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Columnas de opinión | malla oro | Estado | Uruguay

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Oración pagana por los malla oro

Un Solo Uruguay algo logró: sacar al FA del gobierno. Pero aquella plataforma de 2018 sigue en pie. No avanzaron nada y la batalla sigue en las cuchillas de la Patria.

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Lo pongo así para explicarme mejor: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo, en el terrón, la portera y el tajamar y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y no nos dejes caer en la tentación, más líbranos del mal.

Pues tuyo es el Reino, el Poder y la Gloria, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Pero la tierra, Padre, la tienen de prestado, es provisoria como tu vida misma.

No nos dejes el holgazán y libérate Padre Nuestro de la gula.

Compadécete del más débil, comparte el pan que otros dientes anhelan.

Este mundo es nuestro, tuyo y mío. Nada te es ajeno y no eres propietario de nada; tu Reino no es solamente tu inmenso poder. Tu Reino también, está en alpargatas.

LA RIQUEZA Y LA ARMONÍA

Hace pocos días, se difundió el informe de Latinobarómetro, un estudio de las tendencias que se presentan en América Latina en materia política y social. El informe está titulado “La recesión democrática de América Latina”. El documento justifica el título en tanto revela que hay un descaecimiento de los valores e instituciones democráticas en todos los países. No obstante –aunque muestra indicios inquietantes-, Uruguay queda ubicado en el primer lugar de importancia de esos principios.

Uruguay se destaca por su estabilidad política, partidos sólidos y ausencia de fragmentación. En términos sociales, Uruguay se expresa con altos niveles de homogeneidad, aunque desde hace algunos años se observa una fragmentación social alarmante, que tiene como principal actor al niño o niña pobre.

Los niveles de calidad de la democracia uruguaya se afirman, entre otras cosas, en el gasto público en diversos rubros. O sea: nuestra reconocida democracia y estabilidad se asienta en la redistribución del ingreso y las políticas públicas. Eso se hace con guita.

Ahora bien, la riqueza no nace en un repollo ni en un decreto. En el actual sistema capitalista, se debe producir –generar riqueza- y luego, mediante distintos mecanismos y según los consensos sociales vigentes, operar para que esa riqueza sea la madre de los equilibrios sociales y políticos.

La riqueza no parte del Estado ni del actor privado; más bien, en el modelo consensuado en Uruguay –con distintos tonos y énfasis- existe una operativa en donde el Estado genera marcos de estabilidad y certezas jurídicas y el actor privado ejecuta sus acciones con su esfuerzo, iniciativa, talento y riesgo.

EN LOS TIEMPOS DEL FA

Con los gobiernos del FA, parece haberse registrado una sabia combinación entre el Estado y el actor privado. Los elevados precios internacionales de nuestros productos exportables, permitieron un crecimiento económico nunca antes registrado y, además, en un largo período, también sin antecedentes históricos. ¿Fue sólo producto de la coyuntura de los precios? No. El astorismo convenció de que se debía tener estabilidad macroeconómica y jurídica para alcanzar los objetivos sociales que luego se registraron. Hubo crecimiento y hubo “derrame”. Hubo desarrollo. Sin crecimiento y sin redistribución, se produce el deterioro de los niveles consensuados de armonía social. (Empleo la palabra “derrame” porque desde la narrativa neoliberal, en donde se eleva a categoría sacrosanta el “libre mercado”, esa palabra siempre está presente, sobrevolando o subyacente).

En ese período –en donde Astori era el galán de la TV y todos querían su teléfono y salir con él- se dieron las condiciones para que fuertes actores económicos vinculados al agronegocio hicieran mucho dinero. En algún momento temieron que la experiencia de las retenciones –impuesto a las exportaciones, modelo argentino- se replicara en Uruguay, pero fue la mano firme de Astori la que detuvo esas insinuaciones.

Pero luego, los precios internacionales cayeron y los señorones del agronegocio comenzaron a patalear. No era que perdieran plata; era que no ganaban lo de antes.

Así nace el descontento de 2018 con “Un solo Uruguay”, que pasó al gobierno del FA por una escofina, hasta afectar su reputación e incidencia. Algo logró: sacar al Frente Amplio del gobierno. Pero aquella plataforma de 2018 sigue en pie. No avanzaron nada y la batalla sigue en las cuchillas de la Patria.

EL PESO DEL ESTADO

“Un solo Uruguay” planteó hace poco que le daba 45 días al sistema político para que se pronunciara sobre cómo achicar el Estado. Para ellos, el “peso del Estado” es el ancla que tiene el país para no despegar.

Ellos creen firmemente que es por el gasto estatal (déficit) que el dólar no se libera y que ellos –los que exportan- se sienten afectados por ese “atraso cambiario” por el que protestaban en el 2018.

El asunto es que el agronegocio es, también, hijo del Estado. El problema es que no lo dicen. Veamos: el 85% de la investigación en el país lo hace la Udelar y mucha de esa investigación se aplica en el agronegocio. Ahí anda el Estado con la construcción de carreteras y puentes, llevando electricidad, favoreciendo el riego, control sanitario y fitosanitario, sistemas de trazabilidad, apoyo al cumplimiento de requisitos externos, conquista de mercados, adecuación de la regulación y promoción comercial, entre otros.

Los representantes del agronegocio están enquistados en el Estado, cobran salarios y viáticos (por ejemplo en Inac, Inavi, Inale, Inase, etc). No estaría mal que renunciaran a esos puestos para achicar el gasto del Estado… En el caso del uso del agua, el Código General de Aguas establece que se debe pagar un canon por su utilización, cuando se usen tomas de arroyos y ríos. Dice así: “Establecer cánones para el aprovechamiento de aguas públicas destinadas a riegos, usos industriales o de otra naturaleza”.

Pero nunca el Poder Ejecutivo, los distintos gobiernos, fijaron el valor de ese canon. De última, hay evasores en el uso del agua.

PAGAR IMPUESTOS

Para algún musulmán o convertido al islamismo que ose leer esta columna, sugiero estas líneas.

Uno de los mandamientos del Islam más importante es el de la limosna, que tiene dos modalidades. Por un lado, la que los musulmanes ejercen de forma espontánea y voluntaria para agradar a Alá. Y, por otro, la obligatoria: el Islam indica que todos los musulmanes tienen que aportar el 10% de su renta a los pobres. Desde la Asociación Rural, en el año 2020, se dijo que la solidaridad no debía ser obligatoria, sino voluntaria. El presidente de la ARU, Gabriel Capurro, dijo también que la “distribución de la riqueza, pobreza y desigualdad son trascendentes en la convivencia armónica de la población e influyen en el desarrollo de los países, por lo tanto es relevante cómo se encaran”. Ahí está el consenso social. Pero eso no se logra por la luz divina de Alá ni sus cinco rezos en alguna mezquita.

Para el islamismo, la evasión, el no pago de impuestos, será motivo de castigo divino. El profeta también ha dicho: “Alá me ha revelado que debemos ser humildes. Nadie debe presumir u oprimir a los demás”. Dios o Alá, “no nos juzga de acuerdo a nuestra apariencia o riqueza. Él se fija en nuestros corazones y nuestras obras”.

Concluyo: en aquel 2020, Capurro dijo que la “desigualdad de ingresos” es “natural”. Todas las religiones reconocen la injusticia y, de una u otra manera, piden a los creyentes que piensen en el otro, más desvalido. Pero no es el libre mercado o un señor por sí sólo con 10 mil hectáreas el factor equilibrante en una sociedad. Es Dios, Alá o el Estado. ¡Son las políticas públicas, man!