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Columnas de opinión | lo mismo | batllismo |

Los puntos sobre las íes

Ni lo mismo ni parecido

El batllismo irrumpió en el escenario del Partido Colorado y lo sacudió hasta sus cimientos.

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La tentación de acudir a las grandes figuras del pasado esas que se hicieron o se van haciendo grandes, precisamente por sus hechos e ideas revolucionarias es una constante en la retórica de los partidos políticos, en cualquier tiempo y lugar del planeta. Así ha ocurrido con los griegos Tucídides o Pericles, con Alejandro Magno, Julio César, Augusto y tantos otros, por mencionar sólo a los políticos.

En América Latina, la figura de Simón Bolívar ha sido manipulada y deformada hasta el cansancio por sucesivos líderes y movimientos políticos de las más variopintas extracciones ideológicas; lo mismo viene ocurriendo con José Artigas, el candidato a héroe nacional de quien se acordaron algunos, allá a mediados de los años 50 del siglo XIX (no había muerto todavía, pero su silencio fue tan cerrado como si ya hubiera partido de este mundo), para comenzar el trabajoso y engorroso proceso de su reivindicación entre nosotros.

El Batllismo y el Partido Colorado

Ahora parece haberle tocado el turno a Batlle y Ordóñez, aunque por lo visto quienes han echado mano de su figura, manipulada mediante la inteligencia artificial, no han hallado ni una sola frase que les resulte conveniente, como para revestir de un mínimo manto de verdad su accionar. Y se arroja a los aires un doble absurdo: uno, que sólo un colorado puede ser batllista, olvidando que semejante epíteto implica ser, ante todo, profundamente reformador y velar por un estado de justicia y bienestar social. Pues bien: el batllismo y el Partido Colorado no son ni fueron nunca la misma cosa. El batllismo es una corriente ideológica original, singular, con caracteres propios, de indiscutibles ribetes revolucionarios, cuya bandera ha sido siempre el fortalecimiento del estado, en aras del bienestar del pueblo trabajador, de las clases obreras y de las incipientes clases medias, y no de una minoría oligárquica o plutócrata; un estado protector, escudo de los débiles, que promueve y fortalece el concepto de justicia social, que no se limita a proclamar eslóganes, sino que pasa a la acción e introduce poderosas reformas en las áreas política, social y económica de la nación; eso es el batllismo. Otra cosa es el Partido Colorado como estructura, organización o institución política. Lo decimos enfáticamente. Jamás, ni una sola vez en la historia del Uruguay, existió entre ambas dimensiones una fusión, ni siquiera una aproximación, especialmente si tenemos en cuenta la existencia de un vasto sector conservador que sólo aguardaba su hora propicia (el término del segundo mandato de Batlle) para aliarse con sus homónimos del partido blanco (léase herrerismo) y cortar por lo sano con las “locuras” reformistas.

El batllismo irrumpió en el escenario del Partido Colorado y lo sacudió hasta sus cimientos. No nos preguntaremos por sus herederos. Nos limitaremos a acudir a las propias palabras de don Pepe, así como a las de sus colaboradores en el diario El Día (que representan fielmente las del propio Batlle), sin forzarlas, sin mutilarlas y sin sacarlas de contexto histórico. Procuraremos ubicar cada frase en su particular y puntual año, ambiente y fondo; pero las citas (aunque sea tarea imposible plasmarlas en su totalidad) son imprescindibles, en primer lugar, porque se traza así una línea rectora, que abreva en las fuentes y respeta, al hacerlo, la precisión de las ideas batllistas en su sentido integral y literal. En segundo lugar, porque en tiempos de ríos revueltos y de confusiones mayúsculas y tendenciosas, es casi una obligación remitirse a las ideas de quien es acaso el personaje político más importante que ha dado el Uruguay, y no por colorado (pues eso no pasa de una mera fórmula organizacional, lo que vale para cualquier institución de esa índole), sino por reformador, por progresista, por genuinamente interesado en la causa de los más vulnerables y en la protección de la riqueza nacional.

La tarea que nos proponemos acometer nos llevará, seguramente, más de un artículo. Pero en una época en que imperan los más salvajes anacronismos y la superficialidad en el acceso a la información, limitándose la mayoría a consultar a la IA para evacuar alguna duda puntual, con los consabidos riesgos que ello implica (pues no solamente se empobrece drásticamente la búsqueda, sino que incluso aparecen errores de variado calibre en las respuestas), es más urgente que nunca hacer hincapié en las ideas primigenias, puras y duras, contantes y sonantes. Nos ocuparemos hoy de dos grandes aspectos del ideario batllista: el de la industria y los seguros en relación con la riqueza nacional.

En octubre de 1903, durante su primer gobierno (1903 a 1907), el diario El Día publica un discurso de Batlle, pronunciado en un banquete que le ha sido ofrecido por los industriales en Montevideo: “La riqueza, el bienestar y el poderío de un pueblo son la consecuencia directa e inmediata del desarrollo de sus industrias. A las legiones imperiales que, en la antigüedad, llevaban la desolación y la muerte a los pueblos vecinos y prósperos, para arrebatarles sus riquezas, se sustituyen en los tiempos modernos los ejércitos de obreros… Y marchan a la cabeza de la civilización los pueblos que han sabido proteger y desarrollar más activa e inteligentemente sus industrias”.

El 24 de julio de 1906, a propósito de la connivencia de la clase política con el capital extranjero, publica (y denuncia) El Día: “El senado ha sancionado una ley por la que el estado regala al Saladero Liebig la suma de $35.500. Este regalo no se hace una sola vez, sino una vez cada año… cuando la faena anual llega a 200.000, el regalo asciende a $76.000; y a más, cuando el número de los animales sacrificados es mayor. ¿Por qué esa generosidad? Por varias razones… Este modo de ser, que denota una incapacidad nacional, busca una justificación en la socorrida tesis de que hay que atraer al capital extranjero. Muy bien. Pero hay dos clases de capital extranjero: uno que viene con su dueño y se establece en el país, deja en él utilidades y se identifica y confunde con el capital nacional, formando parte integrante de la riqueza pública, y otro que viene al país solo y que, dejando su dueño en el extranjero, remite allá lejos sus utilidades y se retira al fin cuando le parece conveniente… País nuevo, necesitamos capitales; país inexperto, necesitamos quien los maneje. Luego, no debe incomodarnos mucho que vengan del exterior ni tampoco que desde el exterior los administren. Sin embargo, debemos aspirar a administrarlos nosotros mismos y a crear fondos propios suficientes para el desarrollo de nuestra vida económica”.

El 28 de abril de 1911, durante el segundo mandato de Batlle (1911 a 1915), a propósito del monopolio de los seguros, publica El Día: El Poder Ejecutivo envió ayer un mensaje a la Asamblea General acompañando un proyecto de ley que establece definitivamente el monopolio de los seguros en el país. Indudablemente dicho proyecto ha de levantar algunas resistencias…” (pero) “El monopolio de los seguros crea una nueva fuente de recursos para el tesoro nacional, y tiende a generalizar poco a poco y por grados esta institución, hasta convertirla en lo que debe ser, en una amplísima y humanitaria organización de previsión social. Basta indicar estas dos consecuencias del monopolio para que el proyecto se considere con simpatías, y para que se piense seriamente en la mejor forma de convertirlo cuanto antes en ley. Si esto se consiguiera, en breve tiempo el Uruguay sería el primer país que habría incorporado a su legislación positiva esta nueva fuente de recursos fiscales, y sería de los primeros en dar un impulso poderoso a las instituciones de previsión de todas las desgracias que sufre la humanidad, y que pueden conjurarse o aminorarse por medio del seguro”.

No es nuestra intención hacer un panegírico de la figura de don Pepe. Ese estilo retórico, heredado de la Roma imperial, distorsiona la comprensión histórica y favorece precisamente aquello que deseamos denunciar y evitar: el abuso, la omisión y el error histórico. Pero en futuros artículos seguiremos brindando a nuestros pacientes lectoras y lectores citas y fragmentos de discursos de Batlle y artículos del diario El Dia, en aras de la verdad; fue el comunista Antonio Gramsci uno de los pocos en reivindicar, en el siglo XX, el carácter revolucionario de pronunciar la verdad en política. Y para empezar a decir la verdad, no sólo en política sino en la vida de todos los días, que es también la de las futuras generaciones, acudiremos a los textos originales, y no a batiburrillos más parecidos a una venta de ocasión que a un homenaje serio.