Lo cierto es que, para cualquier patriota latinoamericano, mirar para el costado no es una opción digna.
En la guerra civil española de 1936, hace 89 años, miles y miles de combatientes de numerosos países se enrolaron para defender a la República, amenazada por el franquismo, el fascismo y el nazismo coaligados. Fueron las heroicas Brigadas Internacionales, formadas por escasos militares, y por una mayoría de escritores famosos y no tanto, poetas, artistas, escultores, pintores, ingenieros, abogados, médicos y de todas las profesiones del saber humano. Más que vigor militar aportaron un desconocido vigor moral en defensa de la humanidad amenazada.
En varios países han surgido valientes voces dispuestas a luchar, acuciadas por el peligro de que nuevamente EEUU decida por enésima vez hollar el suelo de nuestra Patria Grande, a pedido de la mayor Malinche de nuestras tierras, la señora María Corina Machado Parisca, descendiente de una acaudalada familia de esclavistas, una de las firmantes del golpe de Estado del 2002 contra Hugo Chávez, y coautora de las infames marimbas que en 2014 asesinaron a más de medio centenar de venezolanos. A esas “condecoraciones” a la sucesora del impresentable y corrupto Juan Guaidó, se le suma el otorgamiento del desprestigiado Premio Nobel de la Guerra, mal llamado de la Paz, del empresario de la dinamita, ingeniero Alfred Nobel, creador de un verdadero oxímoron, si tomamos en cuenta los Premios de la Paz otorgados a los grandes belicistas, el presidente Theodore Roosevelt, inventor del Big Stick (Gran Garrote), invasor de Puerto Rico, Cuba, Filipinas, Guam, Haití, República Dominicana y Nicaragua, y al supremacista racial admirador del Ku Klux Klan, presidente Woodrow Wilson, invasor de México, Haití, República Dominicana y Nicaragua, y también a Henry Kissinger, promotor de la guerra de Vietnam y estratega de la dictadura de Pinochet, entre muchas otras innobles premiaciones.
Un uruguayo en Venezuela
En nuestro país, ya hay un ciudadano uruguayo que se despidió de su familia para enrolarse en tierra venezolana para aportar su valor y su energía moral contra los posibles invasores. Se trata del exministro de Defensa del Uruguay, Luis Rosadilla, quien decidió dar ese paso como un gesto de compromiso hasta las últimas consecuencias.
Enterado de la noticia hablé con él, quien me confirmó su decisión y me aclaró que tenía serias discrepancias con el Gobierno de Nicolás Maduro, pero que no se trataba de defender al presidente de la nación venezolana, sino la soberanía latinoamericana.
El arrojo de Rosadilla tuvo ejemplos en el pasado, cuando decenas de uruguayos se enrolaron en las brigadas sandinistas para derrocar al tirano Somoza. El periodista y escritor uruguayo Fernando Butazzoni, a quien tuve el privilegio de tener como secretario de redacción del diario La República, fue uno de ellos. O cuando, en 1936, el en ese entonces teniente del Ejército uruguayo, Juan José López Silveira, y su hermano Román, desertaron para ir a España a integrar las Brigadas Internacionales, siendo el primero, Juan José, subcomandante de un batallón dirigido por el pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, enfrentando a las temibles hordas moras que tocaban a degüello, muriendo su hermano Román en la retirada final, derrotadas ya las fuerzas republicanas.
El Uruguay también tiene sus héroes solidarios, no mercenarios a sueldo sino generosos seres humanos, que entregan sus vidas extra muros por un mundo mejor. Son un ejemplo en el reino confortable del individualismo indiferente y de la conducta egosintónica del “no te metás”.
No los olvidemos. Aprendamos de su ejemplo, que no abundan en estas sociedades líquidas donde nos tocó vivir.