos: propietarios son los ricos, pero el que hace la riqueza es el que trabaja, y por este motivo tiene derecho a disfrutar de ella”.
No era Batlle Berres un ideólogo de izquierdas. Podría catalogarse, más bien, como un liberal reformista, de cuño moderado; pero, a diferencia de tantos otros políticos latinoamericanos surgidos a lo largo de los siglos XIX y XX, que también se proclamaron liberales, él no deseaba entregar a su país atado de pies y manos al capital extranjero. Por el contrario, su anhelo era formar un Estado garantista e independiente, fuerte, capaz de industrializarse por sí solo, en el que no existieran desbordes de desigualdad y de injusticia. Hoy, sin embargo, su pensamiento parece tan remoto como las más lejanas estrellas de la vía láctea. Aunque es un gran olvidado, en un país demasiado propenso a la amnesia, su legado continúa presente, y ha de saltar a la luz pública el día menos pensado, porque esas cosas tiene la historia: le gusta sorprender al indolente, al egoísta y al indiferente con el sonido súbito de esos dados arrojados que, según S. Hawking, arroja dios allí donde no podemos verlos.